STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 3 Nueve meses después Hedda
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3 Nueve meses después Hedda

Crecí en Bjørndal —un encantador pueblo del interior norte de Trøndela g —, pero, tras cinco años viviendo en Oslo, me desacostumbré al crudo invierno de aquí.

Aunque la calefacción está puesta, me caliento las manos en la taza después de haber cometido el error de salir al porche a desayunar, confiando en un cielo luminoso que pronto se ha transformado en una mañana gris barrida por un viento gélido que me ha obligado a regresar a la cocina.

La casa de mis padres está igual que cuando me marché a estudiar a la capital: el suelo de madera cruje bajo mis pasos, gastado por años de inviernos y carreras descalzas en las que competía con mi hermano; la cocina conserva los mismos azulejos beige con rosas pintadas a mano; y la chimenea sigue en el centro del salón, con tres losas desportilladas, como si mis padres no se hubieran atrevido a cambiarlas por miedo a dañar la estructura.

Desde hace seis meses, destino una parte de mis ahorros a mi proyecto empresarial y otra a una cuenta distinta, que usaré para reformar la casa en un futuro cercano.

Lars está de acuerdo en venderme su parte —nuestros padres nos la dejaron al jubilarse y mudarse a Marbella el año pasado—, y, aunque al principio no estaba en mis planes volver a vivir aquí, ahora lo veo claro.

Bjørndal es el lugar perfecto para empezar de nuevo.

Quién me lo hubiera dicho; no echo de menos la capital. Ni siquiera a mis amistades ni aquel trabajo que nunca terminó de llenarme.

Esta casa es mi hogar de la infancia y guardo muy buenos recuerdos, pero me siento rara durmiendo en una habitación pintada de lila, con una cama llena de peluches y las paredes cubiertas de pósteres de mis ídolos adolescentes.

A veces, también me da el bajón al quedarme embobada mirando la puerta del viejo horno, en el que mi madre, en las tardes de invierno, horneaba rollos de canela mientras Lars y yo discutíamos por quién rebañaba el cuenco.

Sí, adoro mi antiguo hogar, pero no lo sentiré del todo mío hasta que pinte las paredes, restaure los muebles, reforme la cocina y el baño y le dé mi toque personal.

Menos mal que heredé la pasión de mi padre por arreglar cosas con las manos y la creencia de que casi todo puede reconstruirse con tiempo y paciencia.

Casi todo. Porque hay cosas que, por mucho empeño que pongas, solo se salvan cuando te alejas de ellas.

Estoy terminando el café cuando oigo abrirse la puerta de la entrada.

Mi hermano, Lars, entra en la cocina con el pelo rubio revuelto, el cuello del abrigo torcido y los ojos azules cargados de sueño, como si hubiera pasado la noche en un sitio más cálido que esta casa.

Una sonrisa indolente tira de sus comisuras mientras me lanza esa mirada confiada de quien está acostumbrado a salir ileso de cualquier situación, ya sea una misión militar de alto riesgo o las burlas de su hermana pequeña.

Es increíble lo poco que nos parecemos. Nuestra apariencia y personalidad son muy diferentes.

—Buenos días. —Le devuelvo la sonrisa—. Veo que el invierno no es igual de duro para todos.

Lars cuelga el abrigo en el respaldo de la silla y me besa en la frente.

—¿Me has dejado café, Heds?

—¿Tanta prisa tenías por irte de casa de Astrid que no has podido invitarla a desayunar? —me burlo—. Papá y mamá te enseñaron modales, Lars.

—Estaba en casa de Ronja. —Se acerca a la cafetera y suspira de alivio al ver que he hecho café de sobra para los dos—. Gracias, hermanita. Eres la mejor.

—También hay sándwiches de centeno y salmón en el microondas.

—Entonces caigo en la cuenta de lo que acaba de decir y le azoto en la pierna con el trapo de cocina que tengo en la mano—.

¡Lars! ¿Hablamos de la misma Ronja que ayer te conté que acababa de darse un tiempo con su novio?

¡Llevan toda la vida juntos y están pasando por una mala racha! ¡Tenían planeado casarse en verano!

Lars se deja caer en la silla y le da un bocado al sándwich.

Se toma su tiempo para masticar mientras lo observo disgustada.

¡Es lo peor! De acuerdo, vivimos en un pueblo de poco más de dos mil habitantes y aquí no hay demasiadas mujeres solteras.

Pero él es militar y se pasa casi todo el año viajando por el mundo.

¿No puede guardarse a su amiguito en los pantalones durante su mes de vacaciones?

Me cruzo de brazos y exhalo por la nariz cuando se chupa un pegote de queso crema del pulgar.

Qué pregunta tan absurda. Mi hermano se enorgullece de que lo único que colecciona son los imanes de la nevera, porque las relaciones de más de un día no son lo suyo.

—No seré yo quien se interponga a su épica historia de amor —dice tras engullir el último trozo de sándwich—. Te aseguro que no le puse una pistola en la cabeza a Ronja para que me invitara a su casa. De hecho, cuando estábamos subiendo a su habitación, fue idea suya que…

—Ahórrame los detalles, guarro. Ya sé que nunca llegas a los créditos finales.

—Tú eres la romántica soñadora de la familia —bromea, pero su expresión se tensa al darse cuenta de lo que ha dicho—. Mierda, Heds, lo siento. No pretendía…

Le lanzo el trapo a la cara.

