2 Rowan
Ganar no se parece en nada a lo que la gente cree.
No es dulce ni liberador, pero sí una emoción adictiva que te corre por las venas y de la que no puedes desengancharte sin sentirte un fracasado.
Una droga que te mantiene en pie y te convierte en un impostor cuando llegan los aplausos, porque nadie quiere saber en quién has tenido que convertirte para subir a la cima.
Me siento como si me hubiera montado bocabajo en una noria.
El mundo sigue dando vueltas cuando me bajan del ring .
Me duelen los nudillos, el pecho me arde con cada respiración y el pitido de los oídos se hace insoportable cuando alguien me pone un micrófono delante de la cara.
Las palabras salen de mi boca sin que tenga tiempo de pensarlas.
El dolor de cabeza es insoportable. Es como si alguien me hubiera abierto el cráneo para rellenarlo de algodón mojado.
Y las voces, los abrazos efusivos y las cámaras solo lo empeoran.
No recuerdo la última vez que me sentí tan cansado después de una pelea.
Quiero irme a casa y meterme en la cama con Roxanne. Solo puedo dormir abrazado a ella.
El médico me hace una inspección rutinaria cuando por fin bajo del ring . La luz blanca me atraviesa las retinas y murmullo una palabrota mientras me palpa las costillas. Doy un respingo y aprieto los dientes cuando presiona un punto concreto.
Me dan ganas de reventarle la cabeza de un puñetazo.
—Respira hondo —me ordena.
El dolor me atraviesa al hacerlo.
—Parece una fisura costal —añade—. No es grave, pero tienes que estar en reposo unos días. Aplica hielo y descansa. Te recetaré antinflamatorios.
No pienso tomar pastillas. No porque me crea un tipo duro, sino porque las medicinas no me gustan una mierda. Lo único que importa es que no hay nada roto.
—¿Está bien? —interviene el hombre detrás de mí. Su tono es impaciente—. ¿Puede moverse?
Hace casi tres años, Richard Hale me descubrió durante un combate clandestino y apostó por mí cuando nadie daba un duro.
De la noche a la mañana, pasé de boxear en gimnasios con goteras a tener entrenador, mánager y patrocinadores que me obligan a anunciar batidos de proteínas y otras porquerías inútiles que prometen convertir a los hombres delgaduchos en el próximo Schwarzenegger.
—Puede irse —indica el médico—. Pero sin excesos. Lo ideal sería que se lo tomase con calma durante los próximos días.
Richard me rodea con un brazo como si fuéramos viejos amigos. El gesto me resulta tan invasivo que no me esfuerzo en sonreír.
—Lo supe en cuanto te vi, chico. —Me frota los brazos—. Vas a ser una estrella del boxeo. El próximo Rocky británico. El Ali del pueblo.
Me trago mi opinión.
—Este cinturón es solo el principio. —Extiende un brazo para barrer el estadio.
Cualquiera pensaría que es suyo—. El de verdad será tuyo antes de lo que crees.
Shevchenko tiene los días contados. Si yo fuera él, me dejaría de tonterías y volvería a entrenar lo antes posible. Pero no tiene nada que hacer contra ti.
Mantengo la expresión neutra mientras le sostengo la mirada.
Shevchenko es el mejor boxeador de su generación, un hombre al que respeto.
Solo me enfrenté a él una vez, hace dos años, cuando acababa de empezar y aún pagaba por mis errores de principiante.
Me destrozó sin sudar en el tercer asalto.
Ahora no cometo los mismos fallos, pero eso no me convierte en alguien mejor que él.
Hoy casi me quedo en el suelo en el segundo asalto.
Pero Hale solo ve cifras, contratos y apuestas al mirarme.
Nunca le he importado, eso lo tengo claro.
Por eso me toca los huevos ese rollito paternalista que se trae conmigo.
Me usará hasta que ya no pueda hacerle ganar ni un céntimo.
Y cuando ya no le sirva, buscará al siguiente desgraciado al que llenarle la cabeza de mentiras.
No soporto a los hipócritas.
—Sé que estás cansado y quieres irte a casa.
Y te lo has ganado, hijo. Pero hay gente importante esperándonos y la noche aún no ha terminado.
—Me empuja hacia el pasillo—. Vamos a presentarte.
Luego podrás irte a casa con alguna chica preciosa.
Hay unas cuantas deseando conocerte en la sala vip.
—Al notar mi expresión tirante, puntualiza—: También hay hombres.
No me malinterpretes, chico, yo no juzgo ni soy anticuado.
En este negocio lo único que importa es caerle bien a la gente correcta.
—Ya tengo compañía esperándome en casa —contesto con sequedad.
Mi dulce Roxanne es todo lo que necesito.
—Mejor todavía —responde, encantado—. Un campeón con familia vende más. A la prensa le encanta ese rollito fiel a lo Rocky Balboa. Vas a romper el corazón de unas cuantas —se ríe—, pero yo lo respeto, hijo.
Se inclina un poco hacia mí y baja la voz.
—Solo tienes que sonreír a un puñado de personas que quiero presentarte, hacerte unas fotos y ser simpático durante quince minutos.
