Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 7 5
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Capítulo 7 5

—¿Que han hecho qué? —chilla Darcy a través del teléfono.

Me estoy arreglando para la cena mientras Alek ha salido un momento a hablar con Isabella y Damon, que están defendiendo el fuerte en casa. Le he escrito un mensaje rápido a Darcy y en vez de tranquilizarla, lo he empeorado todo.

Nota mental, si tu amiga se preocupa por verte llorar como una magdalena por un canal de streaming, espérate a verla para contárselo todo o te amenazará con comprar un billete de avión solo para hablar las cosas.

—No pasa nada.

—Sé que Sant Delphi te ha consolado, pero «no pasa nada» son tres palabras que no podemos usar ahora. Propongo «hijos de puta» para el cambio.

Carraspeo por inercia.

—Perdona, ya sé que son tu familia y no debería pasarme de la raya.

—No… tú… Puedes pasarte de la raya. Lo entiendo. —Termino de vestirme y entro de nuevo al baño—. Darcy…

—Dime, bombón.

—Nunca me he puesto un vestido así —le digo, como si no lo supiera ya.

Es suyo. Plateado, brillante, con caída y escote, pero no demasiado. Darcy se encargó de que me lo llevara, amenazándome con darme cinco más con los respectivos tacones a juego. Me pide que le deje verme y entonces suelta un grito tras otro.

—¡Estás preciosa, por el amor de todo lo santísimo! ¡Eres pura belleza! ¡Eres…!

—Vale, vale, vale, ya basta, que me da corte. —Sonrío.

—Eres un puto pibón y tengo un ojo para vestir a pibonazos que en vez de psicóloga debería ser consejera de estilo. —De repente se pone seria—. Key, hace tiempo ya que nos conocemos, y creo saber cómo funciona tu cerebro.

—Vaya cambio drástico de tema de conversación.

—Si algún día piensas que soy tu amiga por pena, que estoy usándote como práctica para mis futuros años de psicóloga, si te estoy estudiando o cualquier cosa horrible como alguna de esas, por favor quiero que…

—¿Hable contigo? —termino por ella.

—No, quiero que te des dos tortas y si no funciona, que llames a una ambulancia porque lo más probable es que te esté dando un aneurisma, ¡¿cómo ibas a pensar eso?!

Sonrío de nuevo. Estoy más relajada de lo que creí posible cuando entré aquí con Alek. Es enfermizo que lo eche de menos, se ha ido hace quince minutos.

—Quiero quedarme en Nevada para siempre. Aquí todo es más fácil.

—No, de eso nada. Tienes que volver a North Star. Entrenar como una cosaca. Ganar los Nacionales. Ir a las Olimpiadas. Y dentro de muchos muchos años, tener mil bebés del doctor Sant Delphi.

Dios, qué bien suena todo eso. Aunque…

—Yo nunca podría ser madre. No tengo las agallas para eso.

—Deja de decir sandeces, medallista de oro, tú vales para todo. Aunque si no quieres serlo, también está genial. Es solo que te he visto la vena y quería asegurarme de que conoces tus opciones.

Oírla es tan reconfortante. Parece creer de verdad lo que dice. Estoy alucinada.

—Gracias por todo, amiga.

Los ojos se le llenan de lágrimas y me pone morros. Algo se me aferra a la garganta. Jolín vaya día.

Alek entra en la habitación y cuando me ve se queda petrificado. Comiéndome con los ojos. Devorándome entera. Salivando. D-i-o-s-m-í-o.

La plata gris de su iris se vuelve líquida y algo más fuerte que la tristeza me ahoga. Gruñe al pasarse una mano por la mandíbula, no parece importarle mucho que tengamos público.La llamada se corta cuando Darcy lee entre líneas lo que pasa. Ay, madre…

—Hola.

No contesta.

—He estado pensando que quizá deberíamos ir por separado a la fiesta. Una vez allí podemos cotillear si hay cámaras o no.

—¿En el casino? —se acerca a mí—. Habrá cámaras. Y mucha gente. Montones. Pero en cuanto todos estén lo bastante borrachos, nadie se acordará de hacer fotos.

Clavo los tacones al suelo y no me muevo, pese a que él sí. Me enjaula contra el lavamanos y no es en absoluto como cuando mi tío se acerca de más para darme las indicaciones y correcciones sobre la carrera.

—¿Te mantendrás alejado?

—A mí no me sacarán en las fotos. Me he encargado de ello.

Se me suben los colores.

