Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 4 2
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Capítulo 4 2

Llegamos y se hacen las presentaciones. Mamá ya está sirviendo los platos, así que enseguida nos sentamos a la mesa.

Isabella frunce el ceño al ver mi asiento, pero le sonrío para que sepa que todo va bien.

Mamá y Saorise entran en el salón con las fuentes de comida y casi parecemos la familia de un anuncio.

Ocupamos nuestros asientos dejándole saber a mi madre la buena pinta que tiene todo. Como no dejo de mirarlo, me percato de que Sant Delphi llena su vaso nuevo y reluciente de agua, y antes de dejarlo en la mesa, lo cambia por el mío, antiguo.

—Oh, no… —sacudo la cabeza asegurándole que no lo necesito.

No le importa. Será posible.

Mi padre me da un codazo recriminatorio y no sé dónde meterme, pero sonríe a Alek mientras yo agacho la mirada hasta mi plato de sopa.

La cena empieza bien, hay risas y buen ambiente. Las obras en casa van bien y eso tiene a todos de buen humor.

—¿Cómo va la investigación, doctor Sant Delphi? —pregunta Flink MaKena—. ¿Ha llegado ya al inevitable callejón sin salida?

James se ríe por lo bajo y me molesta que actúen así con ellos.

—Va bien —se limita a decir, mucho más escueto de lo que es conmigo.

Pensar en la de veces que oído a Isabella llamarlo monosilábico con cariño, *en su presencia y en su ausencia*, me hace sentir especial. Conmigo es hablador. Y su voz me encanta. Y su manera de ser todavía más.

Cuando quiero darme cuenta estoy sonriéndole a mi sopa como una idiota.

Alzo la vista y encuentro sus ojos grises taladrándome. Me atraganto con la sopa. Por suerte, nadie se da cuenta ya que mi hermana está hablando de algo que le ha ocurrido hoy. Nadie salvo Isabella, al lado de Alek, que contiene la sonrisa como puede.

—¿Y tú eres su secretaria, Isabella?

—No, mamá, ella es la segunda al mando del equipo de Sant Delphi —intervengo, sin ser consciente de que quizá sea la primera vez que alzo un poco la voz en la mesa, lo bastante para que todos me oigan—. También es buenísima jugando al ajedrez.

No comprendo la mirada que me lanza mi madre, pero cierro la boca.

—¿Ajedrez? —repite mi padre—. ¿Tú juegas al ajedrez? Eres muy bajita.

—Sí, reconozco que a veces tengo que ponerme de puntillas para llegar a la mesa —responde irónica, sin tomarse a mal el comentario de mi padre.

—Debes aburrirte mucho con mi hermana —Saorise apoya los codos en la mesa para estar más cerca de Sant Delphi—. Es la MaKena más insulsa.

Se carcajea y siento que el asiento se va haciendo grande por momentos.

O yo más pequeña.

No quiero que Alek se dé cuenta de que lo soy.

Mi hermana siempre ha sido el alma de la fiesta, mientras que yo era la hija de la que mis propios padres se olvidaban.

Una vez estábamos en un camping y tuvieron que venir a por mí media hora después de marcharse, al darse cuenta de que no estaba en el coche con ellos. Me echaron una buena bronca.

—Pero ya sabes lo que dicen —Saorise le pone una mano en el antebrazo a Sant Delphi—. A veces tienes que aguantar la tormenta para que salga el sol.

—Muy profunda, cielo —dice James en tono burlón.

Saorise le dedica una sonrisa tensa y vuelve la atención a su plato.

—Alguien me dijo una vez que los supermercados ponen muchas especias a la carne que está a punto de caducar porque huele tan mal que si no, no la venderían —comenta Isabella mientras coge un poco de fruta de la ensalada con frutos secos de su plato—.

Como cuando una pizza tiene mucha salsa porque en realidad sus ingredientes están en mal estado. Yo desconfío de los sabores… fuertes.

Saorise aprieta los labios y yo no sé dónde meterme.

De repente una pierna se enreda entre las mías.

Alzo la vista y no me sorprende lo que veo, pero sí me sonroja.

Alek nos ha unido en un gesto tan tierno e íntimo que no sé qué hacer conmigo misma.

El taburete en el que estoy sentada es inestable, pero prefiero arriesgarme a caerme y sentirlo cerca que lo contrario.

Durante unos segundos, estamos solos en la mesa.

—¿Has ganado muchas carreras últimamente, hermanita? Con toda la ayuda que estás teniendo, imagino que sí. De lo contrario, sería todo un desperdicio de recursos y personal.

Arnau no dice nada, así que me armo de valentía y defiendo aquello en lo que creo.

—He tenido mucha suerte de que me dieran la beca, pero más todavía de trabajar con ellos y el resto del equipo. Y lo cierto es que sí he…

—Yo soy buenísima en mi trabajo, Isabella —explica Saorise—. El mes pasado fui la mejor abogada del bufete. No fui la que más casos resolvió, pero conseguí un par de clientes tan prestigiosos que no pudieron no darme el mérito.

Isabella le gira la cara a mi hermana y me mira a mí.

—¿Lo cierto es que…? —Isabella deja la pregunta a medias, como si quisiera que continuara por donde lo había dejado.

