Capítulo 4 5
Parece que va a darme una cucharada del postre, pero es su lengua la que se cuela en mi boca, no la cuchara. El beso es sucio, lento y provocador, y me deja temblando. Le rodeo la cintura con las piernas para atraerlo más hacia mí, desesperada.
Su erección da en mi centro dejándome más ansiosa y cuando no lo veo venir me mete la cuchara en la boca y un festín de vainilla estalla en mis papilas gustativas.
No tengo tiempo de tragar antes de que se vuelva a meter en mi boca. Gimo complacida en todos los sentidos imaginables.
—Sant Delphi… —gimoteo contra su boca.
Me coge del cuello dificultándome todo el tema de tragar. Mi clítoris palpita descontrolado contra él.
—Mi mente lógica quiere arrepentirse de haberte conocido. Desear no haberlo hecho. —Su pulgar me acaricia con mimo—. Pero no puedo.
—¿No?
—Estás en todas partes, dando luz a cada rincón de mi vida. Incluso los que no conoces.
—Quiero conocerlos. —Desabrocho su cinturón—. Quiero vivir en todas esas partes. Y quiero que tu estés en cada rincón de mí.
Acaricia mi labio inferior con la cuchara y lame la vainilla antes de que gotee. Su mano se cuela bajo mi falda y me la levanta.
Me quito la sudadera mientras él se deshace de las medias y del tanga que me he puesto al llegar a casa y cambiarme a una muda limpia, pero me deja la falda.
Al recordar cómo me ha mirado con ella puesta mi sexo recibe un calambrazo letal y al recordar lo que hemos hecho en su coche, casi me corro.
Me pone un pie en la isla, abriéndome de un modo indecente. Su pulgar llega hasta mi clítoris y lo mueve en círculos torturándome mientras me mira abierta y expuesta para él. Es tan guapo, es tan tan guapo.
—¿Tienes preservativos?
Se chupa el pulgar al alejarse, pero no deja de mirarme. Abre un cajón en piloto automático y vuelve a mí en un par de pasos.
—Quería hacerlo bien la primera vez. En una cama por lo menos.
—No —jadeo cogiéndole de los hombros—. No puedo esperar. Por favor.
Callo lo que fuera a decir con un beso.
Alek me ayuda a liberarlo y vuelvo a quedarme sin aliento.
Tenerla en la boca casi hizo que se me desencajara la mandíbula.
¿Qué me ha hecho pensar que voy a tener espacio para él dentro de mí?
Las ganas que le tengo son mayores a cualquier cosa, pero reconozco una punzada de miedo cuando me pellizca.
Me da un beso que me corta la respiración.
—Lo único que tengo en la cabeza es tu voz mientras te corres —susurra en mi oído, como cuando hago una carrera y surge el mismo efecto que entonces.
Me inhibe. Me da paz. Me deja la mente en blanco. Me pone horrores.
Su polla es muy gruesa y larga, y la acaricio mientras él resbala los dedos más allá de mi centro, masturbándome. Sus dedos son el doble que los míos, o quizá el triple, pero me lleva a las puertas del orgasmo mil veces más rápido de lo que lo haría yo.
Sant Delphi deja que me corra, que lo empape, que me deshaga en plegarias y que lo ponga perdido.
Se aprieta la polla para no correrse él e inmediatamente se convierte en el mayor piropo de la historia. Inhala con brusquedad y exhala de la misma forma, y durante unos segundos evita mirarme.
—¿Estás pensando en cosas horribles?
—Espantosas —inhala con fuerza de nuevo.
Me derrite.
—No pasa nada si te corres antes —lo atraigo para que su glande toque mi clítoris brillante—, soy paciente. Podría esperar a que estuvieras duro otra vez.
Me coge la mejilla con fuerza, reprochándome que juegue con él.
Entonces se da cuenta de que me ha mojado la piel con mi propia miel y un instante después tengo mi propio sabor en la boca.
No hay nada que él haga que no me guste.
Acomodo la lengua intentando traerle recuerdos, desviando la mirada de sus ojos hasta su miembro.
Se pone el condón en cero coma y toco el cielo cuando entra en mí despacio. Más todavía cuando empieza a embestirme.
—Joder —gruñe.
Mi entrada opone resistencia y siento un quemazón que me deja delirante.
El suculento dolor y el delicioso placer se mezclan bailando su propio tango, pero el segundo gana la partida cuando Alek me inclina para llevarse uno de mis pechos a la boca y succionar con fuerza.
Me abro más de piernas, si cabe. Él me embiste y dudo si me desencajará la cadera de sitio.
No. Hay. Espacio.
No lo hay.
Y cuando me doy cuenta, bajo la mirada hacia el punto donde se unen nuestros cuerpos y veo que solo ha entrado un tercio de su erección. Me va a matar. Creo que emito algunos sonidos suplicantes que lo confunden.
—¿Estás bien? —pregunta contra mi cuello, acariciándome el clítoris como si fuera su mejor amigo.
Hago lo que puedo por encontrar su boca, pero mi espalda se retuerce obligándome a mirar al techo.
—Lauren.
—¿Q-qué? —pregunto atontada, sintiendo cómo mi cuerpo se acopla al suyo.
Cómo me penetra despacio, pero inexorablemente.
—¿Estás bien?
—Sí. Sí. Dios, sí —gimo meciendo las caderas contra él, aumentando el ardor—. Pero date prisa.
Ni.
La.
Mitad.
—No quiero hacerte daño.
—Quiero que me lo hagas. Por favor.
Me estudia con la mirada mientras su polla gana un puñado de centímetros.
—¿Es lo que te gusta?
—Sí.
—¿Que te haga daño? —pellizca mi pezón con fuerza con los labios, llevándome al séptimo cielo.
—Sant Delphi —jadeo, ahogándome en el dolor y el placer.
Emite una ristra de sonidos guturales que hace que me tiemblen las piernas y empiezo a correrme cuando su polla llega hasta la mitad.
Palpito contra él sin control succionándolo dentro de mí mientras me pellizca el clítoris con los dedos prolongando mi orgasmo.
Entonces entra un puñado de centímetros y sueño con que me despierta así cada mañana. Sueño con tener otra vida, una con él, solo con él.
Sus embestidas se vuelven duras, intensas, de la misma forma en la que me besa.
El siguiente orgasmo es inminente y aún no me he despedido del todo del que acabo de tener. Hablamos con miradas. Le muerdo el labio inferior cuando me embiste tan fuerte que lo noto en el ombligo y más allá.
—Aún no —me la saca por completo y me penetra de una sentada.
Hasta el fondo.
Chillo alcanzando un nivel obsceno de placer. Uno que ni siquiera entiendo. Siento como mis órganos paran de funcionar para mirar cómo este hombre hace que me corra.
El orgasmo parece un virus contagioso, porque él se rompe poco después. Se aferra a mí con todo lo que tiene y me folla hasta dejarme sin aliento, como si hubiera esperado toda una vida para hacerlo.
Menuda. Suerte. La. Mía.