7 Hedda
Subimos por la carretera secundaria que serpentea por la ladera de la montaña. Es demasiado estrecha para dos coches cuando empieza a nevar con más fuerza. Los pinos y abedules se inclinan hacia los lados por el peso de las ramas nevadas, y por momentos temo que acabemos perdiendo un retrovisor.
Estaría más tranquila si Lars o yo fuéramos al volante, porque no me fío de los extranjeros que conducen por las carreteras noruegas en invierno.
Es un pensamiento prejuicioso, lo sé, pero, en esta época del año, los accidentes de turistas son frecuentes.
Sin embargo, Steel conduce con seguridad, con las manos firmes sobre el volante y los hombros relajados.
Aun así, eso no consigue que se me pase el miedo durante los cinco minutos de trayecto.
Viajamos en un silencio tenso, interrumpido solo por el sonido del motor y el golpeteo seco de la nieve contra el parabrisas.
El viento sopla con furia mientras el todoterreno avanza cada tramo más despacio, abriéndose paso cuesta arriba sobre la nieve. Cada pocos segundos, lo observo de reojo y me hago la misma pregunta: ¿qué hace un boxeador británico en el norte de Noruega?
¿No debería estar preparándose para el combate contra el actual campeón?
Lo busqué una sola vez, lo juro. Fue tres días después de romper con Oskar, cuando Lars me obligaba a comer y ducharme.
Estaba viendo tiktoks de furgonetas camperizadas y me saltó un vídeo suyo de la pelea contra el polaco.
La curiosidad me pudo. Así supe que, aquella noche, Steel había ganado el cinturón interino del peso pesado del WBC.
Tras perder dos horas en Wikipedia averiguando qué diantres era un cinturón interino, descubrí también que, si vence a Shevchenko, será campeón mundial.
No me juzgues. Ese día necesitaba pensar en cualquier cosa que no fuera mi vida miserable.
La casa aparece entre el bosque blanco de coníferas.
Es una cabaña de una planta, encajada en la ladera de la montaña, aislada entre Bjørndal y una carretera secundaria que sube hacia un altiplano boscoso.
Es una stugor tradicional noruega, construida en madera oscura y con el techo cubierto de pasto — torvtak —, ahora sepultado bajo la nieve.
Steel apaga el motor y se baja del coche sin comprobar si lo sigo.
No quiero congelarme aquí dentro, así que no me queda más remedio que acompañarlo a la cabaña.
Lo primero que pienso al subir los tres escalones y refugiarnos en el porche es que es un sitio ideal para cualquiera que quiera pasar desapercibido.
O para un asesino en serie que planea liquidar a su próxima víctima.
Antes de que abra la puerta, la inquietud me empuja a saciar mi curiosidad.
—¿Has venido de vacaciones?
—¿Y a ti qué te importa?
Joder, qué maleducado.
—Eh…, simple curiosidad. ¿Qué te trae por aquí? ¿Senderismo? ¿Auroras boreales?
—Paz. Hasta que has empezado a hablar.
—Pues haber pasado de largo cuando me has visto —siseo.
Su mano queda suspendida sobre el pomo cuando gira la cabeza y me fulmina con la mirada.
Me muerdo el labio, asiento y pongo cara de haberlo captado.
No es solo que sea un hombre serio y con una personalidad reservada, sino que es una de esas personas que no se esfuerzan en provocar una opinión positiva en los demás porque le importa demasiado poco caerle bien a la gente.
A pesar de que no me fío de él, reconozco que respeto a quienes viven sin preocuparse por encajar, agradar o suavizar sus aristas, porque en un mundo donde las apariencias lo son todo, hay algo profundamente honesto en no intentar ser alguien distinto de quien se es.
Steel abre la puerta y entro detrás de él.
Apenas he dado dos pasos cuando una bola de pelo negra y enorme se me lanza encima.
Pego un grito ahogado y levanto los brazos para protegerme de esta bestia.
El estómago se me sube por la garganta cuando me planta las patas en el pecho y una lengua húmeda y caliente se desliza por mi barbilla.
—¡Ay! ¡No! ¡Para, para!
El perro mueve la cola con entusiasmo y me empuja contra la puerta.
No me atrevo a quitármelo de encima, así que retrocedo por puro instinto y resbalo en el primer escalón del porche.
Se me escapa otro gritito que muere en mis labios cuando unos brazos fuertes me envuelven por la cintura y me estrechan contra un pecho duro.
Me encuentro mirando un ojo azul hielo y otro verde musgo.