Veo a mi madre apretar los labios en señal de reproche y se me retuerce el estómago. Sonrío a Isabella y niego con la cabeza en señal de «no pasa nada».

—Tienen mucha suerte de tenerme en el bufete. Además, hay muy pocas mujeres de mi edad que tengan mi sueldo. Si me preguntas a mí, es porque no se espabilan. Yo siempre estoy pidiendo una subida de sueldo porque mi tiempo vale oro y soy consciente de ello.

—¿En qué te han ayudado? —pregunta James estrechando la mirada en mi dirección—. ¿Te dan descargas eléctricas o algo así?

—No, no es nada doloroso —me apresuro a aclarar cuando mi padre me mira ofendido—.

Los electrodos no tienen ese poder —Sant Delphi me da un toque en el pie al darse cuenta de que acabo de citar sus palabras exactas y reprimo la sonrisa como puedo.

Hablo a toda velocidad para no ser un coñazo absoluto—.

Lo cierto es que he usado todo tipo de aparatos, pero, en resumen, gracias a ellos en el laboratorio pueden estudiar la información que recopilan durante los entrenamientos. He aprendido mucho sobre el bloqueo me…

—El otro día ayudé a un compañero de trabajo quince minutos y vino a darme las gracias diciendo que habían resuelto el caso por mí —Saorise se carcajea—. ¿A que sí, mamá?

—Claro que sí, cielo. Todo el mundo sabe que eres la estrella del bufete. Vas a llegar muy lejos trabajando tan duro.

—En el fondo somos bastante parecidos, doctor Sant Delphi —Saorise le pone la mano en el hombro—. Ambos somos pioneros en lo nuestro. Lo único que yo soy seis años más joven que tú, así que te llevo ventaja.

—Ah, ¿sí? —responde él con sequedad.

De todas formas, Saorise suelta una risita.

—Voy a por más bebida, ¿alguien quiere? —James se va en dirección a la cocina, y parece molesto.

—Pero si es evidente —Saorise sube la mano hasta su bíceps tocándolo sin miramientos.

Sé que Isabella es la que no es fan del contacto físico, pero eso no significa que Alek esté conforme con tantas confianzas, ¿no?

Mi hermana me pilla mirándola haciendo una mueca y vuelve a reírse.

—¡Vaya mirada, hermanita! No te pongas celosa —otra carcajada—, ella siempre tiene que ser el centro de atención de todo, si no se pone a llorar como una magdalena.

Es curioso que lo diga, hace años que no me ve llorar.

—Vale, vale, no queremos peleas ni dramas, niñas, que tenemos invitados —interviene mamá con una sonrisa.

—Ah, ya, es que verás Sant Delphi, la pequeña de la casa es muy especialita. Es súper susceptible y de lo más sensible. La verdad es que es difícil ser yo.

—No sé cómo crees conocerla lo más mínimo, si no la dejas acabar ni media frase antes de interrumpirla —dice Sant Delphi con total seriedad, esta vez mirándola a la cara.

Se me cae la cuchara de la mano y me salpico la sudadera de sopa.

No me importa. Su tono ha podido sonar neutro para el resto, pero yo oigo la rabia latente. ¿Me…? ¿Me está defendiendo?

Oigo la risa de James de fondo, pero no la registro. La ofensa de mi padre tampoco.

—¿Insulsa ella? —Por primera vez Alek se ríe—.

Ni en tus putas fantasías más salvajes le llegarías a la altura del tobillo a Lauren.

Pero tú eso ya lo sabes, ¿verdad? Por eso insistes tanto en ser el centro de atención.

Porque de no hacerlo, nadie se acordaría ni de que existes.

Por eso te empeñas en que tu habitación ocupe toda la puta casa y la metes a ella en un armario, ¿no?

Pero aunque la arrincones, ella sigue brillando más que tú.

Es lo que tiene no estar podrida por dentro.

—Ni necesitar especias —Isabella mete la puntilla y es la gota que colma el vaso.

Mi madre da dos gritos, Saorise exterioriza su shock y su ofensa de la misma manera y empieza a gritar la palabra «bullying» mientras mi entrenador dice «esto es inaceptable» y mi padre da un golpe en la mesa.

—Menuda falta de respeto, ¡en mi propia casa! —Flink MaKena se pone en pie al tiempo que lo hacen Isabella y Sant Delphi.

Alek rodea la mesa asintiendo a las palabras que le llueven encima como si no acabara de sembrar el caos.

—Ustedes han tenido veinticuatro años de faltas de respeto con una de sus hijas y debería caérseles la cara de la puta vergüenza —dice avivando el fuego del conflicto al tiempo que me coge de la muñeca—. Nos vamos.

Estoy dividida. Veo a mi madre mirándome ultrajada con un claro «no te atrevas» escrito en el rostro, pero mis pies se mueven solos.

Quizá sea una cobarde y no quiera tener que ver a mi hermana mayor teniendo otra de sus pataletas mientras yo me siento culpable hasta quedarme dormida.

O quizá sea que por primera vez en mi vida, alguien ha dado un paso adelante y me ha defendido a mí.

Ha dado la cara por mí, aunque fuera incómodo.

Me ha cubierto las espaldas y no ha actuado de manera diferente de cómo lo habría hecho de estar a solas.

Me aferro a su antebrazo y le pido con la mirada que nos saque de allí.

Y él lo hace.