STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 10 Rowan #2
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10 Rowan #2

—He alquilado la cabaña para relajarme antes del campeonato —corrijo sobre la marcha—.

Antes de aterrizar, pensaba que las auroras se veían desde cualquier parte del país y que todas las noruegas erais rubias de ojos azules.

—Gracias a Dios, ella no es así—. Te aseguro que, cuando elegí Noruega como destino, no planeaba quedarme aislado contigo en mitad de una tormenta.

—Lo siento por ti.

—Yo no —respondo sin pensarlo—. En absoluto. —Mis ojos se clavan en los suyos y aprovecho para cambiar de tema antes de que escarbe más—. Hablas muy bien inglés.

—El noventa y cinco por ciento de la población noruega lo habla con fluidez —le resta importancia—. Lo aprendemos desde el colegio. Además, las series y películas extranjeras se emiten en versión original con subtítulos. Estamos expuestos al idioma desde niños.

—Aun así, tú lo hablas como si fuera tu lengua materna. Tienes un acento y una dicción impecables. La primera vez que te vi, pensé que eras británica.

—Después de terminar la carrera de Marketing, trabajé cuatro años como responsable de cuentas internacionales en una empresa de Oslo. Vivía en inglés: negociando, mediando y apagando fuegos. Muchas veces incluso me acostaba pensando en inglés.

—Pero ahora trabajas en una cafetería.

—Hace seis meses, dejé el trabajo y volví a mi pueblo para hacer lo que siempre quise. —Me mira con cierta timidez—. No te rías.

—No me río.

—Quiero abrir una empresa de furgonetas camperizadas.

—Su expresión se ilumina—. Mi idea es reformar furgonetas viejas según las necesidades de cada cliente.

Hace un par de años, una amiga me pidió ayuda para restaurar la vieja furgoneta de su padre.

Cuando la vio terminada, me dijo, medio en broma, que debería dedicarme a eso.

Y empecé a pensarlo, pero me daba miedo dejar mi trabajo —confiesa—.

Me encanta el bricolaje desde que era una cría.

»Mi padre era carpintero y el manitas oficial del pueblo.

De niña, me fascinaba verlo arreglar cosas con las manos y pensaba que era un mago —cuenta con una sonrisa que me provoca algo raro en el estómago.

Debe ser bonito haber crecido con un padre que arreglaba cosas en vez de romperlas, como hacía mi padrastro—.

Los fines de semana le suplicaba que me dejara acompañarlo a las reformas.

»Para tenerme entretenida, me asignaba tareas sencillas que me hacían sentir muy útil.

Luego fue confiando más en mí y, en los dos últimos años de instituto, lo ayudé tanto que me sugirió que me hiciera cargo de su empresa cuando se jubilara.

Pero yo estaba empeñada en ir a la universidad, salir del pueblo y vivir en la capital.

No es que me arrepienta de haberme formado; simplemente mi trabajo no me llenaba del todo y camperizar aquella furgoneta me recordó lo orgullosa que me siento cuando doy una segunda vida a cosas viejas.

—¿Tienes fotos?

La pregunta la sorprende tanto como a mí.

—¿De la cámper?

—Sí.

—¿En serio quieres verlas?

—No —pongo los ojos en blanco—, te lo he pedido solo para quedar bien. Enséñamelas de una vez. Ni que tuviera nada mejor que hacer.

Me fulmina con la mirada, resopla y saca el móvil. Abre una carpeta y me enseña el antes y el después. No sé qué esperaba, pero, desde luego, no esto.

La furgoneta era blanca, vieja y oxidada por los bajos. Ahora es de un azul cielo, con detalles en madera clara y ventanas con estores. El interior parece más un refugio moderno y acogedor que un vehículo.

—Increíble —murmuro, ampliando las imágenes para no perderme ningún detalle—. ¿Todo eso lo hiciste tú? ¿Sin ayuda?

—El motor estaba bien, así que solo hice arreglos exteriores y reformé el interior —explica, como si fuera demasiado fácil—.

Tardé meses porque trabajaba en mis ratos libres.

Ahora estoy ahorrando para montar un taller en el garaje de mis padres.

La idea es camperizar las furgonetas que me traigan los clientes y comprar algunas de segunda mano.

Esa, por ejemplo —señala la foto—, tiene una claraboya y una cama que se convierte en sofá.

Mi amiga quería sentir que vivía dentro y despertarse viendo el cielo, incluso cuando llovía.

La sonrisa de Hedda podría iluminar un maldito estadio de fútbol.