Ha llegado tan lejos para poder estar conmigo durante la fiesta.

No deja de demostrar cuánto le importa lo que yo deseo, lo mucho que lo necesito a mi lado. Sus zapatos se detienen a escasos centímetros de mis tacones.

—Debería ser ilegal alcanzar semejante nivel de preciosidad.

Me pongo de puntillas y le doy un beso con lengua en el cuello. Me envalentono porque todo lo que hago le gusta, y eso me vuelve más segura.

—Esta noche podrás quitármelo cuando te apetezca. En la fiesta o cuando volvamos.

Me coge de la nuca, pero como su mano es tan grande su pulgar queda en la base de mi garganta.

Me inclina hacia atrás y dibuja una línea de besos hasta mis pechos.

Luego se alza hacia mi boca y me da un beso demoledor.

Me coge de la cintura cuando las rodillas me flaquean y sonríe.

Hoy no lo ha hecho mucho, así que lo atesoro.

—Te quiero.

El tiempo deja de correr, todo se queda en pausa y mi memoria registra este momento para reproducirlo el día que me muera.

—En directo impacta todavía más oírlo —musito y se le escapa una risita—. Yo también te quiero, Alek Sant Delphi.

La luz dorada, cálida y tramposa del casino no ilumina, seduce.

Copas, cristales y espejos reflejan el buen ambiente y las ganas de juerga que tienen todos los asistentes de esta noche. Nadie sabrá que una pandilla de deportistas han sido invitados porque vamos vestidos de gala y los cuádriceps desarrollados no se ven bajo un vestido de gala.

El tintineo metálico de las tragaperras, el chasquido de las fichas chocando entre sí, las risas que suenan altas y las celebraciones, apenas dejan oír las quejas de aquellos que apostaron toda su fortuna al color equivocado.

North Star, como detalle, ha dado a cada uno de sus invitados un pequeño número de fichas que pierdo en la primera jugada.

Me parece que las apuestas no son lo mío.

Reconozco que la fiesta no está nada mal. A mí, personalmente, me encanta cualquier sitio en el que pueda pasar desapercibida. Llamar la atención siempre ha sido vinculado con perder cosas que anhelaba tener o que ya tenía. Si nadie se fijaba en mí, podía conservarlo.

—Toma —Alek me da diez fichas más.

—¿Y esto?

—Te he robado una cuando no mirabas y he multiplicado su valor mientras te has excusado al baño.

Abro la boca con una ofensa que no siento.

—Ladrón.

—Ya te digo.

La breve visita al baño no ha tenido que ver con ninguna cena en mal estado, ya que apenas he comido. Me duele la boca del estómago y ese dolor de barriga tiene todo que ver con volver a casa.

Cada vez que lo pienso me retuerzo como una lagartija.

No quiero, de verdad que no. Pero no puedo comportarme como una cría, aferrarme a una farola y patalear hasta que me hagan ciudadana del estado de Nevada.

—¿Dónde quieres apostarlo? —me besa el hombro—. Es tuyo.

—Como accionista mayoritario de esta fortuna, deberías poder decidir también.

Sacude la cabeza. Se me ocurre algo genial justo después.

Camino hasta una de las mesas y hago una apuesta a ese número. El día de septiembre en que nos conocimos. En color rojo, por supuesto. Pienso en todo lo que he conseguido gracias a él.

Hay gente que pisa a otras con tal de escalar más alto, ¿pero y qué hay de la gente que te impulsa porque tiene un corazón tan grande como el Taj Mahal?

—Hemos perdido —dice sin sentirlo ni pizca, luego se lleva nuestras manos unidas a los labios y besa la mía.

Sonrío de oreja a oreja.

Alek Sant Delphi se niega a soltarme la mano. Las veces que he intentado hacerlo, él me la ha apretado más.

Le miro con reproche y él tiene una serie de locuras grabadas en la mirada como «renunciaría a todo por ti». Me resulta difícil andar incluso segundos después de haber desviado la mirada.

Todo pasa muy deprisa.

Oigo a un Elvis. Viene directo hacia nosotros, y está cantando por encima de la música que nada tiene que ver con su «Can’t Help Falling In Love» acapella.

El corazón se me acelera. Los pulmones se vacían, pero es como si no necesitara volver a llenarlos.

El cosquilleo que tengo corriéndome por las venas, en el pecho y en las palmas de las manos, resulta ser más que suficiente.

Me giro en los brazos de Sant Delphi y lo digo sin más.

—Cásate conmigo.