STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 4 Hedda
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4 Hedda

—¡Te juro que tiene pinta de ser de los que follan duro!

—¡Matti! —la regaña Anita—. Hablas como si no te importara tener novio. Y, con el porrón de años que Aksel y tú lleváis juntos, prácticamente sois un matrimonio.

—Ja, no me consideraré casada hasta que hinque la rodilla.

Además, que tenga novio no significa que esté ciega.

¡No seas anticuada! —replica Matti—. Si estuviera soltera, llevaría a ese pedazo de hombre a ver la aurora boreal.

Y te aseguro que disfrutaríamos de algo más que un espectáculo de luces.

—Matti se aparta un mechón negro de la cara y se echa a reír al ver la expresión horrorizada de Anita.

Aunque la provoque, ambas sabemos que es absolutamente fiel e incapaz de traicionar a Aksel—.

¡No me mires así! Los ingleses son mi debilidad.

Tienen un aire distinguido y un acento británico de lo más sexi.

—Ese de ahí dentro no tiene nada de distinguido. —Anita baja la voz—. Parece recién salido de la cárcel. De hecho, su cara me resulta familiar, pero no sé de qué…

—¡Eres demasiado aburrida para tener diecisiete años! A tu edad, yo molaba más que tú.

—Ya no se dice «molar».

—Estoy segura de que sí.

—Oh, cállate. —Anita me saluda con la mano cuando llego a la entrada—. Dile algo, Hedda. Se ha vuelto loca por un extranjero callado y con cara de mala hostia que bebe café como si estuviera planeando deshacerse de un cadáver.

—No es callado. —Matti se mira las uñas—. Conmigo ha hablado.

—Te ha gruñido «No quiero nada más» después de que te pavonearas seis veces por su mesa —se burla Anita—. Cuando cumpla tu edad, quiero tener tu autoestima.

—¡Oye, solo tengo veintisiete años! —Matti le pellizca el brazo—. Por cierto, se llama «seguridad en sí misma» y te vendrá de perlas para sacarte de la cabeza a Ash y empezar a fijarte en chicos de tu edad.

—Tú no sabes lo que es sufrir por amor —refunfuña Anita, de pronto colorada—. No puedes entenderme, porque llevas con Aksel desde el instituto.

—¡Buenos días! —intervengo. Anita y Matti siempre andan a la gresca. Son primas, así que se pinchan a todas horas—. ¿Tengo que preocuparme por otro cliente aparte de ese misterioso inglés?

—Nah. —Matti hace un gesto con la mano—. Esta es una exagerada. Te juro que es inofensivo y atractivo. Pero soy una mujer fiel, así que te lo cedo, Hedda, ya que Anita tiene mal gusto y está coladita por un hombre que ni siquiera sabe que existe.

—Eres lo peor. Claro que Magnus sabe que existo.

—Para ti es Ash. No te tomes tantas confianzas. Para Ash, solo eres una cría que aún juega con muñecas. ¿Y sabes qué? ¡Sorpresa! —La zarandea por los hombros—. ¡Eres una cría! ¡Te deben gustar los chicos de tu edad!

Anita la empuja.

—No sé cómo Aksel te aguanta. Y yo puedo llamar a Magnus como me dé la gana. Por algo es su nombre.

—¡Ash!

—Magnus Ashcroft. —Anita se lleva las manos a las caderas—. Eres insoportable. Aksel te acabará dando la patada.

—¡Envidiosa!

—Os dejo a lo vuestro —contesto riendo mientras empujo la puerta—. ¡Nos vemos dentro!

Nunca me han ido las aventuras de una noche, y menos ahora. Mi cabeza está en mi proyecto laboral y en la reforma de la casa. No estoy doblando turnos en esta cafetería para conocer a mi futuro marido.

Entro tras la barra y saludo a Johan, el dueño, que levanta la vista de la cafetera industrial.

—Buenos días, Hedda. Llegas pronto. Te envié un mensaje para avisarte de que hoy no tenías por qué venir a trabajar por el temporal.

