Capítulo 6 0
Llevo dos días sin dormir y el cerebro me late quejicoso dentro del cráneo. Estoy bastante convencida de que no voy a llegar viva a la siguiente carrera. Cuando me cita el consejero de North Star, estoy segura de que van a rescindir el contrato y a dejarme sin patrocinio.
Lo cierto es que hace semanas que esperaba esta llamada. North Star tiene mucha más esperanza de lo que es común, han esperado mucho para darme la patada.
Entro en el despacho caótico del consejero y dos segundos después, ya me quiero ir.
—¿Cómo valoraría el trabajo que está ejerciendo el doctor Sant Delphi y su equipo, para con usted? Llevan meses trabajando juntos a diario y pese a todo, sigue perdiendo competiciones. Con todos mis respetos.
Le sostengo la mirada y me esfuerzo mucho en no reaccionar.
No lo sabe.
Alek no se lo dijo.
¿Por qué? ¿Acaso creía que me quitarían el patrocinio? ¿Lo hizo para protegerme? Capullo. Debí cortarme más el pelo. No, debí raparme al cero. Quizá lo haga.
—¿Señorita MaKena?
—Son un equipo fantástico.
Quiero decir «el problema soy yo», pero siento que eso tiraría por tierra los esfuerzos de Alek.
—Voy a trabajar mucho más, lo prometo. El esfuerzo se verá en los resultados.
—Sería lo mejor para todos, dadas las circunstancias. Siendo sincero con usted, la administración no está contenta.
—¿Qué quiere decir eso?
—A final de mes harán una revisión de las labores del doctor Sant Delphi. Quizá hacer algunos ajustes a su equipo, bajar el número de integrantes.
—¿Despedir a alguien? ¿A quién? ¿Y por qué? No es culpa de ellos, es mía.
—Es admirable que intente protegerlos, pero Sant Delphi es quien eligió el proyecto, es quien se responsabiliza.
A la administración no le sentará bien echar a perder una generosa donación como la de su proyecto.
Es el protocolo. Usted solo preocúpese de lo que depende de sí misma, señorita MaKena. Compite dentro de varios días, ¿no?
Asiento y dejo que me despache con una sonrisa.
No ha dicho nada. Nadie fuera de ese laboratorio sabe que ya no trabajamos juntos. Podría haberme empujado bajo las ruedas del autobús, podría haberme culpado de todo y ni siquiera sería mentira.
Pero él insiste en protegerme pese a todo.
—¿Cómo te sientes? —pregunta Monique acariciándose la tripa en un gesto cariñoso que ya me resulta familiar, pero que no traspasa mis emociones.
Aprieto los brazos del sillón.
—Estoy muy cabreada.
Tendría que haber ido a sus laboratorio a cantarle las cuarenta. A preguntarle de qué va.
—¿Con Alek Sant Delphi?
—Sí, con Alek Sant Delphi —exhalo de golpe, rabiosa—. Conmigo. Con cómo han salido las cosas.
—¿Hay algo que no me estés contando, Keira?
—Ayer me enteré de que ha estado protegiéndome, pese a lo mal que lo traté. Y no solo eso. Ha venido a verme.
—¿A tu casa?
—No. A las competiciones. Sin que yo lo supiera, claro está.
—¿Pero no compites en otros estados?
Le aguanto la mirada. Tragar se vuelve difícil.
—Sí —mi corazón revolotea al reconocerlo en voz alta—. Es un acosador.
—Cielo, si sientes que estás en peligro…
Sí, lo estoy. Joder si lo estoy.
Desde el primer instante en que sus ojos se posaron en mí, se inició una cuenta atrás en mi cabeza y ya no hay quien lo pare.
Los segundos pasan y Monique rompe el silencio.
—Tus sentimientos importan, Keira. Si solo pudiera transmitirte algo, sería eso. ¿Hay algo más aparte de cabreo?
—Rencor.
—Es fácil sentirlo cuando alguien actúa a tus espaldas.
—Hacia Sant Delphi no. Hacia mi madre.
Y entonces ocurre: Monique se cae de la silla.