Capítulo 5 6
Sant Delphi
Paso una noche de mierda. Otra vez.
Solo de pensar que Lauren está allí, con ellos, dormir se vuelve una tarea imposible. Por eso fui a ver a Beckham ayer por la tarde.
«—Has tenido un gran problema desde que te conozco.
—Yo no diría tanto.
—¿No fuiste tú el chaval que me dijo que era incapaz de enamorarse?
—Repito, no veo cuál era el problema.
Aprieta los labios y exhala. Solo alguien mayor de sesenta me llamaría chaval.
—Pero te has enamorado de Keira.
—Y mira lo bien que me está yendo.
—La autocompasión no es lo tuyo, Alek. No finjamos que sí.
—Estuviste casado un millón de años. Podrías darme algún consejo, digo yo.
—Ahí va tu consejo. No creas que porque dos personas estén juntas mucho tiempo, tienen la más mínima idea de lo que significa un matrimonio feliz.
—¿No eras feliz? —pregunto escuchando el eco de mis palabras hasta que él lo rompe con su risa.
—Coño, claro, muy feliz, pero conozco a mucha gente que no. —Su nuera está embarazada y desde entonces está muy graciosillo.
Me froto las sienes.
—¿Vas a darme algún consejo que me sirva?
—¿Te forcé alguna vez a hablar de lo que tu padre le hacía a tu madre?
Aprieto los brazos del asiento.
—No.
—Las personas no afrontan la realidad cuando hacerlo las destrozaría. Es algo que Keira debe hacer por sí misma cuando esté lista, Sant Delphi. O, de lo contrario, no saldrá bien.
Me gustaría pensar que no la he obligado a nada, pero en retrospectiva, quizá sí lo he hecho. Joder, claro que lo he hecho.
—La cuestión aquí es qué vas a hacer tú, Alek. Si no es capaz de enfrentar su verdad, ¿podrías quedarte a su lado viendo lo que se hace a sí misma?
Tengo la respuesta clara antes de que termine la pregunta».
Conduzco hasta North Star y antes de entrar a dar mi primera clase, recibo un mensaje suyo.
Lauren
Lauren
No voy a poder ser puntual esta mañana
Alek Sant Delphi
¿Por qué no?
No contesta. Es evidente que lo hace porque sabe que valoro la puntualidad. Pero no voy a entrar en su juego.
Al entrar en el laboratorio, hora y media después, espero verlo lleno de gente.
Entonces recuerdo que he mandado a todos a hacer tareas fuera de aquí por si eso me daba una oportunidad de hablar con Lauren a solas.
Así que es la única persona que encuentro.
Sé que es ella aunque lleve la capucha puesta y esté dándome la espalda.
—Llegas una hora y cinco minutos tarde, Keira.
—Te he avisado de que llegaría tarde. ¿Y cómo sabes que no llevo aquí cinco minutos esperando?
No lo sé. Es que si no soy borde contigo igual tiro de ti y te rodeo con los brazos como no debería. Porque no es lo que necesitas, ¿verdad?
Me quedo a cierta distancia de ella y dejo mis cosas en la mesa de Damon.
—¿Has venido a trabajar o vas a tener la misma actitud de ayer?
Se quita la capucha y me deja sin aliento. Entonces sonríe.
—La misma.
Pasa un segundo. Luego otro. Me cuesta articular palabra.
—Te has cortado el pelo. —Su larga melena ha desaparecido y ahora el pelo a duras penas le llega a la mandíbula.
—Así es —sonríe más—, así no habrá nada de mí que te guste. Así me dejarás en paz.
Doy un paso atrás. Me arde la garganta. Intento coger aire, pero no puedo.
«No la destroces» dice la voz de Beckham en mi cabeza.
Asiento y agacho la cabeza. Veo mi móvil. La pantalla se enciende con un mensaje de Isabella. No tengo la menor idea de lo que dice.
No puedo ayudarla a mi manera.
No voy a romperla.
Siento cómo las grietas van abriendo heridas por mi cuerpo. Carraspeo una vez, me armo de valor.
—Necesito que corras con los electrodos puestos para ver los cambios después de la victoria de ayer —miento, no es eso lo que quiero estudiar.
Lo que quiero comprobar es lo que ya supongo.
Que hemos vuelto a la casilla de salida.
