Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 5 1
52%

Capítulo 5 1

Sant Delphi

Nos levantamos temprano para que Lauren vuelva a casa antes de que su familia note su ausencia.

—Quiero llevarte yo a Chicago —le digo poniéndole un café delante cuando se sienta en la isla, lo cual me trae muchos recuerdos maravillosos.

Mi casa me gusta más desde que Lauren está en ella.

—No puedo ir sin mi tío —pone una mueca de horror—. ¿Y si decide no ir? ¿Y si me ponen alguna pega o me descalifican? ¿Y si todos vuestros esfuerzos son en vano?

Joder, que tenga que estar pendiente de todos para que no le fallen, me cabrea.

Elijo no ponerla más nerviosa y, en vez de insistir, la beso. Quizá luego pueda proponerle que se quede en Chicago conmigo a pasar el día.

—De acuerdo, te veré allí entonces.

Se le iluminan los ojos con agradecimiento. La vuelvo a besar y no puedo evitar pensar en lo de anoche. Estaba tan asustada que solo de pensarlo, soy incapaz de tragarme el café que acabo de sorber.

Grandísimo hijo de puta por quitarse el condón sin su puto permiso.

Por A o por B, voy a acabar en la cárcel. Lo veo venir.

—Te estás enfurruñando. ¿Estás enfadado?

Se me relajan los músculos y la expresión, ocupo un taburete y la siento en mi regazo.

—¿Tienes algún ritual?

—¿Ritual?

—Algo que acostumbres a hacer el día de una competición importante.

—Ahh, sí. Morirme de miedo.

Le abro la boca y le chupo la lengua cabreado con el café por arrebatarme parte de su sabor.

—¿Y si instauramos un ritual? El ritual del éxito.

—Si me dejas agotada por follarme hasta las ideas, lo que va a ser es el ritual del fracaso.

Sacudo la cabeza, aunque no voy a negar que suena tentador de cojones.

—Podría valer con decirte tres verdades —pienso unos segundos. Ladeo la cabeza y curvo la sonrisa—. Has nacido para ganar, solo voy a estar orgulloso de ti si ganas, y…

—¡Eh! ¡Eso es injusto! ¡Háblame de presión! —salta quejicosa.

Oigo un montón de patitas correteando desde el piso de arriba. Los niños están despiertos.

—A llorar a la llorería.

—Pero bueno —se ofende.

—Solo sería injusto si no pudieras ganar de calle a cualquiera que se atreva a competir contigo. —La acerco a mí—. No voy a tener contigo nada más que mano dura.

—Ya lo veo. —Hace una mueca para ocultar la sonrisa—. ¿Cuál es tu tercera verdad, cruel y despiadado Sant Delphi?

—Encuéntrame en cuanto acabes la carrera y te comeré el coño en los vestuarios como premio, campeona. —No sé si eso sería un premio para ella o para mí.

Joder, ojalá me dejara empezar ahora mismo porque…

Kobra y Dante entran en la cocina y nos saltan encima pidiendo su desayuno con insistencia.

—Pero qué madrugadores, si todavía es de noche —dice Lauren agachándose para acariciarlos y darles los buenos días.

Alguien llama al timbre y voy a ver quién es.

—¿Es que todo el mundo tiene alterados los biorritmos o qué? —La oigo decir.

Contengo la risa como hago el noventa por ciento del tiempo que paso con ella. ¿Por qué? Porque si no parecería un gilipollas que se chuta las drogas más duras o un tonto del culo enamorado. Revelar mis cartas nunca ha sido mi estilo.

—¿Qué haces tú aquí? —arrugo el rostro nada más abrir la puerta.

—Au —dice antes de pegarme—. Buenos días a ti también, cretino.

—Perdona, Irith —abrazo a mi hermana y la invito a pasar.

Kobra y Dante vienen nada más oírla, y Lauren viene detrás. Mi hermana los recibe agachándose para mimarlos y sacarse del abrigo un par de chuches porque es fan de comprar su cariño con regalos, aunque no le haga ninguna falta.

