Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 9 2
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Capítulo 9 2

Keira L. Sant Delphi

—Hostia, ¿la reconoces? —dice el desconocido a mi espalda, ojiplático. Luego murmura—. Qué injusto.

—Eh, ¿y tú quién coño eres? —Darcy se pone delante de mí protegiéndome con su cuerpo.

—Koven Alasdair, soy amigo de Sant Delphi, su marido, ¿y tú?

—Soy su mejor amiga, y la hermana pequeña de Monique la terapeuta de Key.

¿Voy a una terapeuta?

—Tengo que llevarla con Alek, está desorientada y…

—Hasta donde yo sé, eso puede ser mentira. Puedes querer secuestrarla o algo peor. ¿Quieres quedarte con sus órganos?

—¿Quedarme con…? —el desconocido parece realmente ofendido.

—No te vi en el hospital. No estabas con Irith, ni con Sant Delphi.

—Será posible… —saca el móvil de su bolsillo en plan furioso y nos enseña fotos. Unas cuantas.

—Pues sí que eres amigo de Sant Delphi —musito.

—Menuda sorpresa —corrobora mi amiga.

En una de las fotos salgo yo. Es de una cena. Conozco tres caras, la de Alek, la de Koven y la mía, la otra chica no sé quién es.

—Sí, ¿qué cosas, eh? Resulta que no soy un ladrón de órganos. —El de la chupa se muestra rencoroso con Darcy.

—No te ofendas, pero tienes pinta de macarra.

—Pues un poco sí… —admito por lo bajo.

—Ahora que lo hemos aclarado todo, ¿me permites llevarla a casa?

—No, de eso nada. Yo la acompañaré a casa, pero primero quiero estar con ella. —Darcy se gira hacia mí—. ¿Te parece bien, Key?

Asiento tres veces seguidas, como uno de esos muñecos cabezones que se mueven mucho con el más mínimo movimiento. Necesito a alguien de mi confianza para hacerle preguntas y sé que de ella puedo fiarme.

—Luego me encargaré de que llegue a casa de Sant Delphi sana y salva.

—Por favor, llámale —pide Koven—. Viéndola es evidente que ha salido a entrenar y si tarda más de una hora y media en volver, movilizará a toda la policía del estado para encontrarla.

—Hecho —Darcy asiente, me coge del brazo y tira de mí calle abajo, pero no llegamos lejos.

Un coche oscuro llega derrapando y estoy segura de que cuando el conductor sale del vehículo ni siquiera se molesta en quitar las llaves del contacto.

—¿Lauren? ¿Estás bien?

Alek tiene pinta de haber visto un fantasma y Alasdair no ha podido avisarle tan pronto.

—Estoy bien. ¿Cómo me has encontrado?

—Le gusta seguirte —murmura Darcy por lo bajo.

El móvil. Ese que llevo en el bolsillo del chándal del que ni siquiera me he acordado.

—¿Me has activado la localización en el móvil?

—Tú y yo compartíamos ubicación desde hacía tiempo —dice tenso, revisando cada rincón de mi cuerpo y mi cara con la mirada.

—¿Me estás mintiendo? —pregunto por instinto.

—Sí. No puedo disculparme por ello, ya bastante me ha costado no seguirte. Pero cuando he visto que te desviabas de tu ruta habitual…

—Así que lo de hacer tu vida y olvidarte de mí, como que no, ¿eh? No me estás ayudando mucho con lo de no presionarme. Y no sé lo que le gustaba a tu mujer, pero yo odio las mentiras. ¿Cómo me voy a creer nada de lo que digas si a la mínima de cambio me sueltas mentiras, a ver?

—Key… —Darcy tira de mí y pienso en que igual me he pasado.

—Lo siento, es solo que esto es una mierda —exhalo—. Aunque ninguno tenéis la culpa.

—Tú tampoco —dice Alek y debo estar loca porque una parte de él parece contento u orgulloso del rapapolvo que le acabo de dar.

—Voy a ir con Darcy a…

—Al centro comercial —dice ella sonriente—, aquí al lado. Luego yo misma la acompañaré a casa. Promesa de girl scout.

La miro. Su reacción no se parece a nada a la que ha tenido con Koven.

—Nosotros podemos ir a dar una vuelta —propone el susodicho, quitándole el móvil al acosador—, yo me encargaré de que os dé espacio.

Koven y Darcy tiran de nosotros en direcciones opuestas, pero no es hasta que giramos la esquina que aparto la vista del maldito Alek Sant Delphi.

