6 Hedda
Es la primera vez que el Subaru de mi padre me deja tirada.
Este coche no ha fallado ni una sola vez en los últimos quince años.
Mi padre lo llamaba cariñosamente el Viejo Fiel.
Lars y yo llegamos a sospechar que es lo único que le ha dolido dejar en Noruega.
Pero aquí estoy, con el brazo estirado hacia el cielo, intentando arañar una mísera raya de cobertura.
—Maldito traidor. —Golpeo la puerta con la mano—. Lars me va a repetir hasta el día de mi muerte: «¡Te lo dije!».
Bueno, eso será si consigo llamarlo, porque en esta zona de la carretera escondida entre las montañas no hay cobertura. El frío es tan intenso que se cuela por las mangas del abrigo y me muerde la piel. Es una advertencia de lo que está por venir.
La tormenta ha ido empeorando desde que me he sentado al volante, como si la montaña estuviera conteniendo la respiración antes de estornudar la peor parte.
Apenas hay visibilidad y los limpiaparabrisas no conseguían barrer la nieve del cristal.
Aun así, conozco esta carretera sinuosa como la palma de mi mano y sé que habría llegado a casa si el Subaru no me hubiera dejado tirada.
—¡Muchas gracias! ¿El Viejo Fiel? ¡Y una porra! ¡Ya te vale!
Los copos caen con furia y me congelan las pestañas.
La nieve ya me cubre las pantorrillas y, por muy acostumbrada que esté al invierno noruego, he de reconocer que estoy empezando a preocuparme.
Ya ni siquiera me importa que Lars me eche la bronca; me inquieta más no poder llamarlo.
Además, esta carretera es poco transitada en esta época del año.
Tendré suerte si me tropiezo con alguien…
¿Y si regreso a la cafetería? Son cinco kilómetros andando, pero es mejor que esperar aquí.
La desesperación empieza a hacer mella en mí e inspiro hondo para no entrar en pánico.
Aún no ha oscurecido, así que me alejo unos metros del coche y vuelvo a estirar el brazo mientras le suplico al universo que se apiade de mí durante cinco segundos.
Nada. La pantalla sigue igual de muerta que el motor del Subaru.
De repente, una luz blanquecina aparece tras la curva.
El alivio me deja paralizada durante unos instantes.
Luego, comprendo que el conductor podría no verme con esta niebla y bajo corriendo hacia la carretera mientras le hago señas con los brazos.
Incluso doy saltitos patéticos, pero, a estas alturas, creo que la dignidad está sobrevalorada.
El coche aminora y se detiene a unos metros del viejo Subaru.
¡Gracias a los dioses!
Apoyo las manos en los muslos e inspiro para recuperar el aliento. La puerta del conductor se abre y me echo hacia atrás con una sonrisa de agradecimiento, que se desvanece en cuanto veo quién baja del todoterreno.
No fastidies.
Pelirrojo, con barba de leñador y cara de mala hostia.
Es Steel.
En otra vida debí ser una asesina desalmada de gatitos, porque, de lo contrario, no entiendo por qué el karma se ceba conmigo de esta forma.
Soy una buena persona, lo juro. Pago mis impuestos, colaboro con varias organizaciones benéficas y me alegro de corazón cuando a mis amigos les suceden cosas buenas.
El pelirrojo de metro noventa y pico —no entiendo cómo me pareció pequeño en aquel ring — me reconoce nada más plantar un pie en la nieve.
Sus ojos se entrecierran al fijarse en mí y se acerca con esa expresión de pocos amigos que me invita a sugerirle que debería comer más fibra.
Su gesto destila puro fastidio y solo le falta gritar que ayudarme le apetece tanto como contraer una diarrea explosiva.
Me dan ganas de pedirle que se vaya por donde ha venido, pero sé que no puedo permitirme ser orgullosa en este momento, así que señalo el Subaru.
—El motor ha hecho un ruido raro antes de… —empiezo a explicarle.
No me deja terminar. Pasa a mi lado sin decir una palabra y se dirige hacia el capó del Subaru, como si mi opinión tuviera la misma utilidad que una servilleta usada.
Me muerdo los carrillos cuando abre el capó de un tirón. La nieve le cae sobre el pelo castaño rojizo y se la aparta de la cara con un gesto brusco. Odio que mi cerebro registre cómo el anorak se le pega al cuerpo y no disimula la tensión de sus músculos.
Soy una manitas para el bricolaje, pero una negada para los motores.
Lo observo muy quieta, pues no sé qué otra cosa hacer. Sus manos son grandes, con los nudillos cubiertos de cicatrices viejas. Los copos de nieve pintan de blanco su barba cobriza y la anchura de sus hombros me parece tan enorme como esta montaña en la que estoy atrapada.
Steel levanta la cabeza de golpe y me pilla mirándolo.
—¿Por qué coño estás ahí parada? —me ladra.
—¿Cómo? —Parpadeo sin entender.
Resopla por la nariz.
—Deberías estar dentro del coche. Te estás congelando.
Ah, conque es eso. Solo cree que soy estúpida.
Aprieto los labios.
—Soy noruega —respondo, sacando pecho—. Estoy acostumbrada al frío.
Su mirada me recorre de arriba abajo de una forma indiscreta y burlona. ¿De qué va este tío?
—No pareces de aquí. Pensé que todos erais rubios.
Lo miro, perpleja. Eso es demasiado prejuicioso incluso para él.
—Y yo pensé que todos los ingleses erais políticamente correctos, pero tu educación brilla por su ausencia.
Una mueca breve y torcida curva sus labios. No sé si eso ha sido una sonrisa.
