Capítulo 5 2
Chicago, Illinois.
Me volví a teñir el pelo de blanco hace poco, a retocar las raíces y eso.
Nadie en mi familia se ha dado cuenta, pero cierto científico sí. Lo cierto es que no lo he hecho por él, sino por mí. Me encanta cómo me acaricia el pelo, cómo me mira, cómo se lo enrolla en su puño.
No vayas por ahí, reserva todo eso para después.
—Siento hacerte perder el tiempo, entrenador —le digo antes de entrar al recinto.
Creo que lo de hoy tiene posibilidades de salir bien, pero sé que Arnau está cansado de acompañarme a todas partes para verme fallar.
Durante la carrera voy a llevar monitor de pulso y sensor de zancada. El World Athletics lo permite siempre y cuando no sirvan para comunicarse. Así que nada de auriculares. Ufff, qué lástima.
—No puedo evitar pensar que quizá no estaríamos aquí si la noche que vino ese tío a casa, tú hubieras estado en tu cuarto —dice con recriminación.
Una garra gélida me araña la nuca al pensar en esa posibilidad.
¿Ves? Las cosas podrían ser peores.
Sacudo todos esos pensamientos y me centro en el ahora. Lo cierto es que hoy me siento rara. He tenido patrocinadores antes, pero a ninguno le tenía el aprecio que le he cogido a North Star.
Supongo que tiene que ver el hecho de haber conocido a tantas personas agradables allí. Intento recordarme que mi patrocinio no durará para siempre y que el estudio neurológico lo hará todavía menos, pero cada vez me cuesta más.
No sé si alguna vez he sido tan feliz como ahora.
Volviendo al tema que nos ocupa, yo solo voy a correr los cien metros, pero el equipo de atletas femeninas de North Star tiene algunas pruebas más y me gustaría quedarme a verlas. Aún no se lo he dicho a Arnau, pero es que no creo que le guste la idea.
El ambiente está muy animado y eso me relaja. Es como si la gente tuviera ganas de un buen espectáculo y que fueran a pasarlo bien no dependiera de mí.
Mi entrenador me ofrece el dorsal que nos dan en recepción después de identificarme.
—¿No me habías dicho que ese gilipollas no venía? —pregunta en un gruñido.
Creo que me estoy volviendo una mentirosa. Pero resulta que mentir para proteger a Alek, a Isabella o sus trabajos, no me importa nada. «El cine se revoluciona con una nueva versión de Pinocho donde nuestro protagonista es, en realidad, una chica».
—Me dijo que no vendría. ¿Dónde lo has visto?
—Espera aquí.
Lo sigo con la mirada esperando encontrarme a Sant Delphi, pero no le veo. Saco el móvil para llamarle y me entran un porrón de mensajes de golpe.
Darcy
Darcy
QUÉ GANAS DE VERTE EN TELEVISIÓN
Salgo en streaming, no en televisión.
Darcy
EN LA MÍA SÍ!!!!!!!!!
MUCHA MIERDA, KEY!!!!
AHHH Y TE GUARDO ESTO PARA LUEGO
Gracias, Darcy
Significa mucho que se acuerde, ¿pero que vaya a verme en streaming? Me va a doler mucho cuando se canse de mí y desaparezca de mi vida, es una amiga increíble.
De repente el número de Alek aparece en pantalla y descuelgo rápido.
—¿Dónde estás? Creo que mi tío te ha visto.
—Se ha ido a fumar. Mira arriba.
Lo veo apoyado en la barandilla del piso superior. Está encarando la recepción, como si se hubiera quedado ahí para esperarme.
Dios, qué guapo es.
Dios, pero qué guapísimo es.
No me puedo creer que haya tenido el privilegio de besarle alguna vez.
—Falta poco para la carrera. ¿Necesitas algunas frases de ánimo?
Me pongo roja y sacudo la cabeza.
—Ya tengo muchas, gracias —Quiero correr, no correr(me).
Él parece escuchar la voz de mi cabeza porque le oigo reír incluso más allá del teléfono.
De repente, algo se me agarra a la garganta.
Voy cambiando de una emoción a otra sin freno, esto es nuevo para mí, pero dejo que la emoción que siento me envuelva como quiera.
