Capítulo 4 4
Creo que me he muerto. ¿Estoy en el cielo? Estoy convencida de que el paraíso tiene que oler así. Pd: en mis memorias, que alguien ponga que ver a Alek Sant Delphi cocinando es una experiencia religiosa.
—Si no dejas de comerme con los ojos vas a quedarte sin hambre para cuando termine, extraña.
—Para nada, doctor Sant Delphi. Tengo tanta hambre que podría comerme un caballo —admito acariciando las orejas caídas de Dante *lo único que consigue que deje de dar vueltas a mi alrededor y se calme* mientras Kobra apoya su bonita y grandullona anatomía en mi regazo.
Mañana no voy ni a sentir las piernas.
No puedo esperar.
Todo ha sido muy bonito. Quería estar con los dos dóberman, pero también quería verlo cocinar.
Y no puedo hacer ambas cosas desde los taburetes de la isla de su cocina.
¿Qué ha hecho Alek? Arrastrar un sillón desde el salón, uno en el que cabemos los tres, desde el que puedo observarle a mis anchas y mimar a diestro y siniestro.
Pero eso no ha sido todo. Por lo visto, Sant Delphi el monosilábico es dueño de una polaroid.
Tiene la nevera infestada de fotos de Kobra y Dante.
Pero cuando nos saca una a los tres en el sillón, la coloca en el centro de la nevera y vuelvo a tener ganas de llorar.
Saorise va a tener razón con lo de que soy muy sensible.
Le pone la comida a Dante y a Kobra y luego nos sentamos a cenar. Me he fijado que en casa no ha comido mucho, estaba distraído mirándome y dándome toquecitos con el pie, así que ambos vamos a ponernos las botas.
—¿Qué es? Huele de maravilla.
—Filete de ternera al vino tinto con reducción de balsámico y parmentier de trufa negra. —Carraspea, juraría que las orejas se le han puesto un poco rojas.
—¿Reducción de…? —Parpadeo dos veces. Tres. Un millón—. ¿Eres chef en secreto?
—No.
—O sea que simplemente, todo se te da bien.
—Puedo asegurarte que no sería tan rápido como tú corriendo —dice y su forma de halagarme como el que no quiere la cosa es intoxicante.
No puedo aguantarlo más y le hinco el diente a la carne acompañándola con esa ensalada de tomate y queso feta que no ha mencionado. He visto en la cocina que todo eran ingredientes de muy buena calidad.
Treinta minutos después tengo el estómago lleno y empiezo a… empiezo a ponerme roja cuando me doy cuenta.
—Perdón —alzo la cabeza y lo veo mirándome con devoción—, no he hablado mucho, ¿verdad?
—No hacía falta —asegura—. Me gusta verte comer.
Me pongo roja como un tomate. No sé por qué, no me ha dicho nada obsceno. Carraspeo y miro a nuestro alrededor.
—¿A dónde han ido Dante y Kobra?
—Arriba. Justo después de comer les gusta tumbarse en sus camas y puede que también quedarse fritos un rato. —Se levanta recogiendo nuestros platos vacíos y se detiene durante un segundo—. Lauren.
—¿Sant Delphi?
—Me gustaría que dejaras cosas aquí —dicho esto me da la espalda y va hasta el fregadero.
Le sigo.
—¿Te refieres a un pago? ¿Por la cena?
Me encara y me inclina la cabeza tanto como me da el cuello. Es altísimo.
—Me refiero a una camiseta de North Star, a un pijama, a algunas de tus medallas, a un papel con los horarios de todas tus carreras…
Frunzo el ceño sin entender y él se levanta. Debe habérsele ido la olla.
—Entonces parecería que vivo aquí.
—Lo parecería, ¿verdad? —pregunta abriendo la nevera, dándome la espalda.
Otra vez.
El ambiente se carga de electricidad y tensión. Veo cómo se le mueven los músculos de la espalda, marcándose bajo la camiseta. Está loco. Completamente loco de atar. ¡Como una cabra!
—¿Q-qué es eso?
—¿Qué es qué? —El cuerpo de Alek se tensa y se petrifica encarando la nevera.
Me muevo a su espalda, me cuelo entre sus brazos y señalo tooodos esos vasitos de cristal que están colocados en fila en el estante de en medio, a la altura de mi cara.
—Esto.
—Un postre —dice, neutro, con los brazos agarrando la nevera, pero también enjaulándome con su cuerpo.
—Parecen de vainilla.
—Será porque lo son.
—Oh. —Me da un vuelco el estómago con ganas de más. No sé si podría pedirle uno. Quizá ya me estaría pasando con las confianzas—. Te… ¿te gusta la vainilla?
De repente, Alek se inclina hacia mí y habla en mi oreja, en un tono profundo y letal.
—No. Son para ti.
—¿Cómo sabes que me gusta la vainilla?
—Porque me gusta observarte.
—Espiarme, dirás.
Su boca se abre contra mi cuello y lame mi piel como si fuera su propio postre.
—Sí, eso también.
Inclino la cabeza para dejarle un mejor acceso.
—¿Te ocurre a menudo con las mujeres con las que te acuestas? —pregunto y siento una punzada de celos al visualizarlo con otras, besándolas como me besa a mí.
Uno de sus brazos se cuela por debajo de uno de los míos y llega hasta mi cuello. No aprieta demasiado, solo un poco, haciendo acto de presencia.
—No recuerdo la última vez que quise acostarme con una mujer. Quizá un año antes de conocerte. —Se le escapa una risita—. Lo de espiar es nuevo.
Sant Delphi me besa la mejilla con la boca abierta, como si le fuera la vida en ello, y me olvido de la nevera, del postre y hasta de la vainilla, deshaciéndome en gemidos.
—¿Y a q-qué se debe?
—A ti y tu manera de desquiciarme con tu ausencia. A lo enigmática que eres.
—¿En-enigmática? —tartamudeo—. Solo soy aburrida.
Él coge uno de los botes al apartarnos de la nevera y, abriendo uno de los cajones sin soltar mi cuello, también una cuchara.
Me da un vuelco el corazón al ver que las cucharas tienen dos rayas azules, igual que mi sudadera favorita.
Es una coincidencia preciosa. Casi puedo soñar que pensara en mí cuando las compró.
Poniendo las manos en mi culo, me alza y me coloca sobre la isla. Me abre las piernas y se coloca entre ellas. «Let the world burn» de Chris Grey empieza a sonar en mi cabeza.
—Abre la boca —ordena y obedezco.
Evidentemente.