—Está loquito por ti, no entiendo cómo ha dejado que nos fuéramos solas. Lo mismo nos han seguido —Darcy mira hacia atrás, pero no veo nada fuera de lo común en la cafetería.

—¿Por qué crees que me acuerdo de ti y no de él?

Casi se atraganta por querer hablar antes de tragarse el sorbo de matcha.

—Te diría que es porque soy la chica más especial del planeta —coloca las manos unidas bajo la barbilla y me pone ojitos hasta que sonrío muerta de cariño—. Pero no nos engañemos, a él lo amas con locura.

—Amaba.

Aprieta los labios, esforzándose en no expresar su disconformidad.

—Es muy posible que desees tanto recordarle que tú misma te estés presionando demasiado y tu cerebro… ¿cómo decirlo?

—¿Se bloquee?

«—Debes estar hasta el hipotálamo de que la gente te diga cómo solucionar tu bloqueo —dice Isabella—, pero voy a intentar darte indicaciones sin ser una pelmaza de cuidado, ¿vale?

—Claro».

Isabella.

Escenas del laboratorio vuelan a mi cabeza, pero en todas me pasa lo mismo. Las observo desde fuera, como si la cosa no fuera conmigo.

—¡Exacto! Como cuando un artista debe pintar un cuadro épico y no le viene ni una sola idea.

Doy un buen sorbo y finjo que no acaba de pasarme nada. Estoy empapada en sudor, pero como llevo un chándal ancho, no se nota. Lo cierto es que este batido de vainilla está de infarto.

—¿De verdad lo amo con locura?

—Joder, y tanto. Si existen las almas gemelas, él es la tuya y tú eres la suya. Tenías un bloqueo emocional que no te dejaba correr, y él te ayudó mucho.

—¿Cómo? —pregunto con tal de saber más sobre ese laboratorio sin preguntar directamente.

No saber qué puede desatar nuevos recuerdos me hace sentir que estoy jugando a la lotería. Darcy sonríe de oreja a oreja.

—Te decía guarradas para despistarte.

—¿Y conseguir… qué? ¿Que me cayera al suelo?

—Que corrieras a tu máximo potencial. Key, tú no lo dabas todo porque ser brillante te hacía sentir culpable. —Ladea la cabeza y estrecha la mirada—. ¿Te ha contado Alek algo de tu familia?

—No.

Alza las cejas.

—¿Y… recuerdas cómo nos conocimos tú y yo?

—No, tampoco.

—Entonces tengo mucho que contarte.

Darcy

Me muerdo la lengua cuando la tristeza se refleja en los ojos azules de Keira con tanta claridad que duele mirarla. Y eso que he dejado las partes más fuertes de la historia al margen de la conversación, porque estoy segura de que no le hará ningún daño dejar esas atrás.

—Mi madre me ha escrito, ¿sabes? —interviene mirando el móvil que ha dejado en la mesa por si Sant Delphi la llamaba.

—¿Qué quiere? —pregunto intentando sonar neutral.

Esa mujer le dio la vida, así que estoy en deuda con ella, pero la odio. Odio haber visto lo que le hacía a una persona tan pura, dulce y genial como Keira.

—Dice que vuelven mañana temprano. Que podemos vernos entonces. —Se frota las sienes—. No sé cómo voy a preocuparme de los Nacionales cuando mi vida es un desastre monumental.

—Yo iré contigo mañana, ¿vale?

Hace una mueca y sé que no quiere ponerme en un apuro.

—No quiero incordiar.

—No lo haces.

—¿Tú conoces a mi familia?

—He oído tanto de ellos que siento que sí. ¿Me dejas ver el anillo? —le pido y en cuanto me lo da, llevo los dedos hasta la cadena que le rodea el cuello. La desabrocho para colarlo y dejo que el anillo cuelgue—. Así lo llevabas cuando ibas a ver a tu familia. Ellos no saben que estáis casados.

—Cierto, porque esto podría salpicar a Sant Delphi y su trabajo en North Star, ¿no?

—Exacto.

Me pregunta si creo que a Sant Delphi le aceptará una tarta de «siento que tengas una esposa con amnesia, feliz luna de miel», y pienso en que quizá, no pasa nada. Quizá da igual que nunca recuerde las cosas increíbles que ha hecho Alek por ella.

Puede volver a enamorarla.

Y eso pienso decirle en cuanto lo vea.