Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 6 2
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Capítulo 6 2

Está aquí. He soñado tanto con él que casi dudo que sea real.

Alek Sant Delphi se me queda mirando como si supiera que estar en mi presencia no es una buena idea. Duele pensar en cómo han cambiado las cosas, aunque yo misma haya luchado duro para que sean así.

—Debería irme. —Se gira hacia la puerta, pero no da ni un paso.

Me pongo en pie a sabiendas de que si no lo suelto, me dolerá el estómago de verdad.

—Te he hecho venir aquí, ¿no quieres saber para qué?

—Claro, Keira —dice y no parece el mismo hombre que me despidió.

Por mucho que se esfuerce en mantenerse inexpresivo, sus ojos son los mismos del hombre que me pidió si podía hacerme la cena. Eso lo complica mucho más todo y me crea un nudo inmenso en la garganta.

—Fui borde contigo porque me haces daño.

—Lo siento —esas dos palabras se quedan flotando en el aire como si él mismo no esperara haberlas dicho.

Retrocedo, horrorizada.

No. ¿No ha…?

No.

—¿Qué te pasa? —acerca las manos en mi dirección, con intención de tocarme.

Lo miro, pero no lo entiendo. No entiendo qué hace aquí. No entiendo dónde está su límite. ¿Qué más va a hacerme? ¿Hasta qué punto va a hacerme trizas?

—¿Lauren?

—Acabas de decirme que lo sientes. —Lo empujo chocando los puños contra su pecho, pero apenas lo muevo—. ¡¿Pero a ti qué te pasa?!

No ha dicho que soy demasiado sensible.

No ha dicho que soy susceptible.

Y no ha dicho que es culpa mía.

Ha dicho que lo siente.

Empiezo a hiperventilar. El suelo bajo mis pies se sacude y yo caigo en todas direcciones.

—Háblame —pide en tono de súplica, agachándose hacia mí.

—A mí nadie me pide perdón. N-no… —Me agarro al banco, apartándome de él como puedo.

—Yo siempre lo haré cuando algo te duela —promete y sé, en el fondo de mi corazón agrietado, cosido y lleno de cicatrices, que lo dice en serio.

Es lo que más miedo me da del mundo.

—¡Basta! Por dios, ¡tienes que parar ya! —grito—. ¡Yo estaba muy bien antes de conocerte!

—¿Bien?

—Sí, bien. Antes de que vinieras tú y me vieras, estaba bien. ¡Antes de que te fijaras en mí nadie oía mi voz! Ni siquiera yo —me aparto las lágrimas que no dejan de caer.

—¿Y lo preferirías? —mis lágrimas lo atraen hacia mí—. Vivir anestesiada. Como un puto mueble. ¿Lo preferías?

—No me daba cuenta.

—En el fondo sí que te la dabas.

—¡No! —miento, intentando aferrarme a esa posibilidad—. No, y ahora… ahora no puedo dejar de pensar en todo lo que quiero y no tengo.

—Bien.

—¡No! ¡No está bien! ¡Es…! Dios, ¡es insoportable! ¡Estoy tan cabreada! ¡Tan… rota! —rompo a llorar con violencia.

En cero coma, Sant Delphi me estrecha entre sus brazos y me sostiene mientras todo a mi alrededor da vueltas usándome a mí de eje.

Lo hace repitiendo unas palabras que al principio no entiendo porque estoy demasiado ocupada ahogándome en mis emociones.

«Te tengo».

Lloro sin control. Apenas sin aire. Esta vez su abrazo es más sentido, es como si me dejara acurrucarme entre sus costillas, en un lugar oculto junto a su corazón. Estoy protegida. A salvo.

Me susurra palabras preciosas mientras me acaricia el pelo con mimo y no quiero irme a ninguna parte.