Yo me puedo apañar con esas dos flojas. ¿Por qué no te vas a casa antes de que la nevada empeore?

—Mientras me ato el delantal a la cintura, él suspira y niega con la cabeza—.

Eres la persona más orgullosa y terca que he conocido.

¡Ya se les podría pegar algo a mis sobrinas!

¡Diles que dejen de cotillear y vuelvan al trabajo!

—¡Díselo tú! —Le saco la lengua.

Matti y yo fuimos al mismo instituto, pero ella iba dos cursos por delante y estaba en la clase de Lars, así que, por aquella época, no éramos íntimas.

A Anita la he conocido trabajando aquí. Teniendo en cuenta que apenas llevo unos meses en la cafetería, me han acogido con los brazos abiertos en mi peor momento.

Adoro a esas dos, así que las cubro delante de su tío, aunque sí, se escaquean a cada rato.

Me lavo las manos, saco una bandeja de skolebrød [2]  del horno y los dejo enfriar en la cocina para que Matti los rellene de crema pastelera.

La sobrina de Johan tiene talento para fantasear con los clientes guapos y cocinar los mejores bollos de todo Trøndelag.

Creo que por eso su tío no la despide. Los clientes locales repiten por sus rollos de canela y sus bollos dulces, y los turistas que paran en Bjørndal tras una intensa ruta de montaña encuentran un refugio cálido en esta cafetería que huele a cardamomo, vainilla y leche espumada.

—¿Te importa recoger la mesa tres y preguntarle al hombre del fondo si quiere más café? —me pide Johan—. No quiero que lo atienda ninguna de esas dos. Anita le tiene pánico y Matti me saca de quicio con sus tonterías. Además, hablas inglés mejor que todos nosotros.

—Yo me encargo —contesto entre risas.

Ser camarera no es el trabajo de mis sueños, sino un trampolín para conseguirlos.

Sin embargo, me lo paso bien trabajando para Johan y me he hecho amiga de sus sobrinas.

Él pasa el noventa por ciento del tiempo regañándolas, pero se nota que las adora.

Teniendo en cuenta que mis amistades de Oslo me dieron la espalda, Anita y Matti son un regalo para mi maltrecho corazón.

Cojo la bayeta y el spray desinfectante, y voy a la mesa tres. El inglés está sentado de espaldas, así que aún no he podido verle la cara. Les echo un vistazo de reojo a sus hombros anchos y regreso a por la cafetera, dispuesta a conocer al temible hombre que tiene divididas a mis amigas.

Hay pocos clientes debido a la nevada. Solo el extranjero pelirrojo y un matrimonio con dos niños, que no han dejado de correr entre las mesas desde que he llegado.

Doy un paso hacia la izquierda y levanto la cafetera para no quemar a uno de los pequeños justo cuando su hermana choca conmigo por detrás.

Hago malabarismos con la cafetera para no derramar el café sobre nadie y termino perdiendo el equilibrio. Intento aferrarme a algo, pero lo único que encuentro es un cuerpo cálido. Estoy tan agobiada por salvar la cafetera que la sujeto con ambas manos por puro instinto…

Y acabo sentada de golpe sobre el regazo del extranjero.

El impacto me deja sin aliento al sentir unos muslos duros contra mi culo y un pecho firme y cálido pegado a mi espalda. Un brazo musculoso se tensa alrededor de mi cintura para impedir que me resbale.

Ay, Dios.

—Cristo —masculla una voz grave.

Los críos se parten de risa al ver lo que han provocado y huyen corriendo cuando sus padres les echan la bronca. Sujeto la cafetera y doy gracias por no poder verle la cara, porque me estoy muriendo de vergüenza y necesito unos segundos para recomponerme.

—Perdón, ha sido un accidente —me disculpo a toda prisa.

Me incorporo y él murmura otra palabrota cuando le piso el pie, lo que me pone más nerviosa y acabo cayendo de nuevo sobre su bragueta.

El corazón me da un vuelco al notar el bulto.

Cielo santo, es enorme en todos los sentidos.

