STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 10 Rowan
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10 Rowan

Me encanta cocinar. Cortar las verduras, medir los ingredientes y asar la carne en su punto son tareas sencillas que me ayudan a mantener la mente fría.

Antes tenía que apañármelas con horarios de mierda y con lo que hubiera en el frigorífico, pero ahora el dinero no es un problema.

Es un alivio abrir la nevera y saber que no encontraré un tetrabrik de leche rancia ni las sobras caducadas de algún banco de alimentos.

Me gustan los platos nutritivos y sencillos que alimentan de verdad, porque viví una época en la que el hambre me arañaba el estómago y comer carne una vez a la semana era un lujo que no podía permitirme.

Le sirvo a Hedda un plato tan abundante como el mío.

Está rebosante de proteínas, verduras y carbohidratos que harían salivar hasta al nutricionista más exigente.

Al ver cómo observa la comida, me pregunto si no me habré pasado con la cantidad, teniendo en cuenta que mi trabajo me obliga a ingerir más de cuatro mil calorías diarias.

—Come lo que quieras —digo, pinchando una patata espolvoreada de parmesano—. A Roxie no le importará terminarse tus sobras.

Mi perra, que está dando buena cuenta de la carne picada con zanahorias que he preparado especialmente para ella, saca la cabeza del bol y observa a Hedda con ojos suplicantes. Me hace gracia ver cómo ella se acerca el plato con auténtica codicia.

—¿Por qué no iba a acabármelo si huele tan bien? Estoy muerta de hambre.

Pincha un trozo de bistec, un poco de patata y un pedazo de calabacín, y se lo lleva todo junto a la boca.

Una punzada traicionera me cruza el bajo vientre al ver cómo frunce esos preciosos labios.

Y la cosa empeora cuando mastica despacio, con los ojos entrecerrados y ese gesto de intensa satisfacción que me hace preguntarme si pondrá la misma cara al llegar orgasmo.

Joder, ¿qué cojones me pasa? Soy el tipo más quisquilloso del mundo.

No soporto comer acompañado porque me pone de los nervios oír masticar a la gente, pero observarla comer se acaba de convertir en un maldito fetiche.

De repente, siento la desesperada urgencia de preparar platos nutritivos y sabrosos para alimentarla como es debido, mantenerla cómoda y caliente.

Me obligo a apartar la mirada, pinchar otra patata y recordar que ella juega en la liga de las mujeres complicadas. A esas siempre las descarto como opción para un polvo. Mi paz mental está por encima de todo. Será por mujeres…

Pero entonces bebe un sorbo de agua y deja escapar un gemido bajo.

Ese ruidito me golpea directamente en la polla.

La sangre me baja de golpe a la entrepierna y tengo que removerme en la butaca, cabreado por la certeza de que dormir bajo el mismo techo que esta mujer va a ser un problema enorme que no estoy dispuesto a eludir de ningún modo.

—Está buenísimo. —Coge un trozo de pan y rebaña un poco de salsa de mantequilla—. ¿Cómo has conseguido que algo tan sano esté tan sabroso? Sobre todo las verduras. A mí siempre me quedan insípidas.

—Las especias le dan el toque. —Bebo un poco de vino para bajar el nudo que tengo en la garganta—. Un poco de sal, pimienta, pimentón ahumado, comino y copos de chile.

Suelta un suspiro de satisfacción, que solo empeora la erección que me va a reventar los pantalones. Me froto la barbilla con una mano mientras me preguntó qué tiene de especial para afectarme de este modo.

—¿Te gusta cocinar? —se interesa.

—Aprendí siendo un crío. —No sé por qué se lo cuento.

¿Desde cuándo hablo de mi vida con otras personas?

Hay muchos rumores sobre mí, pero nunca he confirmado ni desmentido ninguno—.

Antes trabajaba de portero de discoteca o de lo que me saliera, así que trasnochaba demasiado y comía fatal.

Pero, cuando tu trabajo es darte de hostias en un ring y necesitas energía, aprendes a cuidarte y a currarte platos nutritivos que no sepan a cartón.

—¿Esperas que me crea que no tienes quien te cocine? —pregunta sin malicia—. No sé cuánto debe ganar un boxeador, pero…

—Una suma indecente de dinero. —Pincho un trozo de pimiento rojo—. Pero no me gusta tener gente en mi casa. Vivo solo y me las apaño bien. Además, prefiero cultivar mis verduras y cocinarlas yo.

¿Por qué demonios le estoy contando todo esto?

La sorpresa se refleja en su expresión.

—¿Tienes un huerto?

—¿No me pega? —replico, burlón, consciente de la imagen que tiene de mí.

Me mira de arriba abajo y esboza una sonrisa divertida. Dios, tiene hoyuelos. Esta mujer, con los ojos más bonitos del mundo, tiene unos putos hoyuelos cuando sonríe.

—A ver…, no mucho —admite mientras corta el filete—. No te lo tomes a mal, pero no te veo cultivando tomates con un sombrero de paja.

Suelta una risa que me estremece de placer.

—Tomates no —le doy la razón—. En el Reino Unido son una batalla perdida si no tienes invernadero, y yo prefiero trabajar al aire libre y aprovechar el poco sol que tenemos. Cultivo zanahorias, patatas, cebollas, col rizada, brócoli, ajos y algunas hierbas aromáticas.

