STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 9 Hedda
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9 Hedda

Cuando Steel sale del baño, sigo inmóvil con esta bestia negra sentada sobre mis botas. Pesa tanto que he dejado de sentir los pies. El muy cretino se ha tomado su tiempo, quizá para demostrarme que no le preocupaba en absoluto que intentara huir en mitad de la tormenta.

La cara me arde de indignación porque no soporto volver a quedar como una pusilánime delante de él.

Pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Si esta es su versión simpática, no me quiero imaginar la otra.

Además, Roxie me da tantísimo miedo que no me he atrevido a sacar el móvil del bolsillo para llamar a mi hermano.

No me fiaba de ella, aunque se haya limitado a roncar usando mi pierna como almohada.

En el umbral del baño, Steel se seca el pelo mojado con una toalla. Me pone de los nervios verlo tan relajado e indecente mientras su perra me tiene amedrentada.

Viste unos pantalones negros de chándal y va desnudo de cintura para arriba.

Sus brazos están llenos de tinta, desde los hombros hasta las muñecas.

Un dragón se enrosca en su antebrazo derecho y un bosque de pinos se extiende por el izquierdo.

La parte superior de ambos brazos está cubierta de líneas gruesas y patrones geométricos cuyo significado no alcanzo a descifrar desde aquí.

Para ser pelirrojo, su piel posee el bronceado típico de alguien que pasa mucho tiempo al aire libre.

Un puñado de pecas doradas y marrones le recorre los pectorales y serpentea por su abdomen.

El pecho está salpicado de vello castaño cobrizo y el vientre, plano y firme, se marca con unos trabajados abdominales.

Mis labios se separan por inercia mientras me lo como con los ojos.

Tal vez no me pareció especialmente atractivo en el ring al verlo ensangrentado y malherido, pero ahora no puedo negar que su cuerpo es un regalo para la vista.

Tiene la proporción perfecta entre músculo y vello corporal; el tipo de cuerpo que parece tallado a conciencia para agarrarse con las dos manos y no soltarlo nunca.

Steel lanza la toalla al cesto de la ropa sucia y arquea las cejas en mi dirección.

—Deja de cosificarme —suelta con guasa, señalándose la cara—. Mis ojos están aquí.

Resoplo para recuperar algo de dignidad.

—No te estoy cosificando.

—Anda que no. Me siento casi violado.

—¡Pero qué dices! —La sangre me sube a las mejillas—. Ese tipo de cosas repugnantes solo las hacéis los hombres.

—Ojazos, no había nada repugnante en cómo me comías con los ojos.

—¡Yo no te comía con los ojos! Estoy inmovilizada por tu bestia carcelera y no tengo televisor ni nada interesante que mirar.

Roxie emite un suspiro ofendido —¿o ha sido un sollozo?

—, se levanta sin mover el rabo y camina hasta su cama junto al radiador.

Se desploma con la cabeza entre las patas y las orejas gachas.

No sé si los perros tienen sentimientos, pero la culpa me golpea de inmediato.

A pesar de su aspecto lobuno, la verdad es que parece inofensiva.

Steel coge la sudadera que cuelga del pomo de la puerta y se la pone con desgana, primero metiendo un brazo y luego el otro.

No puedo evitar fijarme en cómo se le tensan y marcan todos los músculos.

Se me seca la boca al ver cómo la cinturilla del pantalón se le baja un par de centímetros con el movimiento, dejando al descubierto un rastro de vello pelirrojo justo sobre la línea del pubis.

Un calor intenso me sube a las mejillas al descubrir lo que ya me había imaginado, pero me sorprende igual: sí, Steel es pelirrojo en todas y cada una de las partes de su cuerpo.

Steel saca la cabeza por el cuello de la sudadera en ese preciso momento y me sorprende con los ojos clavados en esa zona de su anatomía y tragando saliva. Una sonrisa indolente le ilumina la cara.

—Conque te parezco interesante, ¿eh? —Se baja la sudadera muy despacio, como si quisiera privarme a propósito de su cuerpo—. Pero no puede ser, Ojazos. Me aterra que tu hermano me parta las piernas.

