Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 9 0
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Capítulo 9 0

Keira L. Sant Delphi

«Por favor, Lauren, déjame hacerte la cena. Por favor». No son las palabras que ha dicho Alek, pero son las que no paro de oír en mi cabeza. Por más que intento esforzarme en alejarme de esa frase y conseguir una imagen completa del rompecabezas, no lo consigo.

Durante la deliciosa cena, Alek me pone alguno de los audios que yo le enviaba, después de que se lo pida. Mi voz suena rara.

—¿Por qué te hablaba así?

—¿Así cómo?

—Tan flojo.

No contesta, solo exhala. Me gustaría meterme en su cabeza y ver todos sus pensamientos. «Me muero de ganas de veros en el parque. Hasta esta noche, maridito».

En algunas también le digo que le quiero. Parezco feliz, y a la vez profundamente triste. Aunque claro, si mi familia no me quiere… dios, ¿qué me haría crecer sabiendo eso?

Imagino que me haría pequeña. Puede que también tuviera que esforzarme en no molestar.

Pero lo peor de todo es que, aunque sienta empatía por esa chica, yo no soy ella. Y visto lo visto, no quiero serlo.

—¿Te encuentras mal? —pregunta cuando me llevo la mano al estómago.

Sacudo la cabeza porque, al parecer, las palabras no salen si te falta el aire.

Y a mí me falta el aire. Mi visión se vuelve borrosa por la rabia, la impotencia y el puro miedo lacerante y asfixiante que no me deja en paz.

Me alejo de la isla, de los taburetes y bordeo un sillón.

Hay fotos nuestras. Una, en un laboratorio, la hago yo y me lo estoy comiendo con los ojos. ¿El resto de fotos?

Son. Solo. Mías.

Salgo tremendamente feliz. Tan sonriente que se me podría haber agrietado la cara. Pero yo no recuerdo nada. Peor todavía: no siento NADA. Me he perdido el enamoramiento, la boda, todo.

Es asfixiante. Las paredes y la casa entera se me caen encima. Quiero despertarme de esta pesadilla.

—Lauren.

—No te acerques —digo y todo su cuerpo se tensa, haciendo lo que le he pedido—. Perdona.

—No, lo siento.

—No tienes por qué —me hundo las manos en el pelo—. No quiero hacerte daño. Es solo que no soy quien tú crees. Ya no.

—Recuperarás tus recuerdos.

—¿Y si no?

Se le mueve la nuez. Casi parece que le esté destrozando la garganta.

—Lo solucionaremos —promete y, dios santo, parece un hombre capaz de cualquier cosa.

—Deberíamos poner una fecha. No sé… Si en un mes no he recuperado la memoria, nos divorciamos o algo por el estilo —resoplo ante lo absurdo que suena todo—. No puedo estar casada con un completo desconocido.

Asiente, sin saber qué más decirme.

—¿Podrías señalarme una habitación cualquiera en la que pueda estar sola?

No duda en darme lo que quiero.

Me lleva al piso de arriba, a una habitación con pinta de dormitorio de invitados.

No el nuestro. Es un detalle que entienda que ver recuerdos resulta abrumador de narices.

Aquí no hay fotos, no hay decoración, no hay personalidad, ni recuerdos.

Me sorprende lo bien que entiende lo que necesito cuando no lo he exteriorizado.

Al girarme en su dirección me doy cuenta de que ya está en la puerta.

—Dormiré en la habitación del final del pasillo, puedes llamarme en cualquier momento para lo que necesites.

Se marcha, pero no me da ningún teléfono. ¿Se refiere a que va a pasarse despierto toda la noche? El retortijón de culpa que siento queda amortiguado por el choque de emociones libres que se abalanzan sobre mí sin orden, ni misericordia.

¿Y si nunca recupero la memoria?

Ya no soy una persona, ¡soy un cuerpo que se mueve solo! Dejo de contener las lágrimas. Siento que estoy en medio de un tornado, que me estoy haciendo pedazos, gritando y nadie me oye.

No quiero estar aquí. Tampoco sé dónde quiero estar, así que lloro. Solo lloro. No sé en qué momento me quedo dormida, pero sé que la angustia no me permite cerrar el grifo de mis ojos.