12
Cassidy - Dos semanas después
—Cassidy, por favor, soy tu madre…
Pongo los ojos en blanco mientras firmo los papeles de alta de un paciente, intentando ignorar a Trudy Halliwell, que está a mi lado y que no sé cómo se las ha arreglado para enterarse de que estaba en la ciudad.
—En serio, desapareciste sin dejar rastro, le dejaste a tu hermana, a tu hermana de dieciocho años, la escritura de mi casa, dejaste que la vendiera y me dejara en la calle, sin darme ni un centavo de mi propio dinero… —continúa.
La recepcionista pone los ojos en blanco y se da la vuelta, lo que me hace sonreír. La mayoría del personal de urgencias ya no aguanta más a mi madre, que parece incapaz de pillar la indirecta.
—No me he cortado el pelo en condiciones en meses. Andrea va a tener el bebé de Acid, y su padre no lo aceptará en su casa. Ella me necesita, y tu hermana no hace más que quejarse y dar pena. Sé que te dio la mitad del dinero de la venta, y necesito que me lo devuelvas; ¡es mío!
Me giro bruscamente hacia mi madre, cabreada por sus mentiras, y la encuentro de pie con las manos en las caderas.
Trudy Halliwell es una zorra de pies a cabeza. Dice que no se ha cortado el pelo en condiciones, pero lo lleva rojo intenso e impecable, y va vestida con un traje pantalón, por el amor de Dios, a pesar de no haber trabajado en su vida, siempre viviendo a costa de papá y de su examante.
Y, seamos sinceros, es muy poco probable que el bebé de Andrea sea de Acid. El tío me ha dicho varias veces que no recuerda haberse acostado con ella, que el condón vacío seguía puesto.
Que no se me malinterprete: cuando Perrie me explicó lo que había pasado, me cabreé, pero la verdad es que no me extrañaría que esa zorra de Andrea lo hubiera drogado.
Le hago una mueca de desprecio y suelto:
—Primero, que no pudieras mantener esas piernas cerradas te costó la casa y todo lo de valor cuando papá murió.
Mamá se queda sin aliento mientras la recepcionista resopla.
—Segundo, Andrea no es tu hija, Perrie sí, y no te quedes ahí parada como una imbécil haciéndote la tonta, como si no supieras que ella y Acid siempre estuvieron hechos el uno para el otro.
Andrea quiere todo lo que tiene Perrie, todo porque te tiraste a su padre, y luego le diste dinero cuando él se negó, el dinero de nuestro padre, porque obviamente darle lo que su padre te había dado no era suficiente.
Se le pone la cara roja, porque es evidente que no se había dado cuenta de que sé exactamente lo que ha estado haciendo todos estos años, y entrecierro los ojos, preparada para su estallido.
Y eso que había tenido una mañana estupenda.
Pude ver al bebé de Natalie y asustar a Piston y a Steal con la sonda transvaginal.
Incluso conseguí derribar a Steal por encima de mi hombro, un movimiento que él mismo me enseñó, nada menos, después de que me tocara el hombro, y lo dejé tirado de espaldas.
Pero ahora mi buen humor se ha ido al traste.
—¡No importa lo que hiciera; era su esposa! —gruñe.
Sonrío con suficiencia y respondo:
—Y una mierda de esposa, además.
—Serás… —empieza, dando un paso hacia mí, pero el brazo tatuado de Steal se interpone entre nosotras.
Gruñe:
—Da un paso más y te destrozo.
Un escalofrío me recorre la espalda ante su amenaza, y sí, se me despierta la libido, y mentalmente le digo que se vaya a la mierda, igual que hice hace dos semanas cuando me besó sin venir a cuento y acabé usando el cabezal de la ducha para correrme.
¡Estoy priorizándome a mí misma, y si tengo que usar mi juguete o el cabezal de la ducha, pues lo haré!
—N-no puedes hablarme así —tartamudea mamá, y pongo los ojos en blanco.
Parece a punto de mearse encima, y eso solo hace que la recepcionista se ría, aunque intenta disimularlo con una tos.
—Pues sí que puedo cuando se trata de mi chica.
Llevas cuatro años llamándome sin parar para buscarla.
¿Te creías que era tan imbécil como para no darme cuenta de que era por dinero?
—se burla Steal antes de ponerse delante de mí.
Cruza los brazos sobre el pecho y me apoyo en el mostrador, dejando que se encargue él.
Vamos, que técnicamente debería estar gritándole, pero esta es la quinta vez que mamá intenta encontrarme en el hospital, la primera que lo consigue, y la verdad es que no me apetece nada lidiar con ella.
Si Steal va a estar rondando por el hospital como una mosca cojonera, ¿por qué no aprovecharlo?
—Tienes cinco segundos para dar media vuelta con ese culo de plástico y largarte del hospital antes de que te eche a patadas —remata.