No sé si me enfurece más que me deje como una babosa o que se burle de Lars. Al final, decido que no merece la pena discutir por lo primero.

—¡Mi hermano sería perfectamente capaz de bajarte los humos!

—¿Sí? —El muy gilipollas se ríe—. ¿Y qué va a hacer? ¿Retarme a una partida de ajedrez? —Cierra el cajón del lavabo con un chulería que me toca los ovarios—. Hace años que nadie consigue bajarme los humos, Ojazos. Ni en el ring ni en la calle.

—¡Deja de llamarse así!

Va de camino al dormitorio y se detiene. Sus hombros se sacuden con una risa silenciosa y me entran ganas de levantarme y estamparle el puño en la cara.

—Pero me gustan tus ojos. Son muy bonitos —dice tan tranquilo, girando la cabeza hacia mí—. ¿Qué quieres que haga?

Su risa me hace cosquillas en el vientre.

—Cabrón —siseo cuando entra en la habitación.

Regresa al cabo de unos segundos con un montón de ropa doblada. Sin decir nada, se inclina para dejarla en mi regazo y me roza el cuello con los labios en la caricia más descarada y provocadora de la historia. Estoy segura de que nota cómo se me corta la respiración. Y lo disfruta.

—Puedes usar el baño para ducharte y cerrar por dentro si así te sientes más segura —me dice al oído—. Me llamo Rowan, por cierto.

—Lo apuntaré en la lista de cosas que me importan una mierda.

Su risa no llega a ser una carcajada, sino más bien un suspiro satisfecho.

—No te recordaba tan habladora y combativa.

—Porque no me conoces en absoluto.

Inclina la cabeza y sus ojos brillan con ese placer malvado de quien ha encontrado un hueso duro y está deseando hincarle el diente. Creo que prefería su versión hosca y taciturna a este flirteo que me pone aún más nerviosa. Al menos, con lo primero sabía a qué atenerme.

—Entonces, qué suerte que estemos atrapados juntos para corregir eso —dice con tono sedoso, arrastrando cada palabra.

—Lo que para ti es suerte, para mí es un castigo.

—Si quieres que te castigue, Ojazos, conozco formas de hacer que lo disfrutes. Incluso de conseguir que me ruegues por más.

La forma en que lo dice… Por un instante, puedo imaginarme lo que tiene en mente. Su sonrisa ladeada me confirma que acaba de adivinar mis pensamientos.

—¿Quieres oírme suplicar? —ronroneo—. Por favor, aleja tus asquerosas manos de mí. Empiezo a sentir náuseas, y te aseguro que no es por el golpe que me he dado en la cabeza.

Sus dedos me rozan la mejilla al apartarme un mechón de la cara antes de alejarse de mí. El corazón me late con fuerza contra las costillas cuando me levanto de la butaca, entro en el baño y me encierro dentro. Echo el pestillo sin soltar la ropa.

Rowan.

Ahora sé cómo se llama. Y lo peor es que estoy segura de que no voy a olvidarlo nunca.

***

Después de darme una ducha, me envuelvo en una toalla seca y me subo al váter para arañar una miserable raya de cobertura. Justo cuando estoy a punto de rendirme, me llegan varios mensajes de Lars.

Lars: Estoy preocupado.

Lars: Dime que estás bien.

Lars: Mierda, Heds, he llamado a la cafetería y Anita me ha dicho que te fuiste hace una hora. Voy a salir a buscarte si no logro dar contigo.

Lars: ¡Hedda! He intentado salir, pero no he podido recorrer ni quince metros en coche. Voy a llamar a emergencias. Te juro que me va a dar un maldito infarto. No tiene gracia.

Lars: ¿HOLA?

Uf, debe estar preocupadísimo. Empiezo a explicarle la situación, pero borro el mensaje antes de enviarlo.

No puedo decirle la verdad sin ponerlo en riesgo.

Si sabe que estoy atrapada con un hombre al que apenas conozco, saldrá a buscarme en mitad de la tormenta.

Por mi cabeza pasan imágenes de Lars teniendo un accidente de coche.

No podría vivir con eso, así que escribo una respuesta rápida.

