STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella
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1 Hedda
No quería venir.
Oskar dice que soy una exagerada, pero la verdad es que aborrezco la violencia en todas sus formas y no me divierte ver cómo dos hombres se lanzan puñetazos mientras los demás los jalean como si fueran gladiadores en el Coliseo.
Aun así, aquí estoy. Este asiento de primera fila debe haber costado una fortuna.
Casi puedo oler el sudor de los dos boxeadores que pelean como bestias por un cinturón.
Solo he acompañado a Oskar porque insistió hasta hacerme sentir culpable.
En este momento debería estar en el concierto de Lana del Rey, y una parte de mí se siente defraudada consigo misma por no haberse plantado.
Por no haberme elegido, una vez más. La otra, sin embargo, me recuerda que una pareja es un equipo y que uno de los dos a veces debe ceder cada cierto tiempo. Y esa siempre soy yo.
No entiendo por qué mi ausencia podría afectarle, pero Oskar me aseguró que quedaría fatal delante de sus colegas si asistía solo. Ellos venían con sus novias y él no quería ser el único sin acompañante.
Doy un respingo cuando el más alto lanza un puñetazo directo a la mandíbula del otro. Se me escapa un jadeo de horror y le aprieto la mano a Oskar.
Dios mío, me ha dolido incluso a mí.
—¡Eso es, Kamiński! —grita Michael, levantándose del asiento y llevándose las manos a la boca—. ¡Acaba con él! ¡Ya es tuyo!
Michael es el mejor amigo de Oskar. Su novia Katie y yo somos buenas amigas, pero no lo ha acompañado.
Cuando le he preguntado por ella, me ha contestado que Katie no vendría a un combate de boxeo ni aunque le pagaran por ello.
No sé cómo me ha hecho sentir ese comentario.
A veces, me gustaría ser más Katie que Hedda.
Otras, me descubro observándolos con una punzada de envidia, y eso me hace sentir aún más miserable.
—¡Te lo dije! —Michael le da un codazo juguetón a Oskar—. Deberías haber apostado por el polaco.
Mi novio se pasa la lengua por los dientes superiores.
—Vamos, Steel. —Oskar se remueve incómodo a mi lado—. No me hagas perder dinero.
Creo que Steel es el pelirrojo. Oskar me ha explicado hace un rato que ese hombre le haría ganar mucha pasta.
He tenido mis dudas al verlo entrar en el ring , pero me he guardado mi opinión.
Es cierto que ha mantenido la templanza ante la provocación de su rival, pero el otro es más grande y corpulento.
—¿Por qué has apostado por él? —le pregunto en un susurro.
Oskar gira la cabeza despacio, como si mi pregunta fuera una pequeña decepción.
—Solo parece bajo en comparación con ese gigante lento y torpe —dice, con ese tono didáctico que usa cuando cree que está rodeado de ignorantes. Es decir: yo—. Pero, claro, tú eres como el resto del público. Animáis a Kamiński porque es una vieja gloria. Como si todo fuera eso.
Me quedo callada. Yo no estoy animando a nadie.
Si guardo silencio, no es porque esté de acuerdo, sino porque he aprendido que responder solo alarga las discusiones.
Oskar no siempre fue así conmigo. Al principio, era amable, considerado y atento.
El príncipe azul que toda madre querría para su hija.
De hecho, mis padres lo adoran. Todos adoran a Oskar.
Steel logra salir de las cuerdas y golpea el costado de Kamiński. El puñetazo arranca un murmullo de sorpresa entre el público y mi novio se pone de pie de un salto.
—¡No tengas piedad, Steel! —le aplaude.
Me hundo en el asiento, no sé si por el intercambio de puñetazos o por el alivio tan patético que me invade. Esto último es tan poderoso que me da vergüenza, pues estoy agradecida de que esta vez no me haya corregido delante de sus amigos.
Oskar suele hacerlo a menudo: una broma condescendiente o alguna puntualización para demostrarles a todos que es más listo que yo.
No sé por qué siente esa necesidad de quedar por encima ni cuándo empezó a menoscabar mis decisiones.
Simplemente un día me di cuenta de lo pequeña que me siento y de que no tengo la menor idea de cómo recuperar a la antigua Hedda.
Mi debilidad me repugna casi tanto como la esperanza a la que sigo aferrándome.
Porque hubo un tiempo en el que Oskar era el novio perfecto.
Al principio, me miraba como si yo fuera alguien extraordinario y no pudiera creerse la suerte que tenía de haberme encontrado.
