Capítulo 4 9
—¿Cómo estás? —me pregunta Isabella antes de que me marche del laboratorio llegada la tarde.
Todavía quiero hacer unos circuitos más y con suerte una carrera suave. Mañana es el gran día.
—Muy bien, hoy tampoco me he bloqueado —digo repasando las competiciones amistosas de esta mañana, con algunas de las atletas femeninas de North Star.
Mañana temprano viajamos a Chicago y antes del entreno de hoy, estaba nerviosa. Tenía la garganta irritada de lo que he llorado estos días y la cabeza llena de ruido. Digamos que no me sentía una ganadora en absoluto.
Pero lo he clavado.
Sant Delphi me ha ayudado mucho con sus “palabras de ánimo”.
—Me alegra mucho. Siento si causé problemas en la cena, llevo días queriendo decírtelo.
Quiero cogerle las manos y darle un apretón, pero me aguanto las ganas cuando estoy a medio camino porque no le gusta que la toquen.
—No, yo… Gracias por venir, Isabella. Y por ser una científica tan brillante. Te admiro mucho. —Le sonrío y me marcho antes de que tenga opción a decir nada más.
Tras la sesión con Monique, le doy vueltas a si debería habérselo contado todo o no. A veces las sesiones con ella no me dan paz, me dejan intranquila y con dolor de estómago, y mañana es un día muy importante.
No pasará nada por enterrar un poquitín mis sentimientos, ¿no? Es por una buena causa.
Hemos hablado de otras cosas. Le he preguntado por la bolsa que he reconocido en su mesa y me ha enseñado los patucos de koalas que Darcy y yo compramos para su futuro bebé. Luego me ha preguntado si podía darme un abrazo y he dicho que sí.
Pero mientras lo hacía he pensado que quizá la razón por la que nunca le he caído bien a mi tío es porque era el único, aparte de mí, que no podía ir a esos viajes familiares. Por mi culpa. Quizá me guarde rencor por ello.
Estoy a un par de calles, a punto de llegar a casa, cuando mis pies se detienen muy reacios a seguir adelante. Haciendo una mueca, saco el móvil y pruebo suerte.
—Hola, no sé si tienes algo que hacer, pero quería saber si podemos vernos.
Sant Delphi ha insistido en que mañana vendrá a verme competir.
A. Chicago. ¡!¡!¡!
No lo entiendo, sé que tiene muchísimo que hacer, entre otras cosas, dar clase de plasticidad cerebral. Pero ha dicho que no estaba abierto a debate. Y la verdad, mejor, porque la idea de que venga… uffff, me gusta muchísimo.
—¿Has cenado? —es lo primero que me pregunta cuando me abre la puerta.
—N-no —digo jadeante.
—¿Has venido corriendo? ¿Por qué no me has dejado ir a buscarte?
—Quería un último entreno antes de mañana —me pongo de puntillas, lo agarro por los hombros y busco su boca hasta que la encuentro.
El beso es torpe y desesperado hasta que él tira de mí y me coge en brazos. Le rodeo la cintura con las piernas y dejo que me lleve al piso de arriba. Ni siquiera tengo oportunidad de saludar a mis dóberman favoritos.
—Me encanta que hayas venido a verme —dice hinchándome el corazón.
—Me encanta que… dios, sabes a pasta, qué delicia.
—Estaba preparando la cena. Tenía pensado ir a buscarte y comprar tu compañía con unos raviolis carbonara.
Sus palabras me curvan los dedos de los pies y hacen que me muera de ganas de chupársela. De hacerle sentir bien. De suplicarle que no se canse de mí.
Una cama. Solo hace falta eso para llevar lo nuestro al siguiente nivel. En cuanto las barreras desaparecen y empieza a tocarme… En serio, creo que no hay tope de placer. Creo que el final llegará cuando mi cuerpo no pueda resistirlo más.