Mis manos se aferran por inercia a los antebrazos de Steel y noto cómo sus músculos se endurecen bajo mi contacto, como si acabara de tocar algo que no debiera.
Sus ojos se entrecierran como si mi contacto lo irritase.
Mi boca está a escasos centímetros de la suya y soy incapaz de no desviar la mirada hacia sus labios apretados.
Tiene una boca severa y algunas pecas doradas esparcidas por la nariz torcida.
Puedo sentir su respiración contenida, el calor que desprenden sus manos en mi cintura y la dureza de su cuerpo a través de la ropa.
El ambiente se carga de electricidad y, durante un instante, no noto el viento furioso que le despeina el cabello cobrizo. Estoy abrumada por el calor denso y envolvente que desprende su cuerpo, como una estufa que quema si te acercas demasiado.
—¿Siempre te lanzas así sobre los hombres o es solo conmigo? —murmura con la voz baja y áspera como una lija.
—Solo con los que me caen mal —respondo sin pestañear.
—Querrás decir con los que te asustan.
Lo miro de arriba abajo con desdén —igual que ha hecho él hace un rato conmigo— y suelto un bufido desde lo más profundo de la garganta.
—No te creas tan especial.
—No lo hago. —Me agarra por las caderas y me levanta del suelo para dejarme en el porche. Sus manos me sueltan de golpe en cuanto mis pies tocan el suelo. Es oficial: le da asco tocarme—. Solo eres torpe.
Me trago la réplica que tengo en la punta de la lengua y lo sigo al interior de la cabaña. Ese perro enorme con aspecto de lobo está sentado delante de una de las butacas del saloncito, meneando la cola como si no fuera el culpable de haberme empujado a los brazos de su dueño.
Le lanzo una mirada resentida.
—Te presento a Roxanne —dice Steel—. Roxie suele ignorar a los extraños. No sé por qué te ha saltado encima.
Así que es una perra. El animal es enorme, con el pelaje negro y unos ojos vivarachos que me observan suplicándome que le dé permiso para acercarse.
—Me parece increíble —comento con sorna, mirando a la perra— que una hembra se sienta tan cómoda en tu presencia.
Steel no se inmuta ante la pulla. Se limita a acercarse a su perra, rascarle detrás de las orejas y contestar sin mirarme:
—Te sorprendería cuántas hembras encuentran más que agradable mi compañía.
—«Sorprender» no sería la palabra que usaría —respondo, quitándome los guantes con lentitud—. «Inquietante», tal vez. «Milagroso», siendo generosa. «Imposible», seguramente.
Steel deja de acariciar a su perra y alza la vista hacia mí.
Por un instante creo que me he pasado tres pueblos, que he despertado su ira y que me hará picadillo con sus puños.
Tal vez planee descuartizarme y esconderme en bolsas de basura en el congelador.
Pero entonces se dirige hacia la cocina americana.
Juraría que intenta disimular una sonrisa mientras me da la espalda.
—Caliéntate en el radiador —me ordena mientras abre un cajón—. Voy a preparar algo de beber para que entremos en calor.
—¿Por qué no buscas la pieza y el anticongelante? —sugiero, echando un vistazo por la ventana—. La tormenta está empeorando. No quiero robarte más tiempo.
Ni quedarme aquí encerrada contigo.
Steel me ignora y coge dos tazas. Pues nada, fantástico.
Me sacudo la nieve del pelo, pongo los guantes sobre el radiador y me froto las manos. La perra escoge ese momento para acercarse y olfatear mi zapatilla como si hubiera encontrado algo interesante.
Me pongo rígida de inmediato y levanto los brazos.
No lo reconoceré delante de Steel porque ya me considera una cobarde de primera, pero, entre tú y yo: les tengo auténtico pánico a los perros desde que el pastor alemán de mi vecino me mordió cuando tenía cinco años. Me dejó una cicatriz en el tobillo izquierdo de recuerdo.
—No, no, no —susurro—, respeta mi espacio, Roxie. Va, bonita. Vete a… otra parte.
La perra empuja el hocico contra mi mano, así que no me queda otra que acercarme al radiador. Doy un saltito al quemarme el culo y mascullo una palabrota. Roxie continúa olfateándome y lloriqueando para reclamar mi atención.
—Roxie —la llama Steel—, a tu sitio.
La perra obedece sin rechistar. Me siento un poco culpable cuando se dirige cabizbaja a la cama que hay frente al otro radiador.
Se me pasa al ver que se hace un ovillo y comienza a roncar apenas unos segundos después.
Fuera, el viento ruge, la nieve cae con más fuerza y los árboles silban y crujen.