—Gracias por venir. En serio.
—No hay de qué.
—Para mí sí hay de qué. Gracias, Alek.
Asiente y cuando desvía la mirada, le imito y vemos a mi tío. Me doy la vuelta, me despido de él por teléfono sin mirarle y cuelgo.
Mi tío enseguida dice de ir a la pista a calentar.
Ya falta muy poco para la competición.
La pista tiene ocho carriles. Los tacos de salida están alineados como pequeños dientes metálicos, listos para morder el primer paso.
En la curva, el tartán rojo cambia ligeramente de tono por el desgaste.
En el centro del estadio está el césped de un color muy intenso, a lo verde radioactivo, si me preguntan a mí.
Allí colocan la zona de salto de longitud y triple, con el típico foso de arena, y la pértiga y el salto de altura con sus colchonetas enormes.
Me encantan los estadios. Y me encanta correr.
Las primeras en competir somos las de los cien metros.
Veinticuatro corredoras divididas en tres series.
Ver a los dos primeros equipos ha sido agradable.
Pero solo porque Arnau me ha dejado escuchar “mis apuntes” en el móvil.
Una grabación de Sant Delphi que él mismo ha hecho de camino a mi casa esta mañana y que me ha sacado los colores por ser demasiado explícita.
Socorro.
Tras unas rondas de calentamiento, nos avisan a las de la última serie para que nos coloquemos en posición. Ha llegado el momento.
Lo busco entre las gradas, entre los familiares de todas las que compiten hoy aquí, pero no lo veo. No importa, sabes que está aquí contigo. Ha venido a Chicago solo con tal de verte a ti.
—Suerte —dice de forma genérica la primera corredora en colocarse en posición.
Musito un «igualmente» tímido, convencida de que no lo ha dicho por mí.
Al ponerme en posición en mi carril empiezo a pensar en mi hermana, en sus gritos, en las fotos, también en mis padres, en la culpa, en…
Él. «Falla y haré que corras desnuda».
Esta vez, la nube oscura sobre mi cabeza y el silencio habitual precarrera no está por ninguna parte, su voz sí. Me coloco en posición y los nervios se vuelven algo muy parecido a la emoción. La adrenalina zumba por mis venas.
Puedes hacerlo.
No es mi voz la que me lo dice. Es la de Alek.
[Preparadas].
Dan la salida.
Y echo a correr.
Devoro los primeros veinte metros. Alcanzo los treinta. Siento que mi cuerpo levita. Golpeo el tartán con fuerza explosiva. Mis extremidades son el empuje que parte el aire y me propulsan.
Es alucinante. Cuarenta metros. Cincuenta. NO ME RECONOZCO.
«Encuéntrame en cuanto acabes la carrera y te comeré el coño en los vestuarios».
Dios ¿podrías no estar en mi cabeza un solo segundo?
«Sal conmigo».
No me doy cuenta de dónde me llevan mis pies hasta que ocurre. Ochenta. Noventa. Antes de que pueda asimilarlo cruzo la meta.
La primera. Cruzo la meta la primera, porque gano la serie. Yo.
No. Lo. Entiendo. ¿Y mi bloqueo? ¡¿Dónde ha ido a parar?!
Entonces oigo los gritos del público y un par de corredoras se acercan a mí para darme la enhorabuena, todavía recuperando el oxígeno. Me llevo la mano a la boca, al pecho. La palabra incrédula se queda corta para lo que siento mientras mi cara sale en la pantalla grande.
He ganado carreras antes, hace tiempo, pero siento que esta es la primera victoria real de toda mi vida.
Ninguna ha sabido tan bien como esta. ¡¡HE GANADO!
! Mi visión se vuelve borrosa y oigo algo similar a una carcajada.
La mía. Veo las palabras «North Star» junto al primer puesto y no soy capaz de asimilarlo.
[ gana su serie para North Star gracias a su increíble tiempo y se coloca primera en la clasificación general de los cien metros…]
Trotando, le busco en las gradas, pero Arnau me encuentra antes.
—Entrenador, ¿has visto lo que…?
—Saorise ha tenido un accidente de coche.