Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 5 5
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Capítulo 5 5

Isabella me mira como si no supiera si darme la enhorabuena o el pésame cuando entro al laboratorio.

Damon y el resto están forzándose a mantener la cabeza agachada en las pantallas, los monitores, los gorros de EEG colgados como cascos de guerra o cualquier otro instrumental relevante para su tarea.

Hay un silencio tenso en el laboratorio, uno que basándome en las pruebas recogidas hasta la fecha, se debe al mal humor del jefe.

El proyector ilumina la pizarra del principio del aula y ahí es donde aparezco yo, hace varias horas, en Chicago. Hay todo un séquito de anotaciones a mi alrededor y la grabación se reproduce junto a una carrera que perdí.

«Miedo a ganar», «complejo de inferioridad», «autoboicot», «respuesta al éxito: culpa», «bloqueo con conexión directa con lazos familiares»… Siento cómo me voy poniendo roja. Será cretino. ¿Tenía que poner todas sus hipótesis sin confirmar a la vista de cualquiera?

—Tengo una buena familia. Y eso no son más que mentiras —digo en tono arisco, pero nadie dice nada.

Pasados unos segundos, Isabella carraspea.

—Lo importante es que has ganado. El consejero ha permitido que guardemos aquí la medalla —mueve la cabeza hacia el final de la sala y la veo colgada de la pared, expuesta como si fuera un gran trofeo.

Noto cómo una mole de músculos se acerca a mí y el resto de integrantes del equipo finge hablar de vete a saber qué.

—Necesitamos el monitor de pulso y el sensor de zancada, Keira. ¿Los has traído?

Las palabras de Sant Delphi podrían parecer amigables, ¿pero el tono? ¿Y el «Keira»? Oh, eso deja muchas cosas claras.

—No me llames Keira —digo por lo bajo, dándole lo que me ha pedido.

—Es tu nombre.

—Prefiero que me llames extraña. Así me recuerdas lo poco que me conoces.

—Una pena que sobre eso tampoco tengas ninguna autoridad.

—Debería empezar a llamarte Doctor Carlsen. Cada día me recuerdas más a un reputado imbécil sobre el que leí una vez.

—Si eso te hace feliz, Keira —se da la vuelta sin molestarse siquiera en ofenderse por mi insulto.

El resto del día no va mejor. Intento escabullirme con la excusa del entreno, pero como mi tío me deja claro por mensaje que no piensa salir del hospital “para esto”, Sant Delphi no se lo traga.

O quizá se lo traga, pero le da igual. Quizá lo único que quiere es alejarme de mi familia porque, en sus ojos, son demonios.

Escribo a Monique y cuando me dice que tiene un hueco esa tarde, casi chillo de la alegría.

—Quiere echarles la culpa de todo a mi familia y la verdad, creo que es porque su experimento se está convirtiendo en un callejón sin salida, ni resultados.

—Pero hoy has ganado una medalla de oro, ¿no es cierto? —no contesto, pero sí pongo los ojos en blanco—. No me has hablado mucho de las técnicas que usa para distraerte. ¿Te gustaría profundizar en ello?

Me muerdo el labio con fuerza evitando mirarla.

—No.

—¿Y de qué quieres hablar? —pregunta con cariño, acercándose al borde de la silla.

Solo entonces me doy cuenta de que me estoy cerrando en banda otra vez. Exhalo y se me caen los hombros.

—Quiero que me deje tranquila. Que no me lo ponga tan difícil.

—¿Crees que tiene malas intenciones?

—No, pero eso no significa que no pueda hacerme daño. Que no vaya a hacérmelo con tal de tener razón. Siempre quiere tener razón.

—¿Crees que es lo que quiere? —pregunta para confirmar lo que pienso, obligándome a ponerlo en cuarentena, como siempre.

—¿Y tú? ¿Qué piensas tú? Al fin y al cabo, eres la experta. —Me doy cuenta de lo borde que he sonado cuando Monique da un respingo y me encojo de inmediato—. Perdona, no ha sido un buen día.

Nos pasamos un par de minutos en silencio tras su sonrisa amable de «no importa, Keira».

—¿Por qué no has querido tocar la medalla?

—Me sentía mal por Saorise. Tenía arañazos en las manos y la cara.

Pienso en la discusión con Sant Delphi junto a la máquina de café. Pienso en las de después. Pienso en la última que hemos tenido al quedarnos solos en el laboratorio y sin querer, la comparto con Monique.

—Estábamos hablando de lo que supone saber cuidar de alguien y entonces…

«—Actúas como si quisieras mucho a Kobra —digo con toda la intención de molestarlo y también porque es verdad, pero él solo me alza una ceja.

—Por algo será.

—Es todo fachada.

—¿Eso crees?

—Kobra tiene las orejas puntiagudas. Lo operaste y le hiciste pasar por ese calvario doloroso solo por una cuestión estética. Debería darte vergüenza.

—Recogí a Kobra de la calle cuando tenía un año y medio. Ya tenía las orejas operadas el día que lo encontré. Lo habían atropellado y dado por muerto y, de hecho, casi lo estaba.

—¿Lo abandonaron?

Alek asiente mientras a mí se me llenan los ojos de lágrimas.

—¿Y tú te lo quedaste?

—No tuve mucho que decir al respecto, Kobra se adoptó solo. Yo me limité a no oponerme.

El corazón se me hincha en el pecho, me tiembla.

—Por eso Dante tiene las orejas hacia abajo. Porque a él lo tienes desde cachorro y tú nunca se las operarías.

Su mirada se vuelve brillante, cariñosa, durante un segundo, pero enseguida vuelve a ser fría y la conversación vuelve a centrarse en el trabajo».

—Podría ser mentira.

Monique asiente.

—¿Crees que lo es?

Me obligo a encogerme de hombros.

—Todo cuanto tiene que ver con mi familia ha empeorado desde que él llegó. Yo antes no lloraba. No sentía nada.

—¿Crees que te ayudaría cambiar la perspectiva a la hora de tratar lo que está ocurriendo? Me refiero a centrarte en lo que tú puedes hacer para estar cómoda.

Se enciende una bombilla en el cuarto oscuro de mi esperanza.

Monique tiene razón. Tengo que cambiar la perspectiva. No luchar contra la realidad, sino aceptar las cosas como son.

Le gusto. Por eso es así conmigo.

Solo tengo que conseguir dejar de gustarle.