Capítulo 8 9
Sant Delphi
Finjo que no está preciosa discutiendo conmigo y que no me encanta lo natural que parece esto.
—Perdona, por las prisas no he mirado si las ventanas estaban cerradas y Dante debe haber trepado por una —miento.
Estoy seguro del todo de que Kobra ha abierto la puerta mordiendo el pomo con los dientes y Dante ha salido corriendo fuera.
—Has dicho que uno de los dos era grande —Lauren mira a su alrededor, cruzándose de brazos, como si tuviera frío.
Es el miedo.
—Voy a ir a comprobar si sigue en la habitación, ¿vale?
—Voy contigo —dice aferrándose a mi ropa, a mi espalda.
Está tan diferente y a la vez, tan ella. Es como si pudiera conocer a una Lauren a la que su familia no ha hecho daño todavía. Como si pudiera ver cómo habría sido conocerla sin las cicatrices.
Encuentro a Kobra en el mismo sitio en el que lo dejé. Claro, cómo no. Él siempre tan obediente.
La chica a mi espalda trepa por ella cuando lo ve. No puedo decir que sentir su contacto no me haga el hombre más feliz del mundo. Kobra mueve la cola contento, pero ella me clava las uñas.
—Cierra la puerta —susurra en mi oído—. Ciérrala, ciérrala, ciérrala.
Lo hago, disculpándome con él con la mirada, viendo cómo vuelve a sentarse sobre las patas traseras. Me rompe el corazón.
—¡Es gigante! —entra en pánico como la primera vez que lo vio en el parque.
Se ha quedado blanca. Parece querer irse fuera de la casa.
—Él te quiere mucho.
—¿A…? ¿A mí? —frunce el ceño, horrorizada y halagada a partes iguales.
Asiento y aguardo unos segundos. Volvemos a la cocina y empiezo a servir los platos de la cena.
—No te he contado cómo fue el accidente. ¿Quieres saberlo?
—Sí, supongo.
—Estábamos en el parque los cuatro, tú estabas entrenando. Dante, el dóberman pequeño, salió directo hacia la carretera. Tú…
—Mmm —ladea la cabeza—. La ardilla. —Se lleva las manos a la cabeza.
—¿Lauren?
—Perseguía una ardilla y yo le llamaba. Y Kobra… —mira de vuelta al pasillo, abriendo mucho los ojos—, él venía detrás, muy cerca. Dudaba si iban a atropellarlo también. El coche apareció en un segundo.
Dante ladra detrás de ella y Lauren se agacha para enjaular sus mejillas.
—Estás bien, estás a salvo. Oh, dios, te recuerdo.
«Sé positivo» dice la voz de Leighton en mi cabeza. Sin que pueda frenarla corre de vuelta a la habitación de Kobra y se lanza a su cuello a abrazarlo. Él se revuelve aliviado, triste y con intensos deseos de corresponderla.
Se acuerda de ellos.
—¿Puedo enseñarte algo? —pregunto ya en la cocina, sin estar convencido del todo de que sea una buena idea.
—Claro, ¿también tenemos gatos? —ocupa un taburete de la isla y contengo la sonrisa.
Me gusta su humor. La reconozco en él.
Traigo el portátil de mi pequeño despacho y lo pongo delante suyo. Me parece conveniente que se familiarice con unos puntos concretos de la casa, antes de llevarla de aquí para allá.
—¿Es el vídeo de…?
—Nuestra boda, sí. Quizá te ocurra algo parecido a cuando has visto a Dante —carraspeo—. ¿Te parece bien probar?
Intento preguntar, reiterar que tiene opción a decirme que no, a mandarme a la mierda, a pedirme espacio o a lo que ella quiera.
—Sí, vale. Probemos suerte, a ver qué pasa.
La calidad del vídeo no es la mejor. Además, el Elvis y la Madonna de pega no se callan ni debajo del agua. Pero se nos oye.
Dios, estaba tan preciosa. Casi se puede ver la burbuja que nos envolvía. Allí solo estábamos nosotros. Ojalá pudiera volver a ese momento. Ojalá pudiera llevármela allí conmigo.
—Caray, qué vestido más bonito.
—Es de Darcy. Quiso prestártelo.
—¿Porque sabía que íbamos a casarnos?
—No…
«Tú me has visto cuando nadie más lo hacía. Contigo… contigo ya no tengo que vivir en los márgenes».
—Guau. Q-qué romántico.
«Voy a quererte toda mi vida, Alek Sant Delphi…».
Bajo la tapa del portátil cuando ella se revuelve y se aleja.
—Perdón. He sido un imbécil, no sé en qué estaba pensando.
—No, no, es bonito. Es solo que también resulta un pelín abrumador.
No recordar haber dicho… o hecho ciertas cosas de vital importancia.
—Suelta una risita incómoda—. Es espantoso, como si hubiera estado mucho tiempo dormida, pero la vida hubiera seguido sin mí.
Es peor que eso. —Se le quitan las ganas de sonreír de forma forzada—.
Yo he seguido adelante sin mí, si es que eso tiene sentido.
—No puedo ni imaginarme lo difícil que debe ser. Lo siento.
Ladea la cabeza como si esas dos palabras le hicieran algo.
—¿Lauren?
—Estoy bien. No… no sabía que eras del tipo que había estado en Las Vegas. Tú… —carraspea—, pareces un hombre muy formal para haberme pedido matrimonio en un casino.
—Me lo pediste tú a mí.
—¡¿Yo?! Pues sí que soy moderna.
Me arranca una sonrisa triste.
—¿Cenamos?
—Por favor.