—No soy de cristal, Lars. —Pongo los ojos en blanco—. No hace falta que midas tus palabras conmigo.

Me levanto para fregar la taza y el plato del desayuno con su mirada inquieta clavada en la espalda. Lars cree que sigo hecha polvo. Y sí, es cierto que al principio me costó, pero ahora puedo decir que he empezado a levantar cabeza.

Compartir techo con él me ayudó a sanar y a no sentirme sola.

Ahí donde lo ves, tan mujeriego y fanfarrón, mi hermano es un armario de metro noventa y cinco, bonachón, protector y con un gran sentido del humor.

El año pasado nuestros padres se jubilaron y se mudaron a Marbella, así que nos vendieron la casa familiar por un precio ridículo.

Lars es militar y pasa casi todo el año destinado fuera del país.

En los últimos seis meses solo hemos coincidido un puñado de días.

Pero hace dos semanas volvió de permiso y me sorprendió al contarme que pasaría un mes entero conmigo.

A pesar de que duerme casi todas las noches en la casa de alguna mujer, siempre se las arregla para aparecer a la hora de cenar. Nos turnamos para cocinar, charlamos y jugamos una partida de cartas. Siempre se va cuando yo ya me he quedado dormida.

Lars aceptó venderme su parte de la casa a cambio de dejarlo venir de visita cuando no esté de servicio.

La verdad es que me encanta tenerlo aquí.

Me saca solo tres años y es mi mejor amigo.

Aunque tenemos ideas muy distintas sobre el amor —yo sigo creyendo en las relaciones monógamas y Lars solo cree en el amor familiar—, nunca he dudado de que es un buen hombre.

Se tomó más días de permiso de los que le correspondían para apoyarme cuando lo necesité.

Aquella noche en Oslo no me preguntó qué había pasado.

Me oyó llorar al otro lado del teléfono y poco después se presentó en mi apartamento sin pedirme explicaciones.

Me ayudó a mudarme, pasó una semana entera conmigo preparándome mis bebidas favoritas, contándome chistes malos y asegurándose de que comiera algo.

No se separó de mí ni un segundo hasta que le supliqué que regresara a su vida.

Tenía una misión en Lituania, pero pidió unos días de permiso para cuidar de mí.

Cuando le pregunté si había puesto en riesgo su carrera por mi culpa, me respondió: «Un buen soldado no abandona a la persona más importante de su vida.

Para mí, no tiene sentido luchar por el mundo si tú no estás a salvo en él».

Después de fregar los platos, cojo el abrigo del perchero.

—Nos vemos para cenar, sargento rompebragas.

—Soy teniente, graciosilla.

Lars me coge la mano cuando le doy un beso en la mejilla.

—Ey, espera. ¿Vas a salir con este tiempo? —pregunta, tras echar un vistazo por la ventana.

Los primeros copos de nieve ya empiezan a caer.

Soy una persona previsora: anoche le puse las cadenas al coche.

Además, conduzco el viejo Subaru de mi padre, que nunca me ha dejado tirada, y estoy muy acostumbrada a moverme por estas carreteras de montaña.

Mi trabajo solo queda a diez minutos en coche.

Soy noruega y he visto peores inviernos.

El tiempo nunca es un problema si vistes la ropa adecuada.

—De pequeño, saltabas desde el tejado cuando la nieve nos llegaba hasta las rodillas —le recuerdo—. No seas exagerado.

—Deja que te acerque yo.

—No vas a conducir sin haber dormido. —Señalo sus ojeras—. La cafetería abre y necesito el trabajo.

Justo ahora no puedo permitirme faltar ni un solo día. Trabajo incluso los fines de semana para ganar dinero extra y así poder ahorrar hasta la última corona.

—Yo podría prestarte…

—Ni se te ocurra. —Él y mis padres se han ofrecido a financiar mi proyecto laboral, pero ya les he dicho que no aceptaré ni un céntimo. Si me estrello, quiero que sea bajo mi propia responsabilidad—. Te mandaré un mensaje cuando llegue. No te preocupes por mí. ¡Ya soy mayorcita!

—Para mí, siempre serás mi hermanita —refunfuña. Es un exagerado—. Ten cuidado, por favor.

—¡Que sí, teniente!

Cojo las llaves del cuenco, me subo la cremallera del anorak y salgo antes de que se atreva a atarme a la silla para impedírmelo. Sé que sería capaz.

Hace seis meses que no me siento pequeña. Esta nueva versión de mí empieza a gustarme. Es más firme, más valiente y no teme a la soledad. Se parece a la adolescente que fui; la que estaba llena de sueños y no esperaba a que alguien la rescatara porque estaba dispuesta a luchar por lo que quería.

Bajo los tres escalones del porche y corro hasta el coche para refugiarme de la nevada. No le doy importancia. En Bjørndal, el invierno suele golpear con crudeza. Los noruegos tenemos un dicho: «No existe el mal tiempo, solo mala ropa».

Nueve meses después de aquella pelea de boxeo, por fin vuelvo a reconocerme al mirarme en un espejo. Hoy, vuelvo a ser la chica que entiende que el mundo es grande y está lleno de oportunidades esperando a que decidas arriesgarte.

Alzo la vista al cielo encapotado y exhalo con la confianza de que estoy un paso más cerca de cumplir mi sueño. Ya no me trago ese cuento de la media naranja. Vine a este mundo sola. No necesito que nadie me complete.

Estar sola no es un fracaso, sino el principio de cualquier elección valiente.