Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 6 9
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Capítulo 6 9

Sant Delphi

—¿No crees que será raro? —pregunta Koven con las servilletas en la mano mientras Irith lleva los vasos a la mesa.

—¿Por qué? —pregunta mi hermana.

—Yo la besé.

Dejo de cocinar y lanzo una mirada a mi amigo.

—¡¿Qué?! —chilla Irith.

—No saques el tema cuando ella venga. —No puedo ponerme celoso después de que me dijera que el beso con Koven no le gustó y que ni siquiera entonces pudo dejar de pensar en mí.

—¿Por qué sonríe? —Koven retrocede acercándose a mi hermana—. Joder, ha envenenado mi comida, ¿verdad? Si tienes intención de que esta sea mi última cena, me largo. O pensándolo bien, quizá no.

Irith le da un golpe en el brazo.

Creía que Koven me diría que no. Con lo mal que lo está pasando, sé lo mucho que le cuesta salir de su casa, incluso de la cama. No entiendo cómo ha sido tan fuerte como para venir aquí esta noche, pero me alegra. Tanto, que no voy a matarlo por haber besado a la mujer de mi vida.

Llaman al timbre y Kobra y Dante llegan antes que yo. Empiezo a ponerme celoso cuando se le echan encima y ella los colma de atenciones. Gatos, tendría que haber adoptado gatos.

—Hola —sonrío como un tonto tirando de ella hacia dentro, como si temiera que fuera a largarse.

—Hola. Gracias por invitarme. Lo… Lo especial lo llevo debajo —dice tímida, tirando de las puntas de la falda, como haciendo una reverencia.

Jo-der.

—Hola, cielo —mi hermana asoma la cabeza hacia el recibidor y mi mente hace una lista de razones por las cuales ser hijo único hubiera sido la hostia.

—¿Cómo te va?

—O-oh —dice ella al ver a Koven, poniéndose nerviosa de repente.

—Tranquila, ya hemos hablado de vuestro beso antes de que vinieras. Mi hermano está dispuesto a compartirte.

Irith, que no sabe con quién habla, provoca que Lauren se ponga roja como un tomate.

—¿Qué tal si cenamos antes de que Sant Delphi nos mate? —propone Koven volviendo al salón.

—Si estás incómoda y quieres irte, dame una patada bajo la mesa —le susurro al oído y por cómo se enrosca contra mí, juraría que le parece una idea genial.

Irith habla de su trabajo, esquivando por completo todo lo que concierne a Koven, y Lauren se muestra encantadora, interesándose hasta por la última palabra que sale de su boca.

Koven me lanza miradas de «córtate un poco, gilipollas», y a duras penas lo consigo.

—Me encanta ayudarlos a lidiar con sus problemas y un día me voy a meter en un jaleo por hacer de psicóloga cuando no tengo titulación.

—Como amiga, no hace falta titulación —dice devorando hasta el último bocado del plato y sí, me pone muy cachondo que se coma lo que preparo.

Entonces Lauren hace un par de preguntas y mi hermana, que no sabe cuándo desviar el tema, suelta:

—Nuestro padre pegaba a nuestra madre. Tengo tolerancia cero con esas cosas.

Los ojos de Lauren me encuentran y se llenan de dolor. Enredo sus piernas con las mías debajo de la mesa.

Koven carraspea.

—Bueno, pues parece que al final llueve y todo —dice mientras la lluvia que lleva golpeando los cristales desde que nos hemos sentado a cenar.

—¿Anda, sí? —pregunta mi hermana subiéndose al carro de rectificar errores bien rápido.

La conversación no fluye igual después de eso. Diez minutos más tarde, cuando me levanto de la mesa para ir en busca del postre, ella me sigue.

—¿Por eso tenías tanto miedo a hacerme daño cuando te conté lo de Stefano?

No quiero decirle que yo siempre tengo miedo de parecerme en algo a mi padre. Que una parte de mi cerebro nunca descansa, comprobando y asegurándose de que no soy como él.

Antes de que conteste me rodea con los brazos.

—A mí me encanta como eres. Tengo mucha suerte.

—¿Sí? —le acaricio los brazos y la hago girar hasta que está delante de mí.

Asiente y se le llenan los ojos de lágrimas.

—Eh, ¿a qué viene esto, extraña? —uso el apodo en un burdo intento de hacerla sonreír.

—Siento no haberte conocido antes. No haber podido cuidar de ti entonces. Ver a tu madre pasar por eso debió ser difícil.

—No lo vi. Irith y yo lo supimos después.

—¿Después? ¿A qué te refieres?

—Cuando se quitó la vida. —Le acaricio la mejilla y le aparto las lágrimas con el pulgar.

—Dios mío, cuánto lo siento. ¿Tu padre…?

—Siguió su mismo camino poco después. La policía fue la que nos hizo saber qué había pasado. —Sacudo la cabeza—. Joder, soy el peor anfitrión de la historia. Menudo tema de conversación para una cena.

—No, no. Quiero saberlo. Quiero saberlo todo de ti. —Se aprieta contra mí y no sé si se da cuenta de lo que me hace.

Y cuando se la dé, imagino que se morirá de miedo.