Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 5 8
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Capítulo 5 8

Sant Delphi

—¿De qué estás hablando? —Isabella deja de pasearse delante de la mesa de mi despacho.

Si creía que pasarme el resto de la mañana encerrado aquí, en vez de en el laboratorio, iba a conseguir que me dejaran tranquilo, estaba equivocado. No he conseguido quitarme el dolor de cabeza del vuelo.

—¿Había algún error tipográfico en el email que te he enviado, Snow? —sigo tecleando, sin desviar la mirada de la pantalla.

—No puedes abandonarla, has visto lo ocurrido en Kentucky. Nos necesita.

—No opino lo mismo.

—¿Qué vamos a decirles al resto del equipo?

—Que es una atleta profesional que se está preparando para ir a los Juegos Olímpicos.

—¿Esos que no son ni siquiera este año?

—Les diremos que está entrenando duro.

—El consejero no se lo va a tomar bien. Sabe que está mejorando gracias a trabajar con nosotros. ¿Y si le quitan el patrocinio?

Le sostengo la mirada. Intercambiamos muy pocas palabras más antes de que por fin se vaya de mi despacho.

Hoy no tengo un buen día y sé que no va a mejorar cuando llaman a la puerta del laboratorio a última hora de mi jornada, cuando ya no queda nadie más que yo.

—Adelante —digo y cuando entra pienso en la plasticidad sináptica, en los marcadores de estrés, en los cultivos celulares, los tejidos, y cualquier cosa que no sea ella o lo bien que huele o el hecho de que ha perdido porque ha decidido no elegirse a sí misma.

—Tengo un email tuyo citándome aquí. —Cierra tras de sí—. En ningún caso voy a quejarme de que seas distante, pero teniendo en cuenta que tenemos el número de teléfono del otro…

—Siéntate.

Pantallas, un rack de amplificadores, caps de EEG, cables, cabinas insonorizadas, estaciones de registro…

Inhalo profundamente y me giro para mirarla. Dios. Siento como las venas se me rajan, abren y pierden toda la sangre. Parece tan pequeña. Tan hecha polvo.

—¿Estás triste porque has perdido?

—No estoy triste.

Claro, gilipollas, ¿qué esperabas? ¿Has visto su puto pelo?

Fuerzo una carcajada.

—Entonces serás la atleta con mejor perder de la historia de North Star.

—¿Por qué estoy aquí?

Despacio, me acerco a ella y me siento a una distancia prudencial en una de las mesas de trabajo, ahora despejadas.

—¿Qué quieres hacer con tu carrera a partir de ahora, Keira?

—Trabajar duro.

Me acerco a ella como un león acechando una gacela.

—¿Y si a tu padre lo echan del trabajo? ¿Y si la habitación de dos plantas de Saorise no queda como ella quiere y tiene un berrinche? ¿Y si tu madre enferma?

Aprieta los dientes y alza la barbilla.

—Mi familia siempre irá primero. Que ellos estén bien, es lo primordial.

—Bien —asiento—, suponía que dirías eso.

—Podemos trabajar juntos siempre que…

—Estás despedida.

—Entiendo que pueda molest-, ¿qué? —parpadea un puñado de veces.

—¿Hace falta que te lo repita?

—¿Es…? ¿Es porque ya no nos acostamos?

Joder.

Le aguanto la mirada hasta que se arrepiente de haberlo dicho.

—No voy a contestar preguntas cuya respuesta ya conoces. Pero sí te diré una cosa. Tengo a gente trabajando que ha venido al laboratorio al día siguiente de perder a un ser querido. A mis ojos, no das la talla.

—¿No doy la…? —cierra la boca, cabreada.

—Eso es todo, gracias.

—Quedé primera en Chicago. ¿Eso no importa para nada?

—Si conozco bien el funcionamiento de tu cabeza, estoy seguro de que no. No lo hará para nada positivo.

—Alek.

Le doy la espalda volviendo hasta mi mesa.

—Si eres tan amable de cerrar la puerta al salir. Gracias.

Lo hace dando un portazo.

Me aferro a ese arrebato de mal genio como un clavo ardiendo.