Capítulo 7 1
Entro en casa sesenta minutos después, con los párpados tan hinchados de llorar que cuando Saorise me ve, se asusta.
—¿Qué ha pasado? ¿Problemas en el paraíso?
James le da un codazo, pero sonríe.
No sé si me siguen. Tengo los músculos entumecidos y no es del frío.
Es de la pena. La congoja en la que todavía siguen envueltos mis pulmones.
—¿Mamá? —entro a la cocina y allí están los tres que faltaban.
Saorise y James llegan poco después.
—¿Qué te ha pasado? —mi madre se fija en la sudadera rota, en lo manchadas de barro que tengo las manos y los pantalones.
—Nos acostábamos, es cierto, pero no salíamos juntos. Para él no significaba nada.
—¡Lo sabía! —chilla Saorise dando una palmada.
—Cállate —le gruñe James.
—No me hagas repetírtelo, Keira —dice mi madre en tono severo—. ¿Qué ha pasado?
—No se ha tomado a bien que quisiera cortar de raíz lo nuestro porque a mí sí me importaba lo que le pasara. Pero lo he hecho. Y entonces ha dicho que no le costaría encontrarme un remplazo.
Nadie hace preguntas sobre lo que ha pasado después, ni sobre si me ha agredido de alguna forma. En vez de eso…
—Ha visto a una joven tonta e ingenua y ha querido usarla. Lo he visto antes —dice mi padre asintiendo para sí.
—Seguro que no tiene problema en encontrar a otra —dice Saorise encogiéndose de hombros y saliendo de la cocina.
—¿Qué has querido decir con eso? —James la sigue.
—Nada, amor, yo solo tengo ojos para ti, ya lo sabes.
Mamá viene hacia mí y me coge por la barbilla. Me la alza para que la mire.
—Espero que hayas aprendido la lección.
Asiento y me giro hacia Arnau.
—Cuando entrenemos en North Star, ¿puedes no dejarme a solas con él?
—No puedo convertirme en tu canguro, Keira —rueda los ojos—, veré lo que puedo hacer.
Me voy a mi cuarto sin hacer ruido. Sin llamar la atención.
Sin que nadie note mi ausencia. Desde el piso de arriba oigo a Saorise decir «es que es una estrecha. Estoy segura de que ya estaba aburrido de ella» con el eco de su risita.
Cierro la puerta de mi dormitorio, saco el móvil del bolsillo y me lo llevo a la oreja.
—Se lo han tragado.
—Diles que Darcy va a ayudarte a no estar sola porque a partir de mañana duermes en mi casa.
—No puedo, cantaría demasiado.
—Me estás matando. No quiero que estés en esa casa ni un minuto más.
—Aguanta un poco, enseguida nos iremos a Las Vegas. Entonces tendremos un par de días para nosotros.
—Te quiero, Lauren. Joder —maldice—, no me puedo creer que te lo acabe de soltar por teléfono cuando ni siquiera puedo besarte. Soy gilipollas.
Siento como me pongo roja, muy roja. Como un cosquilleo sacude mi pecho, como le salen alas a mi corazón, como mi mente se calma y mi sonrisa se curva.
—Vale, entonces, no te daré una respuesta hasta que nos veamos.
—Eso, no me la des —exhala nervioso.
—¿Sant Delphi?
—¿Sí?
—Yo también te quiero.
Isabella Snow
Mediodía, North Star, en el laboratorio del profesor de plasticidad cerebral.
—¡Kásian! ¡Dios mío, Kásian! —grito en susurros.
—¿Bella? ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo? Ya voy a por el coche.
—No, ¡no hay tiempo!
—Dios, me estás asustando. ¿Qué cojones significa que no hay tiempo?
—¡Que no voy a poder aguantarme el cotilleo tanto tiempo como para que llegues aquí! Leia y Candy están trabajando y tener amigas tan exitosas es una mierda cuando tienes un cotilleo tan suculento como este.
