8 Rowan
El olor de la sangre me gusta. Me resulta familiar.
Cierro la puerta del baño con el pie y dejo el botiquín sobre la mesa baja.
Hedda está sentada en la butaca, con los hombros tensos y la barbilla levantada en un gesto desafiante que no hace más que confirmarme que está asustada.
No por el golpe en la cabeza, sino porque se siente indefensa en mi presencia.
No me apetece convencerla de que nunca le he puesto una mano encima a alguien indefenso o que no lo mereciera. Ni bajo ningún concepto a una mujer. Al menos, no para golpearlas fuera de un contexto sexual y consentido. Puedo ser muchas cosas horribles, pero no soy ese tipo de hombre.
Me preocupa más verla herida. Aunque no debería importarme.
Pongo una rodilla en el suelo y abro el botiquín.
Ella se sobresalta por el chasquido del cierre.
Joder, ¿en serio? Ya sé la imagen aterradora que proyecto, pero eso no es lo que me enfurece, sino la sospecha de que me teme porque el hijo de puta de su ex le hizo creer que todos los hombres somos agresivos.
Me paso una mano por la frente y miro por la ventana. El viento golpea la cabaña como si quisiera arrancarla de cuajo. Desvío la mirada hacia las manos de Hedda. Las tiene entrelazadas sobre el regazo y le tiemblan un poco.
Debí haber llamado a la azafata. Me cago en todo.
Pero el papel con su número sigue hecho pedazos en el bolsillo de mi abrigo.
Cuando estaba a punto de pulsar el botón de llamada, cerré los ojos y me imaginé con la cara enterrada entre los muslos suaves de una mujer de pelo castaño y ojos chocolate.
Me puse de mal humor. No es bueno que esté cerca de nadie en ese estado, así que rompí el papel y decidí regresar a la cabaña para beber hasta caer rendido.
Me prometí que al día siguiente saldría a buscar al cabrón que le arruinó la vida a mi hermana.
Luego, regresaría a Reino Unido con los deberes hechos y me prepararía para la pelea contra Shevchenko.
Entonces la vi tirada en la carretera.
Pensé en pasar de largo; no me da vergüenza admitirlo. Me dije que ella no era mi maldito problema y que no había ido al norte de Noruega para rescatar a mujeres guapas y estúpidas.
Pero aquí estamos. Y ella está herida. Verla sangrar no me gusta una mierda.
—No te muevas.
Mi voz no es amable, y me da igual. Total, no sé cómo serlo. Solo me sale ser cariñoso con Roxie y, a ratos, con Alice. Aunque la verdad es que con ella soy más sobreprotector porque no sé demostrar mi afecto de otra forma.
No hay agua oxigenada, así que mojo la gasa en alcohol.
Casi me hace gracia que ella no pestañee cuando acerco la mano a su herida.
Sabe que le escocerá, pero está tan empecinada en hacerse la fuerte que ni se inmuta cuando la rozo con cuidado.
Me dan ganas de apretar para escucharla gemir.
Porque si no puedo hacer que grite mi nombre, al menos me concederá ese placer.
Levanto su barbilla con dos dedos para limpiarle la sangre seca de la mejilla. Le rozo la mandíbula a propósito y me maravilla más de lo que debería cómo se le escapa el aliento.
Tocarla me duele físicamente, porque me muero por arrancarle la ropa, tumbarla en el suelo y hundirme de un solo empellón dentro de ella.
Aprieto la gasa más de la cuenta y pone una mueca.
—¿Escuece?
—Sabes que sí —contesta con voz ronca, abriendo los ojos para contener las lágrimas—. Termina de una vez.
No quiero, porque entonces dejaré de tener una excusa para tocarla.
Su olor me envuelve como una droga adictiva.
No entiendo de perfumes, pero el suyo es tan dulce y embriagador que me dan ganas de obligarla a tumbarse desnuda en mi cama para que mis sábanas huelan a ella.
Tiene una piel suave en contraste con mis dedos callosos, pero no se queja mientras inspecciono su rostro y deslizo las yemas por su mejilla.
Mi pulgar roza deliberadamente la comisura de su boca y noto cómo se le corta la respiración.
Se queda muy quieta, mirándome con los ojos entrecerrados y una expresión de desconfianza y algo mucho más intenso.
No puedo ni quiero evitarlo: empujo su labio inferior hacia abajo y se lo pellizco antes de soltarlo.
Aún siento el calor de su piel en la yema de mis dedos.
Tocarla me resulta tan jodidamente bueno que me dan ganas de cogerla en brazos, llevarla a mi cama y hacerle de todo hasta que me canse de ella. En los próximos cien años, seguramente.
El silencio que se instala entre nosotros es tan pesado que, durante un largo instante, me limito a memorizar cada rasgo de su cara mientras ella inspira con fuerza.
Verla tan contrariada m e obliga a retroceder porque no me reconozco ni es el momento.
No estoy en Noruega por ella, pero, maldita sea, se me olvida al tenerla cerca.
Sigue sin decir nada, pero lo veo en su cara. Esta mujer tan contenida me resulta demasiado transparente. Sus ojos grandes y castaños son muy expresivos y me gritan todos sus pensamientos.
—¿Estás mareada?
—No.
—¿Te duele la cabeza si mueves los ojos?
Pestañea varias veces.
—No.
—¿Ves borroso? —Niega despacio—. ¿Zumbidos en los oídos? ¿Náuseas? —Sacude de nuevo la cabeza—. ¿Recuerdas cómo te has caído exactamente?
