STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 5 Rowan
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¿Qué cojones hace ella aquí?

La pregunta me atraviesa el pecho en cuanto la veo huir detrás de la barra, dejar la cafetera en la encimera y agacharse para sacar las tazas del lavavajillas. El desconcierto me golpea como una bofetada seca.

Ella no debería estar aquí.

No puedo evitar mirarle el culo. Mierda, de acuerdo, ni siquiera lo intento. Tiene un trasero respingón y perfecto para abarcar con mis manos. Me imagino obligándola a inclinarse sobre la barra para… No, ni de coña pienses en eso.

Su cola de caballo se bambolea por su espalda de una forma inofensiva que a mí no me lo parece en absoluto.

Entonces se pone de puntillas y levanta los brazos para colocar las tazas en el estante superior.

El jersey se le sube unos centímetros al inclinarse y deja al descubierto una franja deliciosa de piel morena y cálida.

Soy demasiado observador como para no fijarme en la libélula diminuta de su cadera.

No soy un hombre creyente, pero ahora mismo pienso: ¿por qué me hace esto Dios?

Acabo de descubrir que soy el tipo más débil del mundo y que las mujeres con tatuajes de insectos son mi puto talón de Aquiles. Esa libélula es casi una provocación personal.

Tengo que hacer un esfuerzo enorme para no cruzar la barra, agarrarla de la cintura y acariciar la tinta con el pulgar.

Para no subirla a la encimera y decirle que la odio por ser tan guapa.

Por dinamitar mi autocontrol. Por ser la culpable de que mis pensamientos se vuelvan sucios y posesivos hasta un punto en el que no me reconozco.

Este. No. Soy. Yo.

Yo siempre mantengo el control. Pero ahora estoy descolocado, furioso e intrigado, porque no esperaba encontrarme con la chica de la pelea en el único sitio donde no debería estar.

Hedda.

Recuerdo perfectamente su nombre. De hecho, me molesta haber pensado en ella más de lo que me gusta reconocer.

Tengo clarísimo que debo mantenerme alejado de ella. Yo no he venido a esto. Ni siquiera sabía que era noruega. ¿No se supone que todas las noruegas son rubias de ojos azules?

Hay algo en ella que me enfurece, y no solo me refiero a su aspecto.

De hecho, me molesta encontrarla atractiva.

Se mueve por la cafetería con la gracia de una gacela.

Hoy se ha recogido el pelo en una cola alta que deja al descubierto su cuello largo.

Me descubro siguiendo esa línea con la mirada e imaginando cómo lo envolvería con mis manos y dejaría la marca de mis dedos en su garganta.

Me gusta su nariz grande. No se parece en nada a esas pequeñas y respingonas de las barbies con las caras infladas de bótox que mi mánager me presenta después de cada pelea, como si todas vinieran del mismo catálogo para boxeadores.

Para colmo, tiene una boca de labios generosos que imagino alrededor de mi polla.

El pensamiento va directo a mi entrepierna y me golpea con tanta fuerza que me da asco reconocer cuánto me pone y lo poco culpable que me siento por imaginar todo lo que me gustaría hacerle.

Dios, me pongo enfermo solo de pensar que cualquier hombre pueda mirarla como yo lo hago.

Porque hay algo demasiado obsceno en cómo la devoro con los ojos, como si de pronto el mundo se hubiera reducido a ella y yo me hubiera olvidado de a qué he venido.

Esa certeza me crispa los nervios.

Joder, ¿qué cojones me pasa?

Aplasto la fantasía antes de que eche raíces.

Hedda termina de colocar las tazas, se gira y no me pilla mirándola porque está demasiado ocupada fingiendo que no me conoce.

Yo, por el contrario, he pensado en ella más de lo que me gusta admitir.

Más de una noche me he preguntado si estaría bien o si habría salido de esa relación tóxica.

Y sí, también me he visto estrangulando muy despacio al malnacido de su novio mientras sonreía al imaginar cómo su vida se escapaba entre mis dedos.

Las otras dos camareras charlan entre ellas y el dueño les echa la bronca.

La camarera morena —la pesada— se pone detrás de él cuando no mira y hace gestos exagerados con las manos.

Su amiga suelta una carcajada mientras Hedda aprieta los labios para contener una sonrisa.

Tiene mejor cara que la primera vez que la vi.

Ha ganado peso; le sienta bien. Sus mejillas están más llenas, hay luz en su rostro y sus muñecas ya no parecen tan frágiles.

Odio darme cuenta de esos pequeños cambios.

