Capítulo 5 0
Alek me abraza hasta que dejo de llorar y busco sus labios. Sus besos son lentos, profundos, sentidos y en absoluto expectantes. No quiere nada de mí. No hay recriminaciones. No me exige nada.
Y descubro otro escalón más de deseo.
Me dan ganas de llorar de nuevo, pero esta vez por una razón bonita.
—¿Qué pasa? —pregunta dándose cuenta una vez más de todo lo que no verbalizo, de la tormenta que tengo dentro.
—Estás hecho para mí. Pero yo no estoy hecha para ti. No valgo nada. No tengo nada que ofrecerte.
Sus ojos se llenan de oscuridad como si le hubiera hecho mucho daño. Exhala despacio y me hunde los dedos en el pelo, acariciándome la mejilla con el pulgar.
—Entonces no me ofrezcas nada. Aquí tengo todo cuanto necesito. Tú solo… No me des la espalda.
Quiero decirle que eso no es justo, que debería buscarse algo mejor, pero me da demasiado miedo que lo haga. Que se vaya de mi lado.
Debí alejarme cuando podía, ahora ya no puedo.
—Puedes tener miedo a mi lado, Lauren. Puedes hacerlo todo conmigo.
Otra vez leyéndome la puta mente. La rabia, la lujuria y el deseo profundo de tocarle el corazón hacen que me mueva contra él, avivando su erección. Anhelando acabar con todas las barreras entre su cuerpo y el mío. Cediendo a las esposas invisibles que me atan a él.
Aparto la sábana cuando su lengua se mete tan dentro de mi boca que no sé ni quién soy. Gimo de placer y juro que no encuentro razones en el mundo para volver a llorar nunca más. Este hombre y sus poderes.
En cuanto ve mis intenciones y dejo su erección al descubierto, Alek me mueve hacia atrás para que su polla ni siquiera me roce.
Se inclina hacia la mesita de noche a por otro condón y me lo ofrece para que sea yo quien se lo ponga.
Para darme todo el poder. Para demostrarme que lo que yo haga será inamovible.
Lo cojo y lo pillo con los dientes. Antes quiero hacer una cosa.
Le rodeo la erección con los dedos y me acerco a él con el corazón latiéndome desbocado. Le acaricio con suavidad de la punta a la base y me inclino para darle un lametón, para pasar mis pechos por la punta.
—No te tengo miedo —aclaro depositando un húmedo beso en su barbilla antes de inclinarme un poco hacia atrás y llevar la punta de su glande a mi clítoris.
Esto no es solo para él. Me ayuda a lidiar con mi trauma.
—Lauren —me acaricia las piernas sin saber dónde meterse, maldiciendo entre gruñidos mientras me elogia sin dejar de mirar su polla rozándose entre mis pliegues, siempre de forma externa.
No soy capaz de aguantar más la tortura, así que le pongo el preservativo.
Lo hago despacio, jugando con sus huevos con la otra mano, intentando que le guste tanto como me gusta él a mí. Una vez estamos libres de preocupación, me atrae hacia sí con un solo movimiento y yo me siento sobre su regazo.
Emitimos un gruñido a coro.
—Santo dios. ¿Esto es lo habitual? —se me escapa, convirtiéndome en una absoluta pringada.
—Contigo, sí. Siempre.
Me suben los colores. Solo pienso en él, en nadie más. Me ha jodido al resto de los hombres, no voy a poder follar con nadie más, pero ni siquiera me importa. Si puedo disfrutar de esto un segundo más, estoy dispuesta a pagar el precio el resto de la eternidad.
Me besa por el hombro, el cuello, la boca. Me acuna los pechos, el culo. Me inclina hasta que el ángulo hace que el roce de mi clítoris sea de-men-cial.
—Eres preciosa —dice con la mirada vidriosa mientras lo siento palpitar dentro de mí.
Me encantaría ser la mujer que él ve. Seguramente mi vida sería más fácil.
Me arquea la espalda cuando ya no hay más espacio, cuando está por todas partes y le siento chocar contra mi corazón, es cuando pasa.
Mis paredes internas vibran, mis piernas tiemblan y el orgasmo me barre ante su atenta mirada. Cada vez el placer se acentúa un poco más y estoy segura de que si seguimos así, a la próxima me desmayaré.
Él se corre cuando todavía no he acabado, prolongando mi placer. Un grupito chungo de sensaciones salvajes me corroen, me muerden y me escupen a un lago lujurioso de deseo infinito.
Alek se aferra a mi cuerpo con todo su ser y yo le rodeo con los brazos atrayéndolo hacia mí. Fundiendo nuestras bocas entreabiertas en un beso que no llega a serlo del todo.