Capítulo 4 7
Llego a casa a eso de la una de la madrugada. Me sorprende ver que las luces del salón aún están encendidas.
Los besos de Sant Delphi todavía vibran por mi cuerpo cuando el frío de la discusión que oigo me enfría la piel.
—Por la mañana contactaremos con el consejo de North Star. Se le va a caer el pelo.
—¿De qué habláis? —pregunto entrando en el salón.
Mi padre y mi tío se giran hacia mí con cara de pocos amigos.
—Mira quién ha decidido volver.
—Os acostáis, ¿no? Se le va a caer el pelo, por listo —dice Arnau.
—Anda qué… —mamá me abraza desde detrás—. Para un novio que tienes y te lo buscas mayor, tú también. Aunque debo admitir que es un impertinente atractivo.
Me aparto de ella, como si alejarla apartara de mí esta situación.
—No es mi novio. No me acuesto con él —miento.
Puedo contar con los dedos de una mano cuántas veces he mentido a mis padres y juraría que me sobrarían tres o cuatro dedos, pero esta vez me sale automático porque no puedo poner a Sant Delphi en riesgo. No cuando todo lo que ha hecho ha sido ayudarme.
—Venga ya —mi padre se carcajea y suena cruel.
—Arnau dice que va mucho a verte entrenar, que está constantemente con vosotros y que es muy protector.
—Lo es, mamá, pero no conmigo, con su proyecto —sueno tan convencida que casi me creo mis propias palabras.
—¿Entonces ha sido grosero con tu hermana y nos ha faltado el respeto a todos nosotros porque sí? —vocifera mi padre.
Se me revuelve el estómago.
Recuerdo todas las veces que discutí con ellos, me sentía igual de mal que ahora. Es como si algo funcionara mal en mi cabeza y no pudiera ver lo que ellos ven, como si no pudiera estar de acuerdo con ellos por mucho que me esforzara.
—Supongo que Sant Delphi creía estar haciendo lo correcto, no lo sé —digo, sintiendo cada una de las cinco palabras como una traición a mí misma.
Tú tampoco eres de la que dice siempre lo mismo, no eres como Sant Delphi, no eres de fiar.
Otro retortijón me hace llevarme la mano al estómago. Ellos siguen hablando como si no estuviera en la habitación.
—¿Y la rubita? Menudos aires de superioridad se gastaba. Ha mirado a nuestra Saorise por encima del hombro —dice mi padre.
—Seguro que se la chupa a Sant Delphi, por eso es su mano derecha —Arnau resopla—. Si no, ¿de qué?
Me arde la garganta de las ganas de llorar.
Ellos no son así. Odio esto.
Isabella es brillante. Sant Delphi es un buen hombre.
—Si me disculpo con Saorise por lo que ha pasado esta noche, ¿podríais dejarlo pasar?
—Claro, cielo. Es una buena idea —mamá interrumpe las quejas de mi padre, me da un beso en la mejilla y se sienta en las rodillas de Flink MaKena—.
Además, no es como que seamos de la clase de persona que reclamaría una donación.
Ya está hecho. Fin de la historia. ¿Nos vamos a dormir?
Ya he acabado con los platos y estoy muerta.
Mi padre sigue cabreado y mi entrenador sigue soltando comentarios asquerosos, pero no los oigo porque ya estoy subiendo las escaleras en dirección al piso de arriba.
Entro a la habitación de Saorise. Huele a vainilla porque tiene muchas velas aromáticas encendidas junto a la ventana. Su cama con forma de esfera está en el centro y en el techo se reproduce una película gracias al proyector.
—¿Podemos hablar?
—¿No has hecho ya bastante? —pregunta James, acariciándole el pelo a mi hermana.
Me quedo junto a la cómoda, esperando en silencio sin tocar nada.
A ella no le gustó nunca que tocara sus cosas. Hasta que no cumplí los dieciocho no se me permitió entrar en su cuarto y para entonces ya debía irme a la universidad, así que no hizo falta. Es una habitación muy bonita.
—¿Me traerías un vaso de leche caliente, cielo? —le pide a James, parando la película y dándole un beso en la frente.
