Capítulo 9 1
Keira L. Sant Delphi
Me despierto temprano, en cuanto amanece. Supongo que es mi hora de entrenar y mi cuerpo lo sabe.
La casa está en absoluto silencio, así que salgo del dormitorio. Descalza, para no hacer ruido. Ayer por la noche no pude cotillear y creo que me iría bien. Sé que esta se supone que es la casa en la que a menudo convivía *con mi marido*, eso mejor no vamos a pensarlo, pero me siento una intrusa.
Salgo de la habitación y llego abajo, a la entrada.
Miro los cuadros. Toco las cortinas junto a las ventanas.
Incluso huelo un par de chaquetas. Me vuelve a arder la garganta.
No quiero ser una puta llorica, quiero ser fuerte, así que bloqueo todas mis emociones y me doy ánimos.
Fuerte o reprimida, lo importante es que no se me hinchen más los putos párpados.
De repente me choco contra algo. Un muro. Uno húmedo con olor a sándalo.
—Perdona, he estado entrenando.
Músculos, músculos y más músculos. Venas marcadas. Más músculos.
Mira, estoy bastante segura de que no soy una panoli superficial, pero santísimo DIOS, ¿cómo he conseguido cazar yo a este pibonazo?
—¿Su-sueles hacerlo desnudo? —me esfuerzo en sonar indiferente, pero arden hasta las cejas.
—No, es que se me ha olvidado la ropa para cambiarme arriba —dice, pero a su espalda, los cojines del sofá están deformados con el recuerdo de un cuerpo demasiado grandote, y están acompañados de una manta.
Ha dormido aquí, porque su cama le recuerda a mí y ahora eso le duele más que otra cosa. Auch.
Alzo la vista hasta él, —lo mío me cuesta, porque tiene pecas por el cuerpo y quiero prestarle atención equitativa a todas—, pero la forma en que me mira no me permite sentirme culpable.
—Ven conmigo —camina hasta la nevera y yo voy detrás.
Me ha cogido de la muñeca, es probable que sin darse cuenta, pero mi piel quema. Mi cuerpo lo añora. Siento que lo estoy decepcionando a él también.
Sant Delphi me ofrece un par de cucharas soperas sacadas de la repisa más alta.
—¿Soy llorona, eh? —las acepto para ponérmelas en los párpados, pero muero antes.
—Eres increíble, Lauren.
No quiero que este extraño diga esas cosas. Sobre todo porque debería darme repelús, pero me da otra cosa muy diferente.
—Deja de ligar conmigo.
—No lo hago.
De repente me enjaula con su cuerpo y su presencia está a punto de hacerme perder la cabeza. La química que tiembla, vibra y se sacude en el ambiente me retuerce el órgano que me late en el pecho sin control.
—Podría enseñarte el aspecto que tiene —dice.
Espera. ¿De qué está hablando?
—No te referirás a…
Sonríe de lado.
—A ligar contigo —chista la lengua—. De nuevo, qué mente más sucia.
Me tiene donde quiere y eso me cabrea.
Salgo de su encierro tirando un poco de su brazo y la decepción me sacude haciéndome sentir muy estúpida. Como si ni una sola de mis células quisiera alejarse de este extraño.
—No hagas eso.
—Vale.
—Me confundes. Me gustas.
Se le alzan las cejas y su mirada dice algo mucho más profundo.
—¿Ves? Ahí está el problema —lo señalo—, podría acostarme contigo y disfrutarlo. El problema es que tú estarías acostándote con tu mujer y yo con un desconocido. No significaría lo mismo para ti que para mí.
Le hago daño, es evidente y me siento como una mierda.
—Estoy compitiendo, ¿verdad? Me estoy preparando para los Nacionales.
—Sí.
—Bien, pues voy a salir a entrenar un rato.
—Te…
—No, sola. Gracias. Lo… siento. Tendrás trabajo que hacer, ve a North Star, no te preocupes. Cuanto más normal sea tu vida menos presión tendré —hago una mueca rara e incómoda y salgo escopeteada a por mis deportivas con tal de poder irme de aquí cuanto antes.
No parece que le convenza la idea, además tengo entendido que en North Star trabajamos juntos en algo relacionado con mi deporte. Pero ahora mismo… ¡¡necesito huir de mi marido!!
No tardo mucho en darme cuenta de la estupidez que ha sido ir por ahí yo sola hasta que llevo veinte minutos corriendo y me doy cuenta de que no hay ningún parque cerca.
No solo es patético que no sepa llegar al lugar donde sé que he entrenado muchas veces.
Es que ya no sé dónde queda la casa de Alek.
—Mmm —gimoteo, reprimiendo mis emociones con todas mis fuerzas—. Cálmate, vamos a volver por donde hemos venido.
Lo intento, pero me pierdo más. Lo sé porque no reconozco los edificios que me encuentro.
Miro en todas direcciones y es como si la ciudad se hiciera más y más grande por momentos.
—¿Keira? ¿Qué haces aquí?
Un tío alto, musculado, con tatuajes y una chupa de cuero aparece cuando estoy a punto de ponerme a llorar como un bebé.
—¿Te conozco?
Hace una mueca y luego su rostro se vuelve inexpresivo.
—Sí, soy Koven Alasdair, amigo de Sant Delphi. ¿Está él por aquí?
—N-no… he salido a correr —me muerdo la lengua con fuerza.
Odio sentirme tan desamparada.
—¿Sola?
Asiento.
—¿Quieres que te lleve a casa? Tengo el coche cerca.
Me saltan todas las alarmas. ¿Y si es una mala persona? ¿Y si quiere hacerme daño? No puedo fiarme de él. Quizá sea el famoso novio de mi hermana y haya venido a vengarse por algo que no recuerdo haber hecho.
—No, no, estoy bien. Gracias.
—Espera, no te vayas —dice y me parece oír un deje de preocupación real en su tono, pero lo ignoro.
No puedo fiarme de él, es peligroso que lo haga. Puedo asegurar que la sensación de no valerse por una misma es la peor mierda de la historia.
Se me desbordan las lágrimas cuando giro la esquina y me choco con una chica a la que se le cae el bolso. Tiene forma de beso y se le desparraman todos los pintalabios que llevaba dentro. Tres me parece excesivo, pero es evidente que a ella no.
—Perdona —me disculpo lista para salir corriendo, pero entonces su voz…
—¿Key?
Alzo la vista hasta… ella.
«Quiero que seamos amigas».
«Si te gusta la vainilla, dilo. No tienes que beber césped por mí».
«En mi opinión, no hay nada más cruel que una novela romántica. Pero soy adicta, ¿qué le vamos a hacer?».
«Eres la hermana que nunca he tenido».
«Te he visto por streaming, ¡has estado brUTAL!».
—¿Cómo estás? Sé que no te suena mi cara, ni nada, pero yo…
—Darcy. —Los recuerdos son inconexos y confusos, pero tengo flashes de ella, recuerdos juntas.
Le gusta leer. Y le gusta el matcha. Y vestirse como ahora, como una Bratz.
Mi cuerpo también la reconoce, la alegría que siento es inconfundible. No es tan fuerte como la emoción que me ata a Sant Delphi y eso me dice mucho. Me abraza y yo también a ella.
Siento que he llegado al final de un túnel, que luego vendrán otros, pero que por el momento, puedo disfrutar de algo de claridad.