11 Hedda
No puedo dormir.
He unido las dos butacas, pero siguen siendo demasiado estrechas y tengo que encogerme en posición fetal para caber en esta cama improvisada e incómoda. El brazo del sillón se me clava en la espalda y acabo abrazada a la almohada, con los pies colgando por fuera.
Por un momento, me planteo tirarme al suelo o incluso robarle la cama a Roxie.
La perra duerme bocarriba en su mullido colchón de pelo, con las patas abiertas.
Al menos está cómoda y su dueño sí se preocupa por ella.
Ese cretino británico y egoísta ha decidido apropiarse de la cama sin el menor atisbo de caballerosidad.
¿Cómo puede dormir tan tranquilo mientras yo estoy aquí con una tortícolis incipiente?
Me dejó con dos palmos de narices cuando me gruñó de mala manera que estaba cansado.
No entiendo a ese boxeador pelirrojo y taciturno que, a veces, se muestra simpático…
, hasta que recuerda que es un borde. Primero me cocina una cena deliciosa, me hace preguntas y me escucha hablar de mi trabajo como si de verdad le interesara. Y luego, de repente, nada.
Steel me descoloca en todos los sentidos.
Y me atrae de una forma absurda y peligrosa.
¿Será porque llevo más de seis meses sin acostarme con nadie?
Matti dice que me van a salir telarañas ahí abajo y está empeñada en presentarme a los amigos solteros de su novio, como si mi celibato fuera una causa benéfica.
Siempre rechazo las invitaciones a sus fiestas porque no podría apetecerme menos tener intimidad con un hombre.
Mi libido está por los suelos desde que rompí con Oskar.
No es solo que no haya sentido ganas de flirtear o acostarme con nadie, sino que tampoco me he dado placer a mí misma.
El succionador de clítoris que Matti y Anita me regalaron por Navidad sigue en su embalaje, en el cajón de la mesita de noche, debajo de mi ropa interior.
La psicóloga me ha dicho que mi falta de apetito sexual es completamente normal después de una ruptura traumática. Su recomendación es que no me presione y acepte que mi cuerpo necesita tiempo tras atravesar una depresión.
Y, sin embargo, aquí estoy: cabreada y nerviosa por el primer hombre por el que me siento atraída en medio año.
Un tipo arisco y enorme que se ha instalado en una cabaña en mitad de una montaña y que es una contradicción de casi dos metros.
La cabeza me grita que no he salido de una relación tóxica para fijarme en un hombre que tiene todas y cada una de las señales de alarma.
El tipo del que una mujer sensata debería huir sin mirar atrás y que lleva la palabra «problemas» tatuada en la frente.
Si las personas secuestradas pueden sufrir síndrome de Estocolmo, quizá haya un nombre para quienes se quedan aisladas en mitad de una tormenta con un boxeador pelirrojo que encarna todas esas fantasías perversas que cualquier lectora de romance negaría en voz alta.
Cuando vuelva la cobertura, se lo preguntaré a ChatGPT, porque esto no puede ser normal.
Me doy la vuelta y cierro los ojos con fuerza. Roxie emite un profundo ronquido justo cuando escucho abrirse la puerta del dormitorio. Meto la cabeza debajo del edredón y finjo estar dormida. Supongo que Steel se habrá levantado para ir al baño. No quiero que se dé cuenta de que estoy despierta.
Contengo la respiración cuando pasa por mi lado…
Y el aire se me atasca en la garganta al sentir cómo uno de sus brazos me rodea por la cintura, el otro por debajo de las piernas y me levanta como si no pesara nada.
El edredón resbala por mis hombros y él me estrecha contra su pecho.
No sé cómo se las apaña para envolverme en la manta sin soltarme.
Estoy tan sorprendida que no reacciono y permanezco con los ojos cerrados.
El cuerpo de Steel es seguro, firme y cálido. No me importaría dormir encima de él. Probablemente es el pensamiento menos empoderador de la historia, pero, cuando su barba me roza la mejilla, un escalofrío de placer me recorre la espalda y me muerdo los labios para tragarme un suspiro.
Huele a gel de baño de sándalo, un aroma que me llena los pulmones y que me hace esconder la cara en el hueco de su cuello e inspirar con disimulo mientras finjo seguir dormida.
Sin duda, es la peor interpretación de mi vida, pero él no dice nada cuando va hacia el dormitorio, abre la puerta con el pie y me suelta con cuidado en el lado izquierdo de la cama.
Este momento ha durado demasiado poco para mi gusto.
El colchón está caliente y las sábanas huelen a él. Estar tumbada aquí me resulta tan íntimo que el pulso se me dispara y el miedo me revuelve el estómago. Me muevo bajo el edredón, intentando quitármelo de una patada.
—¿Qué…? —comienzo a decir.
La pregunta muere en mis labios cuando lo siento inclinarse sobre mí. Sus manos me arropan con torpeza y remeten el edredón por debajo de mi cuerpo, creando una improvisada cárcel de la que ya no puedo escapar sin forcejear.
Me tapa con movimientos firmes, casi bruscos, asegurando la colcha bajo mi cuerpo.
Pego un respingo cuando sus dedos me rozan el culo sin querer y su respiración me hace cosquillas en el cuello.
La habitación está completamente a oscuras y no puedo verlo, pero el corazón me da un vuelco cuando su nariz roza la mía y sus labios me acarician la mejilla.
—Duermes en mi cama —murmura contra mi piel—. No lo pienso discutir.
Envuelta bajo el edredón como si fuera un rollo de sushi , no me muevo cuando lo noto alejarse y doy por hecho que ocupará mi lugar en el salón. Pero entonces el colchón se hunde bajo su peso y giro la cabeza hacia él con una mezcla de inquietud y algo muchísimo peor.
Siento cómo arrastra la almohada que hay junto a la mía y la coloca a la altura de mis tobillos. Sin decir nada, se tumba encima de las sábanas, con los pies hacia mi cabeza, en una demostración silenciosa de que no piensa tocarme.
Pues… vale.
No sé por qué eso me alivia y me decepciona al mismo tiempo.
Estoy fatal. Seguro que debe haber un diagnóstico para lo que me está pasando.
Steel no es mi tipo y hace saltar todas mis alarmas.
Lo que me sucede debe ser el síndrome de las Malas Decisiones por Aislamiento con un Boxeador Buenorro y Peligroso.
Porque sé que esto acabará mal y, aun así, no puedo dejar de desearlo.
Aunque ahora estoy cómoda y calentita, soy incapaz de dormir al ser tan consciente de su presencia y del espacio exacto que nos separa. Y, para mi desgracia, me encantaría que lo rompiera para hacer realidad todas las cosas sucias que se me pasan por la cabeza.