—El manguito del radiador se ha congelado —dice—. Está agrietado y pierde líquido.
No pienso preguntar qué es un manguito. Los únicos que conozco son los que usan los críos para aprender a nadar. Ya tengo suficiente con parecerle una imbécil. Así que me acerco un poco, con la ansiedad retorciéndome las tripas.
—¿Tiene arreglo?
—Sí. —Cierra el capó sin darme tiempo a echar un vistazo. Supongo que se ha dejado la simpatía en Reino Unido—. Necesito anticongelante y una pieza que tengo en mi alojamiento.
Asiento despacio. No me gusta cómo me mira.
Es demasiado invasivo. Cada vez que clava los ojos en mí, siento que está arrancándome la cordura a bocados.
Parece uno de esos dementores que me chuparían el alma hasta dejarme seca.
No, gracias. Sé que a muchas mujeres les pone un hombre como él, pero yo no tengo instinto suicida.
Hay algo en Steel que me da mala espina y me obliga a mantener la distancia.
No se trata solo de que sea una bestia capaz de tumbar de un puñetazo a un hombre de dos metros.
No, es algo más peligroso que me hace andar con pies de plomo y pensar que estaría menos acojonada si me hubiera socorrido Ted Bundy.
—Vale. Gracias. —Retuerzo las manos. Uf, ¿por qué no puedo dejarlas quietas?—. He intentado llamar a mi hermano para que venga a buscarme, pero aquí no hay cobertura. Sabe que voy de camino porque lo he avisado al salir del trabajo, así que se preocupará si tardo en llegar.
Lo dejo caer con cuidado; un advertencia envuelta en cortesía.
Si planea hacerme daño, quiero que sepa que hay alguien esperándome.
Tal vez debería insinuar que mi hermano es militar.
Él es boxeador, pero Lars redujo a un atracador que robó en una tienda a punta de pistola. Fue bastante impresionante, la verdad.
Steel pilla la indirecta. Con las manos metidas en los bolsillos, inclina la cabeza hacia un lado y esboza una sonrisa que no contiene ni una pizca de amabilidad. Es diabólicamente cruel, como si, de hecho, le divirtiera que yo crea que puede hacerme daño.
Se me eriza el vello de los brazos.
—Tengo que ir a por la pieza y el anticongelante —dice al fin.
Sus palabras me llenan de alivio y abro la puerta del Subaru para meterme dentro. Su mano la cierra de un empujón.
—¿Qué haces? —Ahora su tono es impaciente.
—Te espero aquí —contesto, confundida.
Se acerca tanto a mí que casi me toca. El corazón me da un vuelco. No puedo retroceder porque tengo la espalda pegada al coche.
—Vienes conmigo.
—No, gracias. —Resoplo y me sacudo la nieve del pelo.
Sus ojos arden de irritación.
—No voy a dejarte sola en un coche que no funciona, sin calefacción, en mitad de una tormenta de nieve, en una carretera desértica y que pronto será inaccesible.
Otro paso. Está demasiado cerca y me pone nerviosa que invada mi espacio personal como si fuera a engullirme de un bocado.
No soy baja —mido un metro setenta y dos—, pero frente a Steel me siento tan diminuta como una hormiga.
Le llego a la clavícula y su barbilla queda a la altura de mi sien.
Ahora sé lo que debió sentir frente a aquel gigante polaco.
O no, porque lo noqueó de un puñetazo, y yo no tengo ninguna oportunidad contra este…
lo que sea. Pero de ningún modo voy a achantarme, porque eso supondría enterrar de golpe a la nueva Hedda, así que alzo la cabeza para sostenerle la mirada.
—No seas idiota. Por aquí no pasa un alma —añade con tono agrio—. Y cada vez va a peor.
—He dicho que no. Y no me llames idiota.
—Pues sube al puto coche.
—No.
Me gusta que mi voz suene firme, pero no que dé otro paso hacia mí.
Estoy encerrada entre su cuerpo y el Subaru.
Algo frío se me enrosca en la garganta, como si el pánico hubiera encontrado la forma de colarse dentro de mí.
De repente, tragar supone un esfuerzo titánico.
Mis botas se hunden en la nieve y meto una mano en el bolsillo del abrigo en busca de las llaves de mi casa.
Las rozo con las puntas de los dedos. Estoy dispuesta a clavárselas en la cara si se atreve a…
Levanta una mano y me aparta un copo de nieve de la mejilla.
No lleva guantes y sus dedos callosos me raspan la piel.
El gesto es deliberadamente lento y despierta un torbellino de sensaciones contradictorias en mi interior.
El rechazo es tan brutal y poderoso que aplasta a cualquier otra emoción.
Un jadeo áspero brota de mis labios y giro la cara para romper el contacto.
Steel enarca las cejas.
—¿Me tienes miedo? —pregunta en voz baja, con un tono imposible de descifrar.
Algo se rompe dentro de mí, barriendo el pánico para dejar una amarga sensación de rabia. Porque sé lo que está insinuando. El recuerdo que tiene de mí es el de la mujer temblorosa y callada que se puso de parte de su agresor. Cree que soy una víctima. Una pusilánime. Y una cobarde.
Le planto las manos en el pecho y lo empujo para quitármelo de encima.
—No me mires como si supieras quién soy —le advierto—, porque no tienes ni idea.
Me observa en silencio mientras rodeo el coche, me dirijo al suyo y me subo al asiento del copiloto sin decir nada. Luego cierro de un portazo. Steel no tarda demasiado en ponerse al volante. Luego, arranca sin dedicarme una mísera mirada.
Fuera, la tormenta arrecia.