Capítulo 7 8
Keira. L Sant Delphi
Son las siete y media de la tarde y cuando entro en casa ya se oye jaleo. La cena es inminente.
—¿De dónde vienes? —pregunta mamá antes de que dé un paso en dirección a mi cuarto.
—De ver a Darcy —respondo sin mirarla.
Nunca he sido valiente. Nunca he imaginado el mejor escenario posible. No, porque incluso en mi imaginación era una mierda dolorosa si después debía volver al mundo real. Pero ahora vivo en él. Y pienso hacer todo lo que esté en mi mano para protegerlo.
—¿Qué te apetece cenar?
—Lo que hayas hecho estará bien, mamá —digo imitando a mi yo del pasado al entrar en la cocina.
Oigo a Saorise y a mi padre riendo en el salón. Las voces de James y Arnau. Me pregunto cómo me he podido sentir tan sola tanto tiempo en una casa que siempre ha estado llena de gente.
—¿Ya no estás enfadada conmigo? —pregunta con retintín, incapaz de reconocer su responsabilidad en el dolor ajeno.
—¿Enfadada? —repito nadando en una balsa de culpa, ira, rencor, ganas de llorar, confusión, duda…
Odio sentirme así, con tanto miedo porque me arrebaten lo que quiero. Odio no poder limitarme a disfrutar de haberme casado con el hombre del que estoy perdidamente enamorada. De no poder gritarlo a los cuatro vientos.
—No.
—¿Cómo te fue en Kentucky? Arnau nos dijo que has quedado primera y que por eso tuviste que quedarte a no sé qué fiesta.
No la corrijo. Solo asiento, para irme cuanto antes.
Aterricé en Indiana hace días y ella me lo pregunta ahora. Sé que no le importa nada de lo que haya vivido en Las Vegas.
—Esta noche nos vamos al aeropuerto, para que lo sepas.
Supongo que ya no tiene sentido seguir haciéndolo todo a tus espaldas, ya no eres una niña que digamos.
Tu tío también se viene. Dice que como ganas tantas medallas, ya no le necesitas igual y que por unos días, no pasará nada.
—De nuevo el retintín. Ladea la cabeza—. ¿Y bien? ¿Me lo vas a dar?
—¿Darte el qué?
—El dinero, no te hagas la tonta conmigo, hija —pone los ojos en blanco como si estuviera siendo insufrible.
Asiento de nuevo.
—Bien, tráelo cuando vengas a cenar.
Clavo la vista en su espalda cuando se va sin decir nada más y pienso en lo genial que sería que mi madre me quisiera como Monique va a querer a su futura criatura. O lo increíble que sería haber nacido con una hermana como Darcy.
Me llevo la mano al pecho y la angustia se calla poco a poco. Me permite respirar en cuanto siento el reborde del anillo. Eres mío. El dolor de estómago se calma poco a poco.
Mi gran tesoro científico de espalda ancha y abdominales de acero. Entro en mi habitación y me cambio a las deportivas de correr. «Mantén la mente en blanco, extraña», pide su voz y eso hago.