El calor de su cuerpo me atraviesa como una descarga eléctrica que abrasa todas mis terminaciones nerviosas.

Me muevo sobre su regazo y suelta un gruñido áspero.

—Madre mía. —Me dan ganas de tirarme el café caliente encima—. Lo siento muchísimo. Eso también ha sido sin querer.

Siento su respiración pesada en la nuca. No sé si será tan atractivo como asegura Matti, pero he de reconocer que está en plena forma, porque estoy sentada sobre unas piernas hechas de piedra. Su aliento cálido me roza la piel y se me eriza el vello de los brazos.

—Bájate de una vez —dice con un tono molesto que no se esfuerza en disimular—. No soy una silla.

Esa voz.

Ese acento.

Me recorre la espalda como una corriente lenta que baja hasta mi estómago y se enrosca alrededor de mi ombligo. Porque la reconozco de inmediato. No es la petición lo que me hace girar la cabeza con brusquedad, sino saber sobre quién he aterrizado.

De repente, me encuentro mirando un ojo azul cobalto y otro de un verde terroso.

Nunca había visto unos ojos como los suyos, y no solo lo digo por la heterocromía.

Están llenos de una oscuridad tan profunda que parece a punto de tragarme entera.

Se entrecierran con recelo al encontrarse con los míos y deseo con todas mis fuerzas que no me haya reconocido.

Yo no he pensado en él más que para recordar a Oskar, pero entiendo por qué Matti lo considera atractivo y Anita, peligroso.

Esos pómulos afilados, la cicatriz que le cruza la ceja izquierda y la dureza salvaje de sus rasgos no dejan indiferente a nadie y generan opiniones contradictorias según quién los mire.

Steel.

El boxeador al que animé aquella noche.

El hombre que estranguló a Oskar contra una pared.

Sus ojos se clavan en los míos con la misma violencia de hace nueve meses.

El aire se vuelve más espeso cuando me inspecciona con algo más oscuro que la curiosidad.

Su mano aún está en la curva de mi cintura, firme y posesiva, quemándome la piel, y los dedos de la otra descansan en mi rodilla.

No es una caricia inocente, sino un roce inquietante que me acelera el pulso en el peor de los sentidos.

Recuerdo la expresión aterrada y pálida de Oskar.

Recuerdo la forma en la que me sentí expuesta y reducida a ser una espectadora muda mientras el miedo me subía como veneno por la garganta hasta paralizarme.

Recuerdo el asco del gesto de Steel cuando todos se pusieron de parte de Oskar, y la rabia con la que apretó los puños, como si le costara no perder el control.

—Tú —murmura con voz afilada.

Me levanto con tanto ímpetu que salpico algunas gotas de café en el suelo. No puedo creerlo. ¿Qué demonios hace aquí? Él parece pensar lo mismo de mí, pues sus ojos me recorren despacio con una intimidad de lo más descarada.

Ya no soy aquella mujer indefensa, me recuerdo. O, al menos, estoy trabajando para convertirme en una versión más fuerte. Por eso levanto la cafetera, enderezo la espalda y me coloco la máscara que he aprendido a usar para camuflar el dolor.

—¿Quiere más café, señor? —pregunto con tono ensayado.

Sus labios se tensan apenas un segundo.

—No.

Por un momento, creo que quiere decir algo más. Pero no me apetece averiguarlo, así que asiento, doy media vuelta y regreso a la barra con el estómago encogido.

Ese extranjero no es un hombre al que llevar de excursión a ver la aurora boreal ni tampoco un tipo con pinta de estar planeando cómo deshacerse de un cuerpo. No, es mucho peor: una bestia violenta que despierta mi instinto de supervivencia .

Oskar era un lobo vestido de cordero. Sonreía, se mezclaba con los demás y atacaba cuando nadie miraba. Este, en cambio, no se disfraza. Es un lobo que no se molesta en ocultar los colmillos y devora sin piedad a otros lobos. Lo que ves es exactamente lo que hay.

Y yo he aprendido a poner distancia con los hombres peligrosos.

Esa es razón suficiente para mantenerme lejos.