Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 5 9
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Capítulo 5 9

Ha pasado un mes desde Kentucky.

No he ganado ninguna de las carreras en los entrenamientos de North Star, incluida la competición que tuve en Washington DC.

Echo de menos entrenar acompañada. Mi tío cada vez pasa menos tiempo en la universidad. No le culpo. Pero no es a él a quien añoro.

Faltan un par de horas para la cena, pero está lloviendo y no puedo salir a correr. Me miro en el espejo del pasillo y me acuerdo de lo que me dijo Saorise cuando cumplí siete años y todos en mi clase me llamaban Rapunzel. Ese curso fui bastante popular, no sé por qué.

«Te querría mucho más si te cortaras el pelo y lo donaras».

A mí me gustaba ese apodo porque a ella la llamaban así, y me encantaba la idea de ser como mi hermana mayor, ¿pero una vía rápida para ganarse el cariño de la chica más guay del mundo? ¡Me apunto!

Acaricio las puntas de mi pelo.

Después de aquello, Saorise estuvo una semana sin hablarme, pero porque había estado a punto de entrar en su habitación y eso a ella no le gustaba nada. Mi madre, que había estado detrás de mí en el espejo del baño, tijeras en mano, no se extrañó.

¿Por qué pienso en eso ahora?

¿Por qué estoy así de anclada al pasado?

Quiero a mi familia.

—¿Tienes hambre? —pregunta mamá al encontrarme a medio camino entre mi habitación y la cocina.

Frunzo el ceño.

—¿Yo? No mucho, no.

—Ah, como te llevas la mano al estómago. —Pasa de largo y entra en la cocina.

Solo entonces soy consciente de que ese ruido sordo, ese dolor de estómago constante que me taladra las entrañas lleva semanas conmigo. El «ya se me pasará» empieza a perder efecto.

A la hora de la cena, los seis nos sentamos a cenar juntos y me lo paso bien.

No participo mucho, pero disfruto cuando hay risas.

Pienso en lo que me río con Darcy, eso me lleva a lo mucho que le gustan los libros y mi mente acaba en el hecho de que el libro favorito de cuando era pequeña está en la habitación de Saorise.

Lo llevaba a todas partes. Al cumplir los quince, mi hermana lo cogió de mi cuarto, lo leyó y nunca me lo devolvió. Mamá nunca se opuso, aunque lloré mucho.

¿Por qué no puedo parar de pensar en cosas horribles?

¿Por qué no puedo volver a cuando no sentía nada?

El dolor de estómago se acentúa hasta que oigo la voz de Alek en mi cabeza. «Estás tan ocupada en justificarlos que ni te das cuenta de que tienes derecho a estar enfadada».

Hago una fuerte inhalación.

«—Cambia el nombre del contacto de tu hermana.

—¿Cómo dices? —acaricio el lomo de Kobra sintiendo como me relaja ver que su respiración también lo hace.

—Guárdala por otro nombre. “La que se enfada”, “la que grita”. Vuélvete loca.

—No pienso hacer eso —digo sacudiendo la cabeza escandalizada y divertida».

Saco el teléfono del bolsillo, lo desbloqueo y busco la agenda sin que nadie se dé cuenta.

—Me han subido el sueldo un tres por ciento —comenta Saorise.

—A mí un cinco —dice James.

Mi hermana lo mira un poco mosqueada, pero enseguida sonríe pidiéndole que le haga algún regalo. Miro mi plato, la comida es distinta a la de todos los demás.

«Cuando entras en una habitación tienes que dejarlo todo como estaba, cielo, que nadie sepa que has estado allí», suelta la voz de mamá en mi cabeza.

Dicen que el cerebro humano no te permite dejar de ver algo una vez has reparado en ello. Empiezo a pensar que es cierto.

Marco el contacto de Saorise. Lo edito y escribo algo terrible.

«La hija de la bruja».

Me levanto de la mesa y nadie me presta atención. Voy a mi habitación, me calzo las deportivas, una sudadera gruesa y salgo a correr. No me doy cuenta adónde voy hasta que miro a mi alrededor y me percato de que he vuelto a North Star. Quizá esta universidad sea mi propia estrella polar.

Cada gesto dulce, cada detalle de Alek se vuelve en mi contra ahora que lo echo tantísimo de menos.

Ojalá pudiera borrarte de mi mente.

Ojalá pudiera borrarme a mí de la mía.