Yo: Estoy bien. Lo siento, no me llegaban tus mensajes. La tormenta me ha pillado de camino y estoy en casa de una amiga. No te preocupes. Te llamo cuando vuelva la cobertura.

Envío el mensaje justo cuando la señal se esfuma del todo.

Me siento en el inodoro, con la cabeza entre las manos, y espero un momento antes de vestirme.

Mis vaqueros empapados y la ropa interior están secándose sobre el radiador.

No me queda más remedio que usar la ropa que me ha dejado Steel. Esto… Rowan.

La sudadera es gruesa, huele a suavizante y me llega hasta las rodillas.

Les doy un par de vueltas a las mangas y me subo los pantalones de chándal.

Se me resbalan por las piernas antes de que dé un solo paso.

Inspirando, me doblo la cinturilla tres veces y camino hasta la puerta.

La pernera se me enreda en el tobillo, piso el bajo y me tropiezo hacia delante.

Acabo apoyada en el lavabo, con el culo al aire y maldiciendo entre dientes.

Si Rowan no fuera tan grande, juraría que lo ha hecho a propósito.

Me los quito y me pongo unos calcetines gruesos que me llegan hasta las pantorrillas.

Con estas pintas me siento ridícula y vulnerable, pero no tengo nada más que ponerme ni pienso andar por la cabaña tropezándome con los pantalones.

Odio no llevar bragas casi tanto como odio la idea de pasar la noche con un extraño.

Cuando abro la puerta, Steel está en la cocina.

La cabaña es pequeña, acogedora y tiene pocos muebles.

La cocina americana se abre al salón, donde hay dos butacas frente a una chimenea apagada porque los radiadores eléctricos calientan de sobra la cabaña.

La cama de Roxie está junto a uno de ellos, frente a una pequeña librería y bajo el ventanal desde el que Steel ha podido verme resbalar.

Los dos sabemos que miente al decir que ha tardado unos minutos en ayudarme.

Estoy convencida de que se ha derramado el chocolate encima al salir corriendo.

No me gusta recordar cómo ha reaccionado mi cuerpo cuando me ha cargado en brazos sin esfuerzo.

Ese recuerdo me lleva a la primera y única vez que Oskar intentó levantarme y se hizo daño en la espalda.

Me acusó —medio en broma, medio no— de pesar demasiado y sugirió que debería perder peso por mi salud, aunque aseguró —con una condescendencia que entonces no supe identificar— que me quería tal y como era.

Mido un metro setenta y dos, y pesaba sesenta y cinco kilos.

Al día siguiente empecé una dieta. Ahora he vuelto a recuperar esos kilos y tengo más energía.

Me froto los brazos para arrancar el recuerdo de aquella mujer pequeña y sumisa en la que me convertí. Oskar ya no forma parte de mi vida y estoy recordando cómo ser yo misma.

Steel está cortando verduras mientras un pedazo de carne chisporrotea en la sartén. Se me hace la boca agua. Huele muy bien. Hay cebolla, zanahoria, calabacines y pimientos en un bol.

—¿Tienes hambre? —me pregunta—. Te prometo que me he lavado mis asquerosas manos antes de empezar a cocinar.

Pongo los ojos en blanco y doy un paso, dispuesta a ayudarlo con la cena. Entonces caigo en la cuenta de algo que hasta el momento no se me había pasado por la cabeza. Solo hay dos butacas individuales no reclinables y un dormitorio. Tampoco hay sofá.

Me detengo en seco. Se me cae el alma a los pies cuando comprendo lo que eso significa.

—Dime que en ese dormitorio hay dos camas.

Steel corta un trozo de zanahoria con una tranquilidad ofensiva, se lo lleva a la boca y mastica despacio. Cuando me mira, los ojos le brillan de pura diversión, como si mi incomodidad le pareciera el mejor de los espectáculos.

—Bienvenida a mi pequeña y humilde morada —dice, abarcando la cabaña con un brazo—.

Espero que no ronques ni tengas los pies fríos.

—El muy desgraciado hace una pausa—. A muchas les gustaría estar en tu lugar, pero tú eres la gran afortunada.

—Me sonríe como si estuviera haciéndome un favor—.

Yo duermo en el lado derecho de la cama.