Darcy
Mañana Key viaja a Kentucky para competir y la noto rara. Mal. Está mal y me apuesto los Jimmy Choo que me voy a comprar en cuanto me haga rica que es por su familia. Sonríe mucho, pero se le llenan los ojos de lágrimas todo el rato.
Recuerdo lo que me ha dicho Monique esta mañana.
«—¿Qué haces? —pregunta al entrar en mi dormitorio.
—Preparo algo.
—Darcy, para un momento —me coge de las manos y las estruja en un gesto de cariño—. No puedes solucionarle la vida siendo su amiga.
—Mi intención no es esa, Monique. Pero pese a todo, puedo animarla.
—Escúchame. No puedes cargar con el peso que Keira tiene sobre sus hombros, es solo suyo.
—Lo sé, no es lo que hago. Es mi amiga y la aprecio. Quieres que le vaya bien a la gente que te importa, ¿verdad? Pues eso. Nada más.
—Este bebé todavía no ha nacido y ya tiene mucha suerte de tenerte, bichito».
Mi hermana suele decirme eso a menudo, pero no tengo ni idea de lo que hago la mayor parte del tiempo.
—¿Qué opinas? —Key pregunta, moviendo la cabeza para que su corta melena se mueva con ella.
—Te queda genial, estás incluso más guapa que antes —admito y su cara se compunge con espanto—. Me has oído decir «mejor», ¿no?
—Sí, sí. Gracias. Es solo que no iba por ahí la cosa.
—¿Querías estar feísima?
—Nadie cuerdo querría eso, Darcy.
Curiosa elección de palabras.
—Explícate.
—Lo he hecho solo por comodidad. Me ducho con frecuencia y era un coñazo estar tanto rato con el secador. —Hace una mueca como cada vez que me suelta una trola bienintencionada—. ¿No querías ir a la librería a por no sé qué dark romance?
Estamos en un banco en la calle y ya nos hemos acabado los batidos, así que tendría su lógica que nos fuéramos. Salvo porque yo necesito hacer algo primero.
Darle lo que traigo en la mochila para ella.
Se la ofrezco y durante los primeros segundos cree que solo quiero que me la aguante. Le pido que la abra. Se topa con el regalo y su expresión no me deja indiferente.
—Es para ti.
—¿Qué es?
—Un kit de supervivencia de competición.
Tiene unas galletas de vainilla, unos calcetines calentitos por si los que llevabas se te caen en la ducha y no quieres pillar hongos asquerosos, un par de pastillas para el mareo del viaje, y un diminuto cuaderno de pintar mandalas.
La verdad, dicen que eso último relaja, pero no sé si forzar la vista en los diminutos recuadros conseguirá todo lo contrario. Puedes tirarlo. ¿Te gusta?
—Darcy… —Key junta las manos llevándoselas al pecho y dudo si es el primer regalo que le hacen.
Si me deja, voy a quererla toda la vida.
Las lágrimas vuelven, pero esta vez no parecen tan malas.
Koven Alasdair
—¿Te persigue alguien? —pregunto a Sant Delphi, después de correr cuarenta kilómetros por las calles del vecindario a eso de la una de la puta madrugada—.
Si este es el precio a pagar por tener acceso a un par de dóberman leales y monos…
bueno, vale la pena. Pero joder, cuánto odio tu resistencia, desgraciado.
Intento hacerle bromas, pero no responde.
Sé que tiene que ver con Lauren, la corredora. Irith ya me dejó claro que está pillado hasta las trancas. Ver así a un tío como él, que siempre tiene sus emociones bajo control, asusta que no veas.
Sacudo la cabeza y rezo porque paremos en algún momento previo a que vomite.
Vuelvo a ponerme los auriculares y a escuchar las últimas estrategias de Ferrari, con su nuevo coche de F1. Puede que ya no forme parte de ese mundo, ni nunca más vaya a hacerlo, pero no puedo evitarlo. La obsesión venía conmigo.
Es lo único en lo que pienso cuando no estoy ahogándome en mis pesadillas.
Al acabar de correr, me informa de que se va al gimnasio. Entiendo que lo que quiere es acabar tan agotado que eso acalle la voz de su cabeza. Hago lo mismo que él hizo conmigo en su día.
Retarlo. Chulearle. Ponérselo difícil.
En mi tumba, fijo que pondrán «cometió muchos errores, pero fue un buen amigo».