—C-Cassy… —intenta mamá, y me estremezco al oír el apodo que me ponía papá.
—No la llames así —amenaza Steal con frialdad—. Ahora lárgate…
Pasan unos segundos hasta que oigo el taconeo de sus zapatos en el suelo de linóleo y a la recepcionista susurrar:
—Dios, esta noche me lo llevo a la cama sí o sí…
Y entonces vuelvo en mí.
Odio los celos que me invaden, la rabia que me da pensar en que ella lo toque, cuando sé que probablemente se está tirando a Faith.
Me aparto del mostrador y me alejo, pero en lugar de quedarse con la recepcionista, que lo llama, me sigue hasta la sala de personal.
—No deberías estar aquí, Steal —digo mientras cojo mi bolso y saco un plátano.
Él hace un ruidito.
—Ya lo sé, pero verás, antes una mujer me ha tirado por encima de su hombro y necesito que me examinen. Me está matando la espalda…
Resoplo mientras pelo el plátano.
—Si quieres que te examinen, tienes que ir a recepción —dice Tanner desde detrás de él mientras entra en la sala de personal.
Sonrío cuando se acerca a mí, y sí, disfruto muchísimo viendo cómo a Steal se le tensa la mandíbula.
Le doy un mordisco al plátano mientras Tanner me da un beso en la cabeza y pregunta:
—¿Era tu madre la que he visto antes?
Asiento mientras mastico, trago y admito:
—Sí, pero esta vez no he podido escaparme a tiempo; me ha pillado mientras la recepcionista intentaba averiguar qué paciente estaba soltero.
Tanner se ríe y coge su botella de agua mientras miro a Steal, que tiene los brazos cruzados sobre el pecho, con la rabia brillándole en los ojos.
—Steal —suspiro, sin ganas de discutir.
Niega con la cabeza y suelta:
—Cuatro putos años he tenido que vivir sin ti, y puedo entender que sigas con tu vida, que te priorices a ti misma, pero si crees que voy a rendirme, vas lista. Eres mía, joder, igual que yo soy tuyo—
Lo corto. —Pero tú no eras mío. Eras de Faith y del club, mientras que a mí me dejabas las sobras.
Maldita sea, olvidaste mi graduación, olvidaste los aniversarios de la muerte de papá, nuestros aniversarios, y me apuntaste con un arma sin dejarme explicar lo que había pasado, sin siquiera intentar consolarme.
Acababa de matar a alguien, Colt, lo apuñalé en el pecho, estaba en estado de shock, ¿y qué haces tú? ¡Me arrastraste del pelo!
Él suspira mientras Tanner me toma de la mano, pero no he terminado.
—Te necesitaba más que nunca, y tú te pusiste de su lado, la elegiste a ella delante del club... y de mí.
Tiro el plátano, ya sin hambre, antes de volverme hacia el hombre al que le di todo, incluido mi corazón.
—Todas las noches durante dos años tuve pesadillas.
Colt baja los brazos.
—Todas las noches veía sus ojos fríos y muertos, y a veces, cuando estoy muy cansada, siento que me persigue, incluso cuatro años después.
Niego con la cabeza.
—Ni una sola vez me diste prioridad, ni siquiera cuando yo te había antepuesto a todo, incluso a mis estudios. Te necesitaba, y que de repente aparezcas por aquí no significa que puedas chasquear los dedos y que todo vuelva a estar bien.
Miro a Tanner, que me hace un gesto de ánimo, y me vuelvo hacia el hombre del que nunca pude olvidarme y admito:
—Te iba a dejar, Colt. Por fin estaba dándome prioridad a mí misma, asegurándome de ser realmente feliz, y cuando más te necesité después de tomar esa decisión, me demostraste que era la correcta.
Ambos sabemos que nada ha cambiado en los últimos cuatro años.
Faith sigue por ahí, tú sigues a su entera disposición, y los hermanos todavía quieren mi cabeza.
Trago saliva, intentando contener las ganas de sollozar, y me acerco a él. Le doy un beso suave en la mejilla mientras inhalo su aroma a bosque. Susurro:
—Sigue adelante con tu vida y encuentra a una mujer a la que tu club quiera, una mujer que entienda la vida del club.
Abro la puerta de la sala del personal y salgo mientras cae la primera lágrima. Un brazo me rodea los hombros y me apoyo en Tanner, que susurra:
—Lo hiciste bien, cariño...
Y se me escapa el primer sollozo, lo que hace que él me lleve a toda prisa al armario de suministros, donde me derrumbo.
Es difícil aceptar cuánto se ha fortalecido mi amor por él a lo largo de los años, y sé que tiene que ver con nuestra hija; ella ha hecho que sea aún más difícil soltar ese amor, pero necesito hacerlo. De lo contrario, me desmoronaré.
No puedo desmoronarme; mi hija me necesita.