Capítulo 4 8
Sant Delphi
La veo salir de casa con el chándal puesto y cómo echa a correr, empezando su entrenamiento. Espero a que gire la calle para bajar del coche y llamar su atención.
—Anda, hola —se detiene y tiene muy mala cara.
Algo terrible ha tenido que pasar.
No solo porque sus ojeras se han oscurecido muchísimo en las escasas horas que llevamos separados, sino que su cara…
—¿Cuándo te fuiste?
—Poco después. Me dormí solo quince minutos. No es nada personal, tengo mucha actividad cerebral. Aunque bueno, eso lo sabes tú mejor que nadie —fuerza una risa, pero me duele en el pecho.
—¿Qué ha pasado?
—Nada, nada. Yo… debería empezar a calentar ya, no quiero llegar al parque con un montón de vueltas pendientes.
La cojo de la muñeca cuando intenta irse.
—Cuéntamelo.
—No es nada —le tiembla la voz y el labio inferior, y los ojos se le llenan de lágrimas—. Fui a pedirle perdón a Saorise y…
—¿Que hiciste qué?
—Iban a tomarla contigo y con Isabella, no me costaba nada disculparme y…
—se le corta la voz por el llanto y me cuesta todo el autocontrol no volverme loco—.
Vi una foto y… resulta que todas las veces que yo competía en carreras importantes y ellos “no podían” asistir al evento…
se iban de vacaciones. Han estado en Japón, en Noruega, en un montón de sitios.
Pero no pasa nada —solloza—, no tienen por qué ser fans del atletismo cuando ese deporte le parece un rollo a todo el mundo.
La atraigo hacia mi pecho, la aprieto con fuerza y baja todas sus barreras dejando salir la tristeza contenida. Llora con violencia mientras se le sacude el pecho y repite «no sé por qué lloro» una y otra vez.
—Vas a terminar con una úlcera estomacal. O con un cáncer —dice Koven cuando voy a verlo a su casa al mediodía, tras tener que aguantar la cara de gilipollas de Arnau sin poder tener el gusto de partírsela.
De estrellar mis nudillos contra su mandíbula una y otra vez. De coger uno de los taburetes de laboratorio y abrirle la puta cabeza. De… vale, creo que ya hemos captado el mensaje.
—Muy gracioso.
—No estoy de coña. Tanta furia contenida no es buena. Te va a salir por algún sitio y el más común es la salud —bebe un trago de su cerveza.
—¿Y qué hago? ¿Los mato? Imagino que Lauren los echaría de menos.
—No lo sé, tío. Es jodido porque está claro que ella no ve las cosas como son.
—¿Cómo podría? La han criado como un mueble. Han relacionado su valor con el poco ruido que hace y lo poco que estorba. Su madre la ningunea, su padre ni la ve, y su hermana es una arpía egocéntrica que…
—Vale, vale, vale. Los odiamos, me ha quedado claro los primeros cuarenta y cinco minutos —levanta las manos—, pero no estás viendo la parte positiva de esto. Ha llorado contigo. La apatía que tenía al principio, ya no está. Me gustaría pensar que mis increíbles besos han tenido algo que ver.
—¿Quieres que te separe la cabeza del cuerpo, chaval?
—Era broma, joder, para rebajar tensión. Pero en serio, estar contigo le hace mucho bien. Quizá solo sea cuestión de tiempo.
—No puedo darle tiempo. Quiero que viva conmigo. Necesito alejarla de ellos ya.
—Vas a darle miedo si le dices eso. Es muy pronto. Ni siquiera os habéis… oh, joder, ¿os habéis acostado y no me lo has dicho? Pues sí que te gusta.
Lo dice como si fuéramos la clase de tíos que comparten historias con todo lujo de detalles. Ninguno de los dos lo somos.
Puede que sí la asustara, pero no como le gusta. Esta vez podría provocar que se alejara de mí. Además, no sé qué justificación podría darle a su familia sin decirles que está con ese tío a quien detestan.
—Isabella quiere que nos apretemos el cinturón y le demos parte de la subvención para alquilarse algo sola.
—Siempre me ha caído bien esa lunática, pero hay algo que no me cuadra —dice y sé que no quiero oírlo solo con ver la cara que ha puesto—. ¿Cómo es posible que con lo bien que corre Keira, no tenga un buen colchón de dinero? Ha ganado unas cuantas medallas.
Cierro los ojos y exhalo. Me froto la mandíbula y me revuelvo en el sofá de Koven.
—No jodas… —dice—. ¿Crees que…?
—Sí, Koven. Lo creo.