—Me he resbalado y me he golpeado justo aquí. —Se señala la ceja—. No me he desmayado más de unos segundos.
—¿Cómo lo sabes?
—Cuando me he despertado, ya venías a por mí.
—A lo mejor he tardado unos minutos —contesto con frialdad. No me gusta que parezca que me preocupo por ella.
Me mira fijamente y aprieta los labios. La verdad es que la estaba observando por la ventana y eché a correr en cuanto la vi resbalar.
Yo tampoco soy tan discreto como creía, pues desvía los ojos hacia la mancha marrón de mi sudadera y esboza una sonrisa engreída que me toca los huevos.
Sí, me he derramado el chocolate encima al verla caer.
Ha sido un acto reflejo. Eso no significa una mierda.
— Las autoridades han decidido cortar las carreteras debido a la tormenta Freya —informa el presentador de la radio—.
Se prevé que el temporal se intensifique durante la noche, con riesgo de avalanchas y caída de árboles.
Se recomienda a los ciudadanos no salir de sus hogares bajo ninguna circunstancia y extremar las precauciones.
Freya. Bonito nombre para algo que puede matarte.
Hedda rompe de golpe nuestro contacto al echarse hacia atrás.
Gira la cabeza hacia la radio y traga saliva.
Está digiriendo la noticia. Me doy cuenta de que mis manos siguen en el aire, justo donde estaba su cara, así que las bajo con brusquedad.
Durante un breve instante, permanece con el ceño fruncido y los brazos pegados a los costados.
Cuando por fin me mira, leerle el pensamiento me resulta tan fácil que estrujo la gasa entre mis dedos.
Quiere largarse.
Por encima de mi cadáver. Si esta mujer tan obstinada sale de la cabaña en mitad del temporal, será solo porque yo habré muerto.
Antes de que sus preciosos labios se muevan, me inclino hacia ella, acerco mi rostro al suyo y la sujeto por la barbilla. Con brusquedad. Sin una pizca de delicadeza.
—No.
Su boca en forma de corazón se frunce.
—¿No, qué?
—No voy a permitir que salgas en mitad de una tormenta. —Le doy dos golpecitos en la frente—. Bórratelo de la cabeza.
Me aprieta la muñeca y se reclina para que la suelte. Dios, cómo me enfurece su rechazo. La distancia que pone entre nosotros se me clava en el pecho como una daga ardiente.
—Haré lo que me dé la gana —suelta con arrojo—. No puedes detenerme.
Me ahorro recordarle que el coche es mío y está destrozado bajo un árbol. Es tan tozuda y orgullosa que estoy seguro de que prefiere caminar bajo el temporal que compartir techo conmigo.
—Puedo —aseguro con voz firme—. Y te prometo que no quieres ponerme a prueba, Ojazos. Porque si intentas hacer alguna estupidez como salir ahí fuera, usaré la fuerza para retenerte.
Pega un respingo.
—No serías capaz —susurra.
—Y si hace falta —añado con frialdad—, te ataré a la butaca.
Suelta una carcajada, atónita. Se ha agarrado a los reposabrazos y tiene los ojos muy abiertos. Cierro el botiquín con un golpe seco y me pongo de pie.
—Tú estás delirando. No pienso aceptar que…
—No estoy pidiendo tu puto permiso. —Me inclino hacia ella, apoyo una mano en cada reposabrazos y la encierro entre mi cuerpo y la butaca—.
Pero seré generoso y te daré a elegir. Puedes aceptarlo por las buenas y quedarte sentada como una chica lista, o puedes obligarme a recurrir a métodos más cuestionables para doblegarte.
—Levanto una mano y ella se encoge cuando le aparto un mechón de la cara—.
A las malas es mi método favorito. Tú verás.
Hedda aprieta los labios con fuerza. Tiene la cara pálida, pero sus ojos echan chispas.
—Que sea a las buenas —contesta de mala gana—. No pienso darte ese gusto.
—Vas a pasar la noche conmigo. —Le doy la espalda y voy al baño para guardar el botiquín en su sitio—. Qué bien que lo hayas aceptado tan rápido.
—Claro —dice con una sonrisa tirante—. ¿Qué mujer podría resistirse a tu encanto británico si se lo pides con tanto entusiasmo y amabilidad?
Voy al baño y guardo el botiquín en el armario. Luego regreso al umbral y le digo con tono monótono:
—No es una propuesta, solo te estoy informando.
—Ella suelta un gruñido—. Voy a ducharme.
Y te aviso de algo, por si se te ocurre hacer alguna tontería mientras tanto —añado con absoluta calma—.
Si intentas salir de esta cabaña, te prometo que te atraparé.
Y, cuando lo haga, las súplicas no te van a servir de nada y entenderás que soy más simpático cuando me obedeces.
—No eres simpático.
—Entonces, imagina lo poco que te va a gustar conocer mi otra versión.
Chasqueo los dedos y Roxie, que dormía hecha un ovillo frente al radiador, se espabila al instante.
—Roxanne —señalo a Hedda—, vigila a nuestra invitada.
Roxie se acerca a ella, planta sus maravillosos veintisiete kilos sobre los pies de Hedda y apoya la cabeza en su muslo. Hedda clava las uñas en el reposabrazos y sus mejillas pierden todo el color. Ve a mi perra como una amenaza. No entiende que, en realidad, la está protegiendo.
Cierro la puerta con una sonrisa. Mejor así.