Estoy enfadado porque no esperaba reencontrarme con ella.

Soy boxeador, y ahora me conoce más gente tras haber ganado el cinturón, pero no tengo la fama de una estrella de Hollywood o de un futbolista.

El boxeo es un deporte de nicho, con fans muy fieles, pero el público general no suele identificarme fuera del ring , así que puedo caminar con bastante tranquilidad por la calle.

A veces me han pedido una foto o un autógrafo —sobre todo en Reino Unido—, pero fuera de mi país suelo pasar bastante desapercibido.

La barba que me he dejado crecer ayuda. Me echa años encima y me da un aspecto de ermitaño que suele ahuyentar a los desconocidos.

Alice dice que debería afeitarme porque parezco un oso salvaje recién salido de una cueva tras varios meses hibernando.

Se me ha escapado una sonrisa cuando he escuchado a la camarera pesada decirle en voz baja a la otra —la que tiembla como un pajarillo cada vez que me mira— que no cree que yo sea un criminal.

Si supiera que me detuvieron un par de veces cuando era más joven, seguramente dejaría de ponerme ojitos.

Cometí varios crímenes, pero Richard evitó que volviera a pisar la cárcel pagando una generosa suma de dinero a mi padrastro para que no me denunciara por haberlo dejado en una silla de ruedas.

Justo donde se merece estar. No en un cementerio, sino vivito y coleando, incapaz de hacer daño a nadie más y condenado a pasar el resto de su vida carcomido por la impotencia.

Todas las noches me acuesto con una sonrisa satisfecha al recordar cómo le rompí la espalda con mis propias manos.

Me levanto para pagar la cuenta y marcharme justo cuando Hedda entra en la cocina.

No puedo perder el tiempo con ella. Lo que ocurre es que llevo demasiado tiempo sin acostarme con una mujer y estoy furioso porque ella eligió proteger a ese miserable.

Y también me siento un poco fascinado por la dignidad y el orgullo que ha mostrado al actuar como si fuera la primera vez que me ve.

—¡Vamos, Heds, anímate! —le grita desde la barra la camarera morena que no sabe cerrar la boca—. ¿Por qué no vienes a la fiesta de esta noche? Estás soltera y el cuñado de Aksel está muy bueno.

Soltera.

La palabra me explota en el pecho con una violencia que no esperaba.

Hedda sale en ese instante de la cocina con una bandeja de bollos recién horneados.

—El día no está para fiestas, Matti —interviene el dueño—. Además, Hedda se va a casa antes de que el tiempo empeore.

Ella deja la bandeja en la encimera y alza la cabeza hacia él con visible disgusto.

—A casa, Hedda. Es una orden. Vamos a cerrar por el temporal, y no quiero que la tormenta te pille en la carretera.

Hedda se quita el delantal con desgana y sus ojos se encuentran con los míos justo cuando lo deja sobre la barra. Su gesto es sombrío. Lo sé. Y sé que sabe que lo he oído todo. Es decir, que ya no está con el gilipollas de su novio.

—Vamos a cerrar —me informa, con un tono impasible y profesional hasta la médula—. ¿Se le ofrece algo más, señor?

Se me ofrece algo que te haría correr en dirección contraria si supieras todo lo que quiero hacerte. Algo que no debería querer de una mujer que me mira así, con los hombros rectos y el orgullo intacto. Algo que no he venido a buscar, maldita sea.

Aprieto la mandíbula y me trago ese pensamiento antes de que se me escape por la boca.

—La cuenta —contesto con sequedad.

Pago en efectivo, dejo una propina generosa y salgo de la cafetería asimilando que está soltera y que no tengo ni idea de por qué eso me afecta tanto. No es asunto mío. Ella no es asunto mío.

Estoy aquí para vengarme del desgraciado que le arruinó la vida a mi hermanastra. Nada ni nadie va a interponerse en mis planes.

Lo dicho: llevo demasiado tiempo sin echar un polvo. Por eso, subo al coche de alquiler y recuerdo a la azafata del avión. Me guiñó un ojo y me dio su número de teléfono. Era rubia de ojos azules. Muy distinta a Hedda.

Me gustan las rubias y esa, en concreto, parecía dispuesta a darme el tipo de sexo que me gusta.

Me sentiré de mejor humor después de una buena mamada.

Saco el papel del bolsillo y lo desdoblo entre los dedos justo cuando Hedda sale de la cafetería y se dirige a su viejo Subaru. No vuelvo a mirarla mientras marco el primer número.

Voy a follarme a la azafata.

Eso es justo lo que necesito.