2 Rowan #2
No escucho lo que me dice Richard cuando cruzo el pasillo deprisa, agarro al farsante por la solapa del abrigo y lo empujo lejos de ella, estampándolo contra la pared.
Mi antebrazo se clava con fuerza bajo su garganta.
Si empujo solo un poco, podría romperle el hioides.
Sería una fractura extremadamente rara. Grave.
Muy dolorosa. Y con una recuperación muy lenta.
El tipo emite un sonido ahogado y abre mucho los ojos. Intenta hablar, pero solo le sale un jadeo torpe. Ella da un paso atrás y se lleva una mano al pecho.
—¡Steel! —me grita Richard—. ¿Qué demonios haces?
De pronto, el pasillo se llena de pasos y murmullos atraídos por el espectáculo. Pero no miro a Richard ni al imbécil que tengo atrapado. No miro a nadie… excepto a ella.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto.
Sus ojos castaños parpadean y esa mirada angustiada me atraviesa el pecho como un disparo.
Por un momento, me ahogo en ese océano de chocolate y estoy a punto de gritarle que no me mire como si fuera un monstruo cuando la verdadera bestia se disfraza de hombre respetable y estoy a punto de mandarlo al hospital para que se alimente el resto de su vida a base de papillas.
La sensación solo se intensifica cuando ella desvía la mirada hacia el mierdas de su novio, que definitivamente no tiene la misma consideración por ella.
¿No ve que no se merece su compasión? Joder.
—Hedda —contesta con esfuerzo. Su voz es bonita, demasiado para un lugar como este—. Por favor, suéltalo. No sé lo que crees que has visto…
—Sé perfectamente lo que he visto.
El tipo intenta moverse y aprieto un poco más. Los ojos se le desorbitan y su cara empieza a amoratarse. A mi espalda se escucha un murmullo ahogado. Me importa un carajo lo que opinen todos estos idiotas.
—Trata con respeto a Hedda —le espeto sin alzar la voz—. O la próxima vez te tragarás los putos dientes y ya no podrás engañar a nadie con esa sonrisa de corderito y tu traje de cinco mil libras.
Me dan ganas de reventarle la cabeza contra la pared cuando intenta tragar.
El desprecio que arde en sus pupilas me produce serias dudas sobre si ha captado el mensaje.
Hasta que una mano se posa en mi brazo. La sensación que produce en mi piel es mil veces más intensa que la de tocar una valla electrificada.
—Por favor —me pide ella, y odio oírla suplicar por el despojo de su novio—, suéltalo.
—¡Steel! —ruge Richard—. ¿Qué cojones te pasa, hijo?
—El promotor se vuelve hacia un periodista que alza la cámara hacia nosotros—.
¡Que nadie haga una foto o se arrepentirá de haber nacido!
¡No! —Señala a los tres guardias de seguridad que ya se están acercando—.
¡Ni se os ocurra tocar a mi chico! Esos puños valen más que vuestros sueldos de toda una vida.
La mano bronceada y cálida de Hedda permanece en mi brazo. Su contacto me mantiene anclado a la realidad y me destroza de la peor forma. Soy un animal herido al que le están arrancando una bala por la fuerza. Sin anestesia.
—Solo está emocionalmente agotado después de la pelea. ¿Verdad, chico? —Richard tira de mi brazo. O más bien lo intenta, pues no me muevo—. Vamos, hijo. Suelta a este pobre hombre.
No lo hago porque sepa que puede destruir mi carrera con un chasquido de dedos, sino porque ella me lo suplica con la mirada. Y odio que esta mujer se vea obligada a rebajarse por un hombre que no la respeta ni merece.
Lo suelto con asco, como si me hubiera manchado las manos de barro.
—Sé perfectamente lo que he visto —repito, con los ojos clavados en los suyos.
El cobarde se desploma en el suelo y dos tipos se acercan a socorrerlo. Joder, solo lo he estrangulado un poco. No es para tanto. Deben ser sus amigos. Uno de ellos es el mismo que antes se asomó para decirle algo.
—Este hombre es un pedazo de mierda —les digo—. Si tenéis una pizca de decencia, no lo dejéis acercarse a Hedda.
Uno de sus amigos frunce el ceño en mi dirección.
Los demás me ignoran y lo ayudan a ponerse de pie.
No esperaba que me creyeran, pero lo que de verdad acaba conmigo es que ella dé un paso hacia él y le acaricie el rostro con ternura para comprobar si está bien.
La escena me golpea más fuerte que todos los puñetazos que he recibido esta noche.
Me dan ganas de arrancarla de sus brazos y llevarla lo más lejos posible de él. Me recuerda demasiado a mi madre; a cómo perdonaba una y otra vez a mi padrastro mientras él hacía de nuestras vidas un infierno.
No es asunto mío. Y, sin embargo…
—¿Quieres que te lleve a casa?
Ella retrocede cuando le tiendo una mano. Sus ojos son un dique a punto de desbordarse. El amigo que había fruncido el ceño le pasa un brazo protector por encima de los brazos y la atrae hacia su pecho.
—Tío, ¿no ves que la tienes acojonada? —me ladra, negando con la cabeza.
Luego señala al novio de ella—. No sé si tendrás un traumatismo por la pelea, pero eso no es excusa.
Es mi mejor amigo, un buen hombre. ¿Sabes que fue de los primeros en apostar por ti cuando nadie lo hacía?
Y ahora lo amenazas delante de todo el mundo porque te crees alguien por haber ganado un cinturón.
Aprieta a Hedda un poco más contra su cuerpo, como si se hubiera propuesto protegerla de mí. Tiene gracia que ahora se preocupe por ella.
Lo contemplo con gesto inexpresivo. No callo porque dude, sino porque ya he aprendido que explicar ciertas cosas a las personas equivocadas es perder el tiempo.
La gente como él no reconoce a los agresores cuando los tiene delante ni aunque se los planten bajo un cartel de neón con una flecha parpadeante y la palabra «peligro» escrita en mayúsculas. Solo ve lo que le resulta cómodo creer.
Lo peor es observar cómo ella se queda quieta entre sus brazos, como si estuviera rezando para hacerse invisible. No va a venir conmigo. Ni hoy ni mañana ni nunca. Y yo estoy a punto de sacarla de este estadio por la fuerza para asegurarme de que este miserable no vuelva a intimidarla.
Richard debe sospecharlo, pues se interpone entre nosotros y me lanza una mirada asesina.
—Steel —dice entre dientes—. Basta.
—Paso de esta mierda.
—Steel, será mejor que regreses al vestuario…
Ignoro a Richard y me centro en el amigo de esa basura con traje.
—Si tanto te preocupas por ella —Hedda se encoge bajo mi mirada—, cuídala de ese farsante.
Me doy la vuelta y regreso por donde he venido sin mirar atrás. Lejos de esta panda de hipócritas y de esa mujer que espero que encuentre la fortaleza y ayuda necesaria para escapar de esa cárcel.
Roxanne me espera en casa y me muero por abrazarla. Aquí no se me ha perdido nada.