—Oh, no sabía que tenías compañía. Hola, cielo.

—Hola, ¿cómo estás, Irith? —pregunta en el tono más dulce del mundo, acompañado de una sonrisa de oreja a oreja que me hace querer arrastrar a Lauren al piso de arriba y hacerle de todo.

Mi polla se endurece un poco más.

—Bien. Gracias a tus dotes deportivas puedo pasarme el día con estos dos diablos. Te debo la vida.

—Oh… no… bueno, gracias… o sea…

La.

Arrastro.

Arriba.

Joder.

—Pero no te creas que nos vamos a perder tu competición, ¿eh?

—¿C-cómo?

—Ya le he pedido el link a mi hermano. Tendré que buscar un sitio alto en el que poner mi tablet para que Kobra y Dante no me la babeen nada más verte aparecer en pantalla.

Miro a Lauren y parece a punto de llorar y de tener un aneurisma. La atraigo hacia mi pecho y la rodeo con los brazos, no sé a quién de los dos pretendo calmar más.

—Te estamos muy agradecidos, Irith. Voy a llevar a Lauren a su casa. Puedes coger todo lo que quieras de la nevera, o si lo prefieres, puedo comprarte algo a la vuelta.

—Churros. Y galletas de chocolate. Y más churros. —Se toca la coleta y se pellizca un labio con otro—. Vamos a tener compañía.

—¿Has obligado a Koven a ser el canguro número dos?

—Terapia con perros, está estudiadísimo, hermanito.

No voy a hacer ningún comentario.

—Haced lo que queráis —digo a sabiendas de que es muy probable que Dante y Kobra terminen cuidando de ellos dos.

Me llevo a Lauren hasta el coche antes de que algo de mi familia la haga salir corriendo.

—Tu hermana es un encanto.

No le contesto. No, porque si lo hago, será con algo que la deje agotada, saciada y despeinada antes de llegar a su casa y siento que, de ser así, la estaría traicionando. Ella se encarga de llenar el silencio.

—¿No es curioso que el plural de dóberman sea dóberman y no dóbermans? Es porque es un sustantivo esdrújulo que termina en n, así que el plural es invariable —la miro alzando las cejas y se encoge un poco en el estómago, sonrojándose—. Lo busqué el otro día.

—Qué preciosidad, joder —gruño entre dientes, apretando más el volante.

Ha buscado cómo referirse a mis perros.

¿Estamos todos de acuerdo en que me lo está poniendo muy difícil, no?

Menos mal.

Apago el motor a una calle de su casa y ella está a punto de bajarse del coche, pero cojo su mano para que no lo haga.

—Debería irme ya.

—Ya lo sé.

—Pues para eso tendrías que soltarme la mano —suelta una risita.

—Sal conmigo.

Se queda muy seria. Me suelta la mano despacio y siento un puñal cortándome la garganta y otro el corazón.

—No quiero que salgas conmigo por pena, Alek —musita.

Dios. DIOS.

—¿Estás bien? Parece que te va a dar un ataq… —deja de hablar cuando estampo mis labios contra los suyos y la beso furioso.

Me la como intentando que entre en razón y deje de decir barbaridades. Y honestamente, para no decirlas yo también porque con gusto le pediría que fuera mucho más que mi novia.

—Nunca he disfrutado tanto del sexo como contigo. Además, mis dóberman te adoran. ¿Puedes hacerme el favor de salir conmigo? Te cocinaré lo que quieras. Estoy dispuesto a sobornarte.

Sonríe de oreja a oreja y se muerde el labio, como si temiera decir que sí.

—No has debido tener mucha suerte con tus rollos si yo soy tu mejor polvo.

La sujeto por las mejillas. Pienso arrancarle las dudas y el autodesprecio a besos, con amor y follándomela hasta cambiar su forma de caminar. La hago gemir metiéndole la lengua y tomando posesión absoluta de su boca. Entonces ya estoy empalmado del todo.

—Hazme el favor, Lauren MaKena.

—Vale. Saldré contigo.