Si llegase a ganar el cinturón de campeón del mundo, lo primero que querría ver no sería el público ni las cámaras, sino esa sonrisa.

Estoy convencido de que en ese momento todos los golpes, el dolor acumulado en los huesos y el cansancio desaparecerían como si nunca hubieran existido.

Porque ella estaría ahí, sonriéndome a mí, y eso bastaría para que todo lo demás dejara de importar.

Y esa certeza me asusta más que perder cualquier combate.

—Me gusta pensar que no camperizo vehículos, sino que camperizo vidas.

Me doy cuenta de que sigo sosteniendo el móvil, pero ya no miro las fotos, porque no puedo dejar de mirarla a ella. De una forma en la que no he mirado a nadie nunca.

No solo es preciosa; he conocido a muchas mujeres atractivas a las que no he mirado una segunda vez.

El problema es que es lista, trabajadora y soñadora.

Tiene talento y el valor de perseguir lo que quiere.

Es una cualidad demasiado atractiva para alguien como yo, que se conforma con hacer aquello para lo que sirve porque nunca ha creído merecer algo mejor.

Y eso me pone de mal humor.

Nunca he deseado compartir mi vida con nadie ni mucho menos me he imaginado haciéndolo. Mi única prioridad ha sido asegurarme de que mi familia esté bien, cuidar de mi perra, cultivar mi huerto y ganar el suficiente dinero para retirarme joven.

Estoy aquí por Alice. No tengo tiempo para esta mujer de ojos bonitos que me habla de sus sueños.

Sus sueños no son asunto mío ni es mi responsabilidad protegerla o entenderla.

Y, sin embargo, la idea de que alguien pueda volver a hacerle daño despierta una parte de mí que creía reservada para mi hermana.

Una que no puedo permitirme darle a ella.

Le devuelvo el móvil con brusquedad y me pongo de pie.

—Estoy cansado —farfullo—. Me voy a dormir.

—Ah, vale —dice, y la decepción en su rostro se me clava en el pecho—. Que descanses.

Asiento y voy hacia el dormitorio sin mirarla.

—¡Espera! —exclama antes de que cierre la puerta—. ¿Y yo dónde duermo?

Señalo la cama de matrimonio.

—En el lado izquierdo. Y no me gusta acurrucarme, así que ni lo intentes.

—¡No pienso acurrucarme contigo ni mucho menos dormir en la misma cama que tú!

Señalo la alfombra.

—Siempre puedes echarte ahí.

—¡No soy un perro!

Roxie se sobresalta.

—Pues duerme en la cama.

—No pienso dormir contigo. Si fueras un caballero, te echarías en el suelo.

—Ambos sabemos que no soy un caballero, Ojazos —comento lo evidente—. Ni un perro para dormir en el suelo.

Hedda se pone de pie, enfadada, y va hacia el dormitorio. Y, justo cuando creo que he ganado esta discusión…, coge una de las almohadas individuales, arranca el edredón y regresa al salón. Coloca la almohada en el respaldo, apoya los pies en la mesa y se tapa con resentimiento.

Por Dios, ¡qué mujer! Prefiere dormir sentada en una maldita butaca que compartir la cama conmigo. Su obstinación me toca los huevos.

—Allá tú. —Me encojo de hombros.

Me encierro en el dormitorio, destapo las sábanas y me tumbo bocarriba, con el orgullo más tocado de lo que recuerdo en mucho tiempo.

Sé que no soy el tipo de hombre con el que sueñan todas las mujeres.

Nunca lo he sido ni podría importarme menos.

Pero, desde que me hice boxeador, ligar se volvió absurdamente fácil.

Si he recibido alguna negativa, no me he ofendido.

Hay demasiadas mujeres solteras y atractivas como para perder el tiempo con quien no quiere echar un polvo.

Además, me gusta dormir solo. Más espacio para mí. ¿Cuál es el maldito problema?

Nunca he compartido la cama con una mujer si no era para follar. Y, sin embargo, esta noche no consigo pegar ojo sabiendo que solo nos separa una pared. Doy vueltas sobre el colchón, demasiado consciente de su presencia al otro lado.

Dormir con ella habría sido una idea peligrosamente buena y me fastidia que me la haya negado.

Debe estar incómoda en esa butaca. La idea me molesta como si tuviera una astilla bajo la uña. Aprieto los dientes, furioso conmigo mismo por haberlo pensado.

Cierro los ojos, decidido a no ceder. Si quiere dormir en la cama, que venga ella. Y si no, que le den.

Yo no pienso moverme.