Capítulo 6 3
Sant Delphi
«—¿Vas a darme algún consejo que me sirva? —Le pregunto a Beckham.
—¿Te forcé alguna vez a hablar de lo que tu padre le hacía a tu madre?
Aprieto los brazos del asiento.
—No.
—Las personas no afrontan la realidad cuando hacerlo las destrozaría. Es algo que Keira debe hacer por sí misma cuando esté lista, Sant Delphi. O, de lo contrario, no saldrá bien.
Me gustaría pensar que no la he obligado a nada, pero en retrospectiva, quizá sí lo he hecho. Joder.
—La cuestión aquí es qué vas a hacer tú, Alek. Si no es capaz de enfrentar su verdad, ¿podrías quedarte a su lado viendo lo que se hace a sí misma?
Tengo la respuesta clara antes de que termine la pregunta.
—Sí.
—¿Aunque te haga más daño del que has soportado nunca?
—Prefiero sufrir a su lado que estar lejos de ella. Es la única mujer a la que voy a amar el resto de mi vida.
—¿Y si ella necesita que te alejes? ¿Y si lo mejor para ella es que tu ausencia le demuestre lo que le conviene?
—Entonces sí, me alejaría. Haría cualquier cosa por ayudarla. Siempre y cuando pueda seguir espiándola.
—Ya, sobre eso te quería hablar…».
La atraigo hacia mi pecho. Intento fundirme con su cuerpo para hacerle ver que la sostengo, que no importa si ella no puede con todo, yo la ayudaré. No dejaré que le pase nada.
—Dime qué necesitas —susurro contra su mejilla cuando se relaja—.
Dime qué puedo hacer y lo haré. Si quieres vivir conmigo, mudarte a North Star, o buscar un piso lejos de todo.
O si quieres buscarte un entrenador nuevo, o que yo te ayude a entrenar, o que Kobra te haga compañía en tu nuevo piso.
No puedo dejar a Dante sin mi supervisión porque te lo destrozaría todo. Pero…
Le brillan los ojos cuando agarra mis mejillas, y hunde las manos en mi pelo.
—A ti. Te necesito a ti.
Su boca encuentra la mía y no podría rechazarla ni aunque lo intentara con todas mis fuerzas. Separa los labios dándome pleno acceso a su boca y le meto la lengua acercándola más a mí, cogiéndola de la cintura.
Me rompería en pedazos para darle a su corazón los que le faltaran. Los que otros le hubieran robado antes de darla por muerta.
Se deshace de su top, de sus shorts y vuelve a mi regazo. Debería ser la voz de la razón, pero la he echado tanto de menos.
Lo suave que es su piel, lo bien que huele su pelo, lo bien que sabe su lengua… Mece las caderas contra mí y mi erección ya es tan evidente que casi duele. Si sigue frotándose así contra mí voy a correrme enseguida.
No hay ni una sola célula de mi ser que no la desee con desesperación. Hago de su culo el territorio conquistado de mis manos, de su cuello el de mis labios, pero nada me basta. La necesito debajo de mi piel.
Ella es el principio y el final.
Sin ella vivo a oscuras.
Si quiere usarme cuando le plazca, la dejaré.
Haré cualquier cosa por…
—Alek. Tomo la píldora.
—¿Qué?
—Tomo la píldora para que no me venga la regla en competiciones.
Me cuesta procesar lo que me está diciendo. Hostia puta.
—No podemos hacerlo sin condón después de lo que me contaste.
Tira de mi pantalón, liberándome y abriéndose paso a través de mi resistencia. Me coge la polla y rodeándola con sus perfectos dedos, le da un par de sacudidas. Como argumento, la verdad que es jodidamente convincente.
—Lauren…
Hace a un lado su ropa interior y me frota contra sus pliegues. Dios santísimo.
—Dime que no quieres y me apartaré —susurra en mi boca antes de darme un beso que es todo lengua.
La cojo del cuello y la beso, quizá con demasiada intensidad. Ella gime, retorciéndose, pidiéndome más entre soniditos demenciales.
—No hay nada de ti que no quiera. Nunca lo ha habido.
Se mueve contra mí, guio mi polla hacia su entrada y qué maravilla, qué puta barbaridad.
Gruño mientras ella me suplica que siga.
Busco sus ojos y ella los clava en los míos mientras se mueve encima de mí.
Su coño palpita acogiendo mi erección y me torturo pensando en cuántos días no la he tenido conmigo para no acabar ya.
Me castigo imaginando que esto solo ocurrirá una vez y el dolor me ayuda a aguantar.
Me muerde el labio con una advertencia. Resbala contra mí mientras mi respiración acaricia su garganta.
—Quédate conmigo —dice contra mi boca.
—Siempre.
Acelera el vaivén de sus caderas cuando llega al clímax. Jamás será consciente de lo preciosa que está cuando se corre. Empapado en sudor, le clavo los dedos en la carne aferrándome a ella con todo cuanto tengo.
—¿Quieres…? —No creo que pueda pronunciar las suficientes palabras como para que me entienda.
El orgasmo está a punto de ganarme el pulso.
—Quiero que te corras dentro —suplica jadeante en mi boca y eso es todo cuanto puedo aguantar.
Me derramo en lo más profundo de su ser y algo en mi cabeza se desconecta ante el placer violento que me hace gruñir como una bestia a la que están matando.
Ojalá pudiera hacerle entender lo que significa para mí.