Cuando era pequeña solía envidiarlos. Soñaba con tener un amor como el suyo. Hace tiempo que ya no me pasa. Supongo que tiene que ver con mi apatía. Esa que Alek me está arrancando de la piel a base de orgasmos.
James se marcha y yo me quedo con ella.
—¿A qué has venido?
—A pedirte perdón.
—Vale, sigue hablando —alza una ceja y se incorpora en la cama, cruzándose de brazos.
—La cena no ha salido como esperaba. Lamento lo que…
—Quiero que busques la manera de hundir a la rubia —interviene—. Esa no sabe con quién se ha metido. ¡Pero lo va a saber!
—¿Hundirla? Isabella no ha hecho más que ayudarme.
—¡Soy tu hermana, haz lo que te pido! —chilla dándome un susto de muerte, retrocedo y me choco con la cómoda.
De un cajón medio abierto y lleno a reventar caen un montoncito de fotos que se esparcen a mis pies. ¿Pero qué…?
—¡No las toques! —grita Saorise desde la cama, pero mi necesidad por enmendar el error me puede y me agacho a recogerlas.
Entonces me fijo en lo que tengo delante.
Veo a mamá y a papá. Y a Saorise. Están en una playa muy bonita.
Desértica. Lo raro es que no me suena ese lugar.
Saorise tiene edad de ir al instituto. En las de más arriba, salen en la nieve.
James también está en esas. No recuerdo hacer ningún viaje a la nieve.
¿Eso que ha caído junto a mi pie son mamá y Saorise en Japón?
—¿Qué es todo esto?
—Nada, ¿vale? ¡¿Por qué siempre tienes que estar tocando mis cosas?! —alza la voz recuperándolas todas, pero hay demasiadas como para que pueda impedirme seguir mirándolas.
—¿De cuándo son esos viajes? ¿Y por qué yo no estoy en ellos?
—Tenías mucho que entrenar para ser la mejor y todo eso —me quita la foto que tengo en la mano con rabia—, y competir. Lo tuyo eran las medallas, ¿no? —resopla—. No puedes pretender que nosotros nos quedáramos mirando, a tu sombra. Queríamos vivir.
Poco a poco entiendo lo que está queriendo decirme.
Todas esas veces que sentí su ausencia en los campeonatos, incluso en los más importantes, cuando no podían dejar sus quehaceres. La negación es lo único que oigo al fondo de mi cabeza. «No».
—¿Qué son esos gritos, niñas? ¿Otra vez discutiendo? —mamá entra en la habitación y yo me giro hacia ella.
Cojo una foto del suelo y se la enseño.
—¡Argh! Largaos ya de mi habitación —gruñe Saorise, pero yo siento que mis pies se han vuelto de plomo.
—Oh, vaya —mamá hace una mueca divertida—, nos has pillado. —Extiende los brazos para que me acerque a ella y cuando no lo hago, viene por sí misma a darme un abrazo—. No te enfades, tonta, ¿qué le vamos a hacer? El atletismo nos aburre muchísimo.
—Además, ¿por qué iba a importarnos? Ni que tú vinieras a verme hacer los deberes.
—Shhh, Saorise. Cielo, era nuestra manera de desconectar. No te lo tomes a pecho.
Los primeros segundos estoy convencida de que voy a llorar. Pero luego, no… no me sale ninguna lágrima. Ni una sola.
Las miro, desvío la vista de una y a otra, y luego salgo de la habitación sin más. Sin decir nada.
—Ya se ha enfadado otra vez. Anda que tú también, ¿para qué se lo cuentas?
—Ha sido ella, ¡ha empezado a rebuscar entre mis cosas y se las ha encontrado!
—Bueno, no te preocupes, ya se le pasará. Así tiene dos problemas, enfadarse y desenfadarse.
—El día que deje de ser tan susceptible…
Las oigo cada vez más lejanas y cuando cierro la puerta de mi dormitorio, dejo de escucharlas por completo.
—No pasa nada —me digo con voz temblorosa—, el atletismo es mi hobby. Ellos no tenían por qué involucrarse.
Pero esta vez no me convenzo.