—Un cotilleo —exhala—, ¿quieres que me falle el corazón?
—No hagas bromas con eso que lloro. Bueno, ¿estás listo?
—Preparado, Isabestia. Descolócame.
—Todos sabíamos que Sant Delphi estaba ayudando a Keira a ganar, cargándose su bloqueo emocional distrayéndola en los últimos metros de la carrera, ¿te acuerdas?
—Por supuesto, soy un marido genial. Escucho todo lo que sale por tu boquita, aunque no entiendo la mayoría de las palabras difíciles que usas, entiendo las guarras. Las importantes.
—Escúchame —gruño oyendo pasos, dios sabe cuánto tiempo me queda—. Pensábamos que le decía, no sé, una secuencia de números primos que la distrajera, ¡¡pero parece una línea erótica!!
—No jodas —se carcajea—. ¿En serio? Eso tengo que oírlo.
Quiero ver cómo te tiemblan las piernas. Vamos, Lauren, sabes hacerlo muy bien.
¿Y cómo sería correr con mis dedos dentro? ¿Te lo imaginas?
Oigo la risa de Kásian y se mezcla con la mía.
—No me lo puedo creer, es como un historial porno. Siento que no debería mirarlo.
—Claro que sí. Y además de mirarlo, tienes que compartirlo conmigo.
—Eres una mala influencia, Kásian Snow.
—Eso ya lo sabías cuando decidiste darme el sí quiero, Isabestia.
—Pues también es verdad. Oye, escucha, he encontrado uno todavía más fuerte, ¿estás listo?
El consejero. Él es quien irrumpe en el laboratorio justo cuando Sant Delphi iba a pronunciar la palabra «polla» en una frase solo apta para los oídos de mi maridito.
Estampo el codo con tanta fuerza en el teclado que saltan un par de teclas, ¿pero quién necesita la «x» y la «w», a ver?
—¿Está usted sola, Snow? —se adentra en la sala como si fuera su casa.
—Eso me temo. Mis compañeros han salido por diferentes deberes, aunque no tardarán en volver —digo rezando porque Kásian no diga ni una sola palabra.
Este hombre es estricto de narices, aunque le gusta fingir que no.
—Es una lástima.
—¿Y eso? —me pongo nerviosa cuando se acerca al ordenador en el que estoy yo.
—Tenía la intención de que Sant Delphi siguiera poniéndome al día —dice, pero en realidad ha querido decir “he venido a que me doréis la píldora porque tengo un pene minúsculo”.
Le doy al botón de borrar y me cargo todas las grabaciones. Una de las cosas que más le molesta al doctor Sant Delphi es tener que repetir las cosas, por eso configuró su ordenador para que no apareciera la típica pregunta de «¿estás seguro de querer borrar este archivo?».
—¿Está usted bien?
No. ¡Ha ido de un pelo!
—Un poco agotada, nada más. ¿Sabe? Alguien sabio me dijo una vez que si de pequeño no te dan amor con una cucharita de plata, de mayor aprendes a lamerlo de los cuchillos.
Me observa confundido, mirando por encima del hombro a una de las teclas del suelo. Pobre w.
—¿Qué quiere decir con eso, Snow?
Que por mucho que te doremos la píldora vas a seguir sintiéndote como una mierda porque papaito no quiso llevarte el parque.
—Que Sant Delphi es una persona muy trabajadora porque tuvo una infancia difícil y que puede estar seguro de que está dando el doscientos por cien de sus capacidades.
Parece querer ponerse de morros, pero accede a irse.
Solo cuando la puerta se cierra y se oyen pasos, la risa de Kásian retumba a través de mi teléfono.
—Con lo de los cuchillos querías decir que la tiene pequeña, ¿verdad?
—Si no fueras mi marido, me casaría contigo ahora mismo.
—¿De verdad Sant Delphi tuvo una infancia difícil?
—¿Sabes? La verdad es que no tengo ni idea.