—Suena bastante serio.

—Tiene mucho trabajo, sí. Y para que quede claro: nunca me verás con un sombrero de paja. Siempre llevo gorra y trabajo sin camiseta.

Levanta la vista del plato y se queda mirándome un segundo de más.

—Por eso estás tan bronceado —reflexiona en voz alta. Luego, frunce el ceño—. Espero que uses protector solar. Eres pelirrojo y las pecas de tu espalda tienen pinta de ser delicadas.

El comentario me arranca una sonrisa engreída. Al darse cuenta de lo que acaba de decir, se sonroja hasta las orejas y bebe agua como si le fuera la vida en ello.

—Te has fijado mucho en mi cuerpo, ¿eh? —Se atraganta un poco—. Es encantador que te preocupes por si tengo un melanoma. Pero para el carro, Ojazos. No llevamos ni un día encerrados. ¿Qué será lo próximo? ¿Pedirme matrimonio?

Deja el vaso en la mesa y me lanza una mirada asesina.

—Eres idiota.

—Cuando quieras —añado, pinchando un trozo de calabacín—, puedes echarme crema en la espalda.

Corta el filete como si estuviera fantaseando con apuñalarme la yugular mientras yo la observo absolutamente extasiado. Su cara colorada me resulta adorable, lo cual es un inconveniente, porque este es justo el tipo de distracción que debería evitar a toda costa.

Joder, cuando la miro, olvido por completo a qué he venido. La rabia y el objetivo que me ha traído hasta aquí quedan relegados a un segundo plano al estar cerca de Hedda. Y eso debería preocuparme más de lo que lo hace.

En su lugar se abre paso otra idea peligrosa y demasiado tentadora: tomarme unas vacaciones de mi venganza para dedicárselas a ella. A esta mujer tan fascinante que no debería importarme y que, sin embargo, empieza a ocupar demasiado espacio en mi cabeza.

Quiero averiguar qué la hace sonreír de verdad, qué la hace suspirar cuando no está a la defensiva y qué necesita para sentirse a salvo.

Si Hedda fuera una asignatura y yo un alumno aplicado, sería mi favorita. Me obsesionaría con cada detalle, me la aprendería de memoria y no me conformaría con aprobar, sino con sacar sobresaliente. Querría entenderla y dominarla.

Y esa certeza me inquieta más que cualquier otra cosa esta noche.

Relleno mi copa de vino y señalo su vaso vacío.

—¿Quieres vino?

Ella niega y se sirve más agua.

—No, gracias.

Yo no bebo demasiado porque he visto cómo el alcohol saca lo peor de las personas. Además, respeto a los abstemios, pero algo me dice que ella rehúsa por un motivo que me cabrea más de lo que debería.

—¿Porque no te apetece… —apoyo los codos en la mesa y me inclino un poco hacia delante— o porque crees que voy a aprovecharme de ti?

Hedda se pone rígida.

—Déjalo estar.

Y una mierda.

—No tienes por qué privarte de una copa si te apetece. Nunca he forzado a ninguna mujer a acostarse conmigo —aseguro, tajante—. Puedes estar tranquila.

Alza la barbilla y sus ojos brillan con orgullo.

—No te tengo miedo.

Antes de que pueda pensarlo, estrello la palma contra la mesa. Ella da un respingo y cierra los ojos por instinto. Noto cómo contiene la respiración e inclina el cuerpo hacia atrás. La miro con una sonrisa cargada de veneno.

—Conque no me tienes miedo —digo con sorna. Acabo de perder el apetito y siento un intenso ardor en el pecho—. ¿Dónde está esa basura?

—¿Quién?

—El cabrón que te hizo daño —escupo las palabras con rabia. Ojalá lo tuviera delante para explicarle por las malas algo que no se le olvidaría en la puta vida—. Tu ex.

—Muy lejos de aquí. Ya no estamos en contacto —contesta con más firmeza. Luego, apoya los codos en la mesa y recupera la compostura—. No.

—¿No, qué? —replico, aunque sé qué se refiere.

—No voy a hablar de él contigo. —Fija la vista en la mano que aún tengo abierta sobre la mesa y aprieta los labios con disgusto—. No vuelvas a hacer eso.

—Entonces, no me mientas, coño.

—Pues no me culpes de no fiarme de ti. No te conozco de nada. Es lógico que…

—Pregunta lo que quieras.

Pero ¿qué narices me pasa? Ni siquiera pestañeo cuando ella me observa con un interés nuevo. En este momento, haría cualquier cosa para ganarme su confianza. Me parece un premio demasiado suculento a costa de soltarle un puñado de mentiras, porque lo de seguir abriéndome con ella queda descartado.

—¿Por qué estás en Noruega? —pregunta finalmente.

—Por lo mismo que todos los turistas: las auroras boreales.

Entrecierra los ojos y sé que me acaba de pillar.

—Respeto que no quieras contarme la verdad, pero no me tomes por tonta —dice sin ocultar su disgusto—. Trøndelag no es el mejor sitio para ver auroras. Si eso fuera lo que te ha traído hasta aquí, estarías en Tromsø o en las islas Lofoten.

Mantengo la expresión pétrea. Maldita sea. Debería haber investigado un poco para fabricar una coartada mejor.