Nada más. Luego podrás irte a casa con quien sea que te esté esperando.
—Me acaricia la espalda como si creyera que necesito sus malditos masajes—. Es una persona afortunada, hijo.
Asiento por inercia mientras hago un esfuerzo por tragarme la bilis.
Me siento enfermo cada vez que pronuncia la palabra «hijo», porque el único padre que tuve me abandonó cuando llevaba pañales, y este tío es un mercenario del dinero.
Pero no me queda más remedio que seguirlo, ya que eso es lo único que puedo hacer. Aguantar. Seguir adelante.
Me deja a solas unos minutos en el baño para que me dé una ducha. Lo primero que hago tras vestirme es coger el móvil para leer el mensaje de Alice.
Ojalá hubiera podido estar contigo.
Estoy muy orgullosa de ti.
Te quiero.
Echo tanto de menos a mi hermanastra que su ausencia me duele más que el cuerpo.
Y ya es decir. Sé que le va bien en Boston; yo me encargo de tenerla vigilada.
Pero acaba de cumplir dieciocho años y está en un país extranjero, así que todas las noches me duermo temiendo que pueda ocurrirle algo horrible mientras estoy a más de cinco mil kilómetros.
¿Y si hice mal al permitir que se marchara a estudiar fuera?
¿Y si cometí un error al aceptar que necesitaba distancia para empezar de cero en otro sitio?
Después de lo que le pasó, me suplicó que la dejara mudarse a la otra punta del mundo.
Pero yo sé que hay heridas que no se cierran aunque cambies de ciudad.
Mi hermanita necesitaba huir y yo habría dado cualquier cosa porque se quedara, pero la dejé marchar convenciéndome de que podría volver a sonreír en otro país.
Está a salvo, me repito cada día. Está estudiando y rodeada de personas nuevas que no conoce su pasado.
Yo me encargo de que no le falte nada para que pueda construir la vida que merece.
El dinero ya no es un problema. Pero sigo temiendo que vuelva a romperse mientras yo estoy al otro lado del océano, fingiendo que pelear y ganar dinero es suficiente para cuidarla.
Richard asoma la cabeza por la puerta.
—¿Listo, hijo?
Asiento y lo acompaño mientras el asco me devora a bocados por dentro.
Porque ha habido un momento —durante la pelea— en el que he pensado en quedarme en el suelo.
Supongo que esa cobardía siempre ha vivido dentro de mí, aunque ahora todos crean que no le temo a nada.
Por un momento, he sido el crío que se quedaba paralizado en el pasillo, escuchando los golpes detrás de una puerta cerrada.
Mientras acompaño a Richard, inspiro por la nariz.
Esta se supone que es la parte fácil. He ganado la pelea, ¿no?
Ahora solo tengo que estrechar algunas manos mientras espero que ingresen el dinero en mi cuenta.
Me preparo para toda esa gente que no me miraría dos veces si no acabara de partirle la cara al polaco.
Tiene gracia. Llevo desde los dieciséis haciendo lo mismo, pero antes me consideraban basura y ahora me piden autógrafos por dar puñetazos.
Alzo la vista con desgana hacia la sala acristalada abarrotada de prensa, fans y patrocinadores. Me digo que solo serán unos minutos de tortura para mi personalidad asocial. Pero entonces la veo.
La reconozco al instante.
Tiene unos rasgos difíciles de ubicar, como si no perteneciera del todo a ningún sitio. La piel bronceada, una espesa melena castaña y esos ojos profundos y expresivos para alguien que ha aprendido a esconderse.
La mujer de la primera fila.
Hay miles de personas en el estadio y nunca me fijo en el público, pero a ella la he visto. Mientras estaba en el suelo, le he leído los labios y he sentido una punzada de algo demasiado familiar. Quienes crecemos rodeados de violencia aprendemos a reconocerla antes que el resto.
Está contra la pared y él invade su espacio como un lobo hambriento.
Tiene una mano en su cadera y otra en su mejilla.
Para cualquiera, solo son una pareja tan enamorada que no pueden esperar a llegar a casa, pero yo he visto demasiada mierda como para no reconocer el miedo cuando se disfraza de intimidad.
He aprendido a distinguir a los depredadores por cómo reducen al otro sin levantar la voz.
Él le dice algo al oído, y ella encoge los hombros y baja la barbilla. Tiene las manos sobre los muslos, como si no supiera dónde colocarlas sin alterarlo aún más.
Oh, conozco a los hombres como él. Se crecen cuando el otro no tiene escapatoria. Son estiércol envuelto en sonrisas educadas y trajes caros. Lo sé porque, salvo por los trajes, viví bajo el mismo techo que uno.
Claro que veo cómo ese tipo con cara de no haber roto un plato gira la cabeza hacia la sala cuando alguien lo llama y le sonríe como si no estuviera amedrentando a su novia.
La imagen me golpea con violencia.
Alice, escondiéndose debajo de la mesa. Mi madre, sollozando en el suelo con la cara ensangrentada. Y yo, con los puños apretados, sin moverme, como un puto inútil.
Pero ya no soy ese crío.