Me hacía sentir segura. Me escuchaba. Me mimaba.
Esa versión de él sigue viviendo en algún lugar de mi memoria.
Y pienso: si me quiso de ese modo, tal vez aún pueda traer de vuelta a aquel hombre.
Lo justifico a todas horas. Me digo que solo está pasando por una mala racha en el trabajo. Que si me quedo en su peor momento, entonces mereceré estar en los mejores.
¿Acaso el amor no es desinteresado y paciente? ¿No consiste en resistir? ¿En apoyar al otro? ¿O será que las parejas ya no duran porque nos hemos vuelto demasiado egoístas e independientes?
Yo quiero un matrimonio sólido como el de mis padres. Por eso me aferro a la idea de que Oskar y yo volveremos a ser los de antes si me esfuerzo por cuidar lo que tenemos.
Pienso en nuestra relación como un jarrón agrietado.
Si no sostengo las piezas rotas, acabarán cayendo al suelo y haciéndose añicos.
Pero, si las sujeto, las pego con paciencia, pinto sobre las fisuras y barnizo la superficie, el jarrón se recompondrá.
Las grietas seguirán visibles, sí, pero no como una señal de fragilidad, sino como la prueba de todo lo que hemos superado.
Y quiero creer — necesito creer— que eso es amor. Que amar significa luchar, resistir y tener fe.
—¿Te lo estás pasando bien, Hedda? —Michael me ofrece palomitas, pero las rechazo con un gesto de cabeza y una sonrisa educada.
—Sí —miento sin dejar de sonreír—. ¡Claro!
En ese momento, el boxeador polaco acierta un puñetazo en la sien de Steel. El golpe es tan brutal que el pelirrojo se desploma bocabajo sobre la lona. Me tapo la boca para no gritar y lo miro con los ojos muy abiertos.
Dios mío, ¡lo ha matado!
Está justo ahí, delante de nosotros. Creo que ha caído muerto hasta que veo cómo le tiemblan los párpados. Tiene la mejilla apoyada contra la lona y los brazos inertes. Cuando por fin abre los ojos, están llenos de confusión. Parpadea varias veces como si no supiera dónde está.
—Vamos —susurro, haciéndole un gesto con las manos para que se levante—. No te rindas.
Steel alza la cabeza en mi dirección y el corazón casi se me sale del pecho.
Tiene un ojo de un intenso azul cobalto y otro verde musgo.
Por un instante, tengo la impresión de que me ha escuchado.
Es imposible con este bullicio y desde esta distancia, pero juraría que me está mirando como si necesitara un motivo para no tirar la toalla.
Su cabello cobrizo y empapado en sudor le cae desordenado sobre la frente. Su rostro es salvaje. Todo líneas fuertes, con rasgos varoniles, sin una pizca de suavidad.
Me dan ganas de subir al ring y apretarle la mano. Todos le gritan. Algunos, como Oskar, lo animan a base de improperios solo para no perder su dinero. Otros lo insultan. Su entrenador y los hombres de su staff le ladran órdenes furiosas.
El pecho me duele por este hombre al que no conozco. Su soledad me resulta devastadora. ¿Acaso no tiene a nadie que de verdad se preocupe por él? Por el hombre, no por el boxeador.
No sé por qué lo hago, pero asiento con firmeza y repito en voz baja:
—Levántate. No te rindas.
Steel me mira fijamente y levanto los pulgares para darle ánimo. No me está observando a mí. Probablemente ha sufrido una conmoción cerebral, pero quiero que vea un rostro amable entre todas estas personas exaltadas que le están recriminando el dinero que han apostado por él.
Steel apoya los guantes en el suelo y mi corazón hace algo extraño dentro del pecho.
Me inclino hacia delante para observarlo mejor.
El pelirrojo aspira con esfuerzo y resbala al intentar incorporarse, lo que provoca un gemido de decepción entre el público.
El otro boxeador está dando vueltas por el ring , pavoneándose con los puños en alto y gritándole a la grada como si la victoria ya fuera suya.
Menudo cretino. No tenía ningún favorito.
De hecho, hasta hace unos segundos, solo quería que la pelea terminara cuanto antes.
Pero ahora siento algo distinto, una furia espesa burbujeándome en las venas.
Tal vez sea infantil, pero empiezo a odiar a ese gigante que celebra antes de tiempo.
Nunca he tolerado a los abusones ni a quienes disfrutan cuando el otro está en el suelo.
La mano de Oskar cae sobre mi muslo. Al principio me relajo porque creo que es un gesto tranquilizador.
