Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 7 7
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Capítulo 7 7

Sant Delphi

—¡No puedes gastarte tres mil dólares en un anillo, chalado!

La capilla vendía unos preciosos y el primero que le ha hecho babear va a ser suyo.

La cojo en brazos en cuanto deja de pedirme que los paguemos a medias. No tiene ni idea de lo que le espera. A partir de ahora soy su entrenador, su banco, su medio de transporte y su fuente ilimitada de orgasmos.

—Esto no es necesario —dice carcajeándose, todavía con los ojos llorosos de la emoción.

—¡Que vivan los novios! —nos gritan un par de actores disfrazados y los siguientes en entrar en la capilla.

—Apuesto a que nunca habrías imaginado que te casarías en Las Vegas —dice con una sonrisa melosa en los ojos.

—Nunca creí que tendría tanta suerte. —Pero la tengo, aquí, cogida, entre mis brazos.

No sé cómo llegamos a nuestra habitación, pero sé que me cuesta mucho no hacerle de todo en el ascensor. Sobre todo por cómo se frota contra mí. No, joder, sobre todo porque es mi mujer.

—Te necesito dentro de mí ya, por favor —gimotea mientras mi lengua recorre el largo de su cuello y mis piernas se meten entre las suyas.

La follo contra la pared de la entrada de la habitación con tanta violencia que no sé cómo no la atravesamos.

—¿Estás bien? —le pregunto, pero la forma que tiene de colarse en mi boca y meterme la lengua hasta la campanilla, dice más de lo que las palabras lo harán jamás.

Le arranco el vestido del cuerpo y me la como con la mirada entendiendo que «empalmado» es el único estado que va a tener mi polla para el resto de nuestro matrimonio.

Cuando Lauren rodea mi erección con sus finos y delicados dedos, y veo el anillo… estoy a punto de correrme otra vez.

—Son unas bonitas vistas —dice antes de meterse uno de mis dedos en la boca.

En cuanto su preciosa espalda toca la cama, le abro las piernas y me alimento de ella como si fuera mi última cena. Para cuando me hundo en ella, estoy seguro de que sabe hasta qué punto me tiene comiendo de la palma de su mano.

Cualquiera podrá imaginarse en qué invertimos las siguientes dieciocho horas.

A tu lado ya no recuerdo lo que significa existir solo en los márgenes.

—Lauren Sant Delphi.

Darcy

Mi hermana va a salir de cuentas alguna de las semanas próximas, pero me da la impresión de que su hija… ¡¡va a quedarse sin tía!!

—¿Que QUÉEEE? —chillo, alarmando a todo el establecimiento, imaginándome que por mi culpa no la dejan volver a entrar en «Coffe&Books»—. Repítelo.

—Nos casamos.

—En Las Vegas.

—Sip, en Las Vegas —muerde su galleta de vainilla con sirope de caramelo porque ahora es una mujer casada que se muere por experimentar sabores locos.

Mientras tanto, mi mandíbula da contra el suelo.

—Eres Key L. Sant Delphi.

—Sí, eso parece.

—Estás como una cabra —digo dándole un nuevo y más detallado sentido a la palabra ojiplática—. Qué romántico. Y se lo pediste tú. —Esto no se lo pregunto, más bien lo digo en plan «¿¿tú hiciste eso??»—. Estoy tan orgullosa. Tan sorprendida. Tan ofendida de que no me invitaras a tu boda.

—Darcy, yo…

—Es broma, tonta —la zarandeo y entonces caigo—. Eh, todavía no me has enseñado el monumental anillo de «soy un científico listo y con suerte, puedo permitírmelo». —Busco su mano—. ¿Dónde lo tienes? No me digas que no tienes anillo. Si te ha dado una arandela cutre pido el divorcio por ti.

—Tengo un anillo —dice con una mueca tímida tirando de una cadena oculta bajo su sudadera.

—Espera, espera, espera —desvío la vista—, necesito inmortalizar este momento —Saco el móvil y lo coloco en la mesa con tal de grabarnos a ambas y a lo que sea que vaya a ocurrir.

Es muy posible que me desmaye y dicen que grabar esas cosas va muy bien para que los médicos puedan hacer luego un diagnóstico. Contusión leve. Altísimo grado de locura. ¡Sédenla, sédenla ya!

Key se muestra incluso más tímida cuando saca el anillo y lo mira con devoción.

—¡Dios santo, pedazo de anillo! Cómo brilla.

—Es precioso, ¿verdad?

Lo pregunta bajito, como si temiera que algo rompiera el hechizo de felicidad. Solo quiero proteger a esta maravillosa criaturita. No se lo digo para no asustarla, pero la quiero como a una hermana. No me importa si la conozco solo desde hace unos meses, la quiero en serio.

Por eso envuelvo sus mejillas en mis manos, la estrujo y grito un poquito más dejando salir toda la felicidad que me recorre.