No podemos dejar de manosearnos, de besarnos, y cuando llega el ansiado momento (al menos por mi parte) del sexo con penetración, sigo hambrienta de él, pese a llevar ya tres orgasmos encima.
Hoy está muy callado, tiene la mirada brillante y si no fuera porque me besa como si fuera su fuente de la vida personal, pensaría que ya no le gusto.
Pero digamos que por eso me como un poco la cabeza.
Por eso no puedo estar cien por cien presente.
Por eso pasa lo que pasa.
—Alek, ¿llevas el condón puesto? —pregunto después de que me embista y el cabecero de la cama se sacuda.
Me besa, venerando mi cuello, acariciando mis costados con pura admiración. No parece oírme. Estoy muy abierta de piernas y él está encima. Es evidente que no podría moverlo si él no me lo permitiera.
Un cúmulo de imágenes horribles me vienen a la cabeza mientras paralelamente recuerdo la cara de reproche de la mujer de la farmacia, lo vacía que me sentí y lo que lloré.
Empiezo a ponerme nerviosa.
—Alek —suplico en un jadeo ahogado y se me escapa una lágrima, entonces él se congela.
Se arranca de mí en un segundo rápido, se quita de encima y me mira horrorizado.
—¿Lauren? ¿Qué ocurre? ¿He hecho algo que…?
—¿Llevas el preservativo puesto? —repito una vez más, con la voz temblorosa.
—Sí —dice sin entender, como si dudara si hablamos el mismo idioma. Aun así su tono es dulce, confuso, pero dulce—. Sí, por supuesto. Claro. Me… Me has visto ponérmelo, ¿recuerdas? —Se aleja de mí un poco más aunque no quiero que lo haga—. ¿Qué ocurre?
—Él… —sollozo apartándome todas esas lágrimas que me traicionan, viniendo cuando menos las necesito—. Stefano se quitó el condón sin avisar una vez.
Pasa un segundo. Su rostro se vuelve anguloso, lleno de esquinas afiladas, frío.
—¿Se lo quitó sin tu permiso?
—Dijo que era una broma. Yo… tuve que tomarme la píldora del día después. Fue horrible, traicionó mi confianza, y…
Y ahora estoy un poco rota o en la puta mierda, como lo quieras llamar.
Me arrastra contra su pecho y me acuna. No hay nada sexual en el gesto, solo protector, como si le doliera en sus carnes lo que le acabo de contar y me necesitara a mí para consolarse.
—Tienes que darme su dirección, Lauren.
Pocos podrían percibir el peligro que hay tras sus palabras, pero yo lo oigo a gritos. Es puro instinto asesino.
—No. No.
—Necesito dejarle unas cosas claras. Comprarme un bate de metal y “gastarle una broma” hasta que la cabeza se le desprenda del cuerpo.
—No quiero volver a verle. Y no quiero que tengas nada que ver con él. Tú eres bueno. Tu corazón es bueno. —Le pongo la mano en el pecho, lo cojo de la cara—. El suyo no lo era.
—Pues por eso mismo.
—No. Por favor —sollozo.
Su cuerpo se amolda al mío y noto como cede aunque no lo diga. Me aparto lo justo para mirarle a los ojos.
—Necesito oírtelo decir, Alek. Prométemelo.
—Te lo prometo.
Es aterrador pensar en que él nunca traicionará mi confianza.
Tener la más absoluta certeza.
He vivido sin ella, sin conocer ni remotamente esta sensación. Acabo de tocarla por primera vez con la punta de los dedos y ya sé que si me la arrebata, me destrozará viva.
Alek se mueve rápido, se deshace del preservativo y vuelve hasta mí tapándose con una sábana antes de subirme de nuevo en su regazo. Me duele que crea que desconfío de él.
Al entrar en pánico sucumbiendo a las pesadillas, le he hecho pensar que dudaba de él. Eso me pone aún más triste. No tiene pinta de que se me vayan a acabar nunca las lágrimas.