La tormenta ha empeorado desde que me he subido al coche de Steel, y sé lo que eso significa porque no es la primera que veo una así.
Steel regresa con dos tazas humeantes.
—Chocolate. —Me tiende una sin preguntarme si me gusta.
Lo acepto sin rechistar y me lo bebo con la única intención de irme cuanto antes.
Ni en broma pienso quedarme aquí más de cinco minutos.
Me abraso la lengua mientras él sopla con paciencia para enfriar la bebida.
Se ha quitado el abrigo y solo lleva una fina camiseta de manga larga.
Me parece de muy mal gusto cómo se le ciñe a los músculos de los brazos y al abdomen.
Bueno, vale, «mal gusto» no es precisamente lo primero que se me viene a la cabeza al darle un repaso rápido.
Steel es un armario empotrado.
Saco el móvil e intento llamar a mi hermano. Aquí tampoco hay cobertura, así que le envío un wasap, que no sé cuándo le llegará.
El estómago se me encoge porque Lars debe estar preocupadísimo. Espero que no haya cometido la imprudencia de salir a buscarme. Y sí, también estoy angustiada al estar incomunicada con un boxeador que ya me ha demostrado lo agresivo que es dentro y fuera del ring .
Steel se ha apoyado con despreocupación en la pared, bebiendo su chocolate mientras me observa sin disimulo.
Ahora sí, una sonrisa de lado ilumina su rostro bronceado.
Me jode lo guapísimo que me parece al sonreír de ese modo.
Guapísimo… en el peor sentido posible. Como la belleza fascinante de un incendio. O de una tormenta eléctrica.
Levanto la barbilla y sostengo la taza con las dos manos. Si da un solo paso hacia mí, se la estampo en la cara y salgo cagando leches hacia su coche.
—¿Qué?
—No voy a hacerte daño —me lee la mente. Sigue sonriendo, como si verme tan asustada le divirtiera—. No tienes por qué preocupar a tu hermano.
Frunzo la nariz.
—Mi hermano acabará contigo como te atrevas a tocarme un solo pelo.
Sí, lo sé. En voz alta ha sonado menos amenazador de lo que pretendía.
—En primer lugar: tu hermano me la suda.
Da un sorbo con toda la calma del mundo. Una gota de chocolate le mancha el labio y se la lame con pereza. Entonces baja el brazo, se inclina hacia delante, clava los ojos en los míos y dice con tono guasón:
—En segundo lugar, créeme: si te toco, será algo más que el pelo. Y solo después de que me lo supliques.
La sangre me hierve tan deprisa que casi noto el vapor saliéndome por las orejas. Dejo la taza en la mesa baja con más fuerza de la necesaria, me pongo los guantes y voy directa hacia la puerta.
—Lo único que te voy a suplicar es que dejes de hacer bromas que no tienen ni puñetera gracia.
—¿Y quién cojones dice que estaba bromeando? Los chistes no son lo mío.
—No, ya me he dado cuenta. Lo tuyo, al parecer, es ir por la vida comportándote como uno de esos cretinos que disfrutan poniendo nerviosas a las mujeres para alimentar su ego.
Me agarra del brazo antes de que llegue a la puerta. El calor de su mano atraviesa la manga del abrigo igual que una quemadura de segundo grado. Entonces me pega a él de un tirón y termino chocando contra su pecho.
—¿Te pongo nerviosa?
Me zafo de un tirón.
—Más quisieras —contesto con tono áspero—. Te espero en el coche.
No soporto pasar un segundo más en su presencia. Me está desquiciando, ¡a mí!, que soy la persona más paciente de Noruega. Por eso, abro la puerta y salgo a la tormenta con la esperanza de apagar el fuego que ha desatado en mi interior.
En cuanto doy cinco pasos, sé que he cometido un error.
El viento ruge como una criatura furiosa y la nieve me cubre hasta las rodillas.
Las copas de los árboles se agitan con violencia.
Me cubro con una mano para que la escarcha no me entre en los ojos justo cuando escucho un crujido seco, parecido a un hueso partiéndose.
Solo me da tiempo a saltar hacia atrás para esquivar el enorme abeto que se desploma sobre el todoterreno y destroza la luna delantera.
Mis pies resbalan sobre la nieve congelada y mi cabeza se estrella contra el suelo.
Siento la sangre antes incluso de que la nieve me muerda la mejilla.
Una punzada aguda me atraviesa la ceja izquierda.
Lo último que pienso antes de perder la conciencia es que odio con todas mis fuerzas que el único hombre que puede hacer algo por mí sea el pelirrojo hosco y taciturno del que acabo de huir.