Uno de cariño, porque sabe que me he asustado.
Hasta que sus dedos se clavan en mi rodilla y se me escapa una mueca de dolor.
No puedo mover la pierna. Un sonido áspero y débil brota de mis labios mientras los ojos de Steel siguen clavados en los míos y lucha por ponerse en pie.
—He visto cómo le has sonreído a Michael —me susurra al oído.
—¿Qué?
—¿También le sonríes así a ese compañero de trabajo con el que me aseguras que no tienes nada? —sisea—. ¿O solo te pones tan puta cuando sabes que te están mirando?
El aire se congela en mis pulmones.
Por favor, aquí no.
Por favor, por favor, por favor.
Pero Oskar es muy bueno jugando a esto. Demasiado.
Por eso nadie sospecha de él y mis padres creen que estoy agobiada por un problema laboral.
De cara a los demás, parece que me está acariciando.
Si alguien lo mirase, solo vería a un novio sonriente que está siendo cariñoso con su chica.
Nadie puede ver cómo se me erizan los vellos de la nuca al pensar en lo que me espera al llegar a casa.
En el ring , Steel gira la cabeza. Ya no me mira.
De pronto, sus ojos parecen completamente despiertos.
Y se clavan en la mano de Oskar. Estoy segura de que el infierno vive en esos iris que arden de ira.
En apenas un instante, recupera la fuerza a base de pura rabia y gruñe al ponerse de pie.
El otro boxeador parece tan sorprendido como el resto. Ya no se ríe.
—¡Así se hace! —lo anima Oskar, apretándome el muslo—. ¡Ve a por él, Steel!
El árbitro se acerca a Steel y le pasa un dedo por delante de los ojos. Le dice algo y lo obliga a asentir. Cuando Steel se incorpora a la pelea, el estadio casi se pone del revés.
No tengo ni idea de cómo lo ha hecho. Hace unos segundos, parecía a punto de salir de aquí en una camilla.
—Te he hecho una pregunta, Hedda —murmura la voz afilada de Oskar.
Madre mía, pensé que se había olvidado del tema…
—Solo es mi compañero de trabajo —contesto sin mirarlo, con la vista fija en el cuadrilátero—. Nada más.
Oskar sube la mano hasta mi cuello y me acaricia como si quisiera tranquilizarme. Sus dedos me hielan la piel. Me frota la nuca sudada con las yemas, cada vez con más fuerza. Luego los desliza hacia un lado y me pellizca la piel del hombro. Pego un respingo sobre la silla.
—Te quedaste a solas con él —me acusa, con un tono tan controlado que me provoca un escalofrío—. Nadie se queda hasta las tantas con su compañero de trabajo si no se lo quiere follar.
—Teníamos que terminar un informe —balbuceo—. ¿Qué querías que…?
—Me gustaría creerte, cariño. De verdad que sí.
—Sus dedos se hunden un poco más en mi hombro, justo donde el otro día me hice daño al darme un golpe contra la puerta.
Él lo sabe muy bien—. ¿Por qué te encanta ponerme celoso?
¿Por qué te empeñas en sacarme de mis casillas?
Te gusta enfadarme, Hedda. Admite que lo disfrutas.
Se te da genial sacar lo peor de mí para después echarme la culpa y hacerme quedar como el malo.
—Se levanta de un salto y señala a Steel—. ¡Eres muy grande! ¡Así se hace!
Tengo las extremidades entumecidas. Ya ni siquiera noto sus dedos en mi piel. Es como si observara la escena desde arriba. Veo el intercambio de golpes sin procesarlo del todo. Ahora, Steel parece enfadado y descarga un puñetazo tras otro en la cara de su rival.
—¿Lo veis? —grita Oskar a nadie en particular. Ahora está eufórico. Me zarandea como si fuera una muñeca de trapo y me estampa un beso en la mejilla—. ¡Por eso es el mejor! Mira cómo le castiga el costado. ¡Mira cómo lo está destrozando! ¡Eso es, Steel! ¡No tengas piedad!
Oskar me sujeta por la cara y me besa en la boca. Luego me echa un brazo por los hombros como si lo que ha sucedido antes fuera producto de mi imaginación. Yo intento sonreír, pero por dentro estoy hecha pedazos, igual que el cuerpo de Steel.
No sé cómo ha ocurrido, pero, de pronto, el gigante polaco está en el suelo y el árbitro levanta el brazo del boxeador pelirrojo.
El estadio estalla.
Oskar se pone de pie y aplaude.
Yo vuelvo a tener miedo.
Steel ha ganado la pelea.