Capítulo 4 1
Él me ayuda cuando ve que es lo que quiero.
—¿Estás seguro de esto?
—Quítate el sujetador.
Qué manera más sutil de decirme que sí.
Lo hago, pese a que si alguien cruzara el aparcamiento me vería desnuda al completo. Puedo reconocerme a mí misma, muy bajito, que esa idea hace que los pezones se me pongan durísimos.
Me sujeto donde puedo, a una barra que en otro momento conforma la estructura de su maletero, y tiemblo con el roce de su cuerpo bajo el mío.
Alek me coloca, me coge de las piernas y tira de mí hacia abajo cuando nota que no pongo todo el peso sobre él.
—¿Pero qué quieres, morir? —me preocupo.
Entonces su lengua entra en el juego y es un pecado digno de que un ángel pierda sus alas.
Es algo distinto a todo lo que hemos probado.
Su boca se adapta a cada curva de mi sexo y se mueve con hambre y devoción.
El vértigo me arranca un grito. Me arqueo, creyendo que perderé el equilibrio, pero él no me lo permite.
No tiene pinta de que vaya a soltarme ni aunque el mundo se acabe fuera de este coche.
—Así. Así, preciosa —gruñe emitiendo sonidos obscenos en mi sexo.
Su voz vibra dentro de mí cuando me mete la lengua, cuando me estudia, me succiona, cuando me muerde y hace lo que quiere conmigo.
Cada vez que intento apartarme para preguntarle si está bien, él vuelve a atraerme hacia su boca hasta que grito tan fuerte que no entiendo cómo no se resquebrajan los cristales.
El orgasmo me llega mucho antes de lo que esperaba.
Es repentino, profundo y me deja la piel marcada con su huella.
El placer es tan feroz que se me llenan los ojos de lágrimas.
Él me hunde los dedos en la carne del culo y me obliga a inclinarme, a coger otro ángulo, a moverme más deprisa.
Es demasiado. Es como si cada roce fuera el momento previo al estallido.
—¿C-cómo lo haces? —gimo tartamudeando.
De repente, Sant Delphi me mete los dedos. Dos, gruesos, y de golpe. Muy pronto se convierten en tres. Estira las paredes de mi coño obligándolo a dilatarse para dejarle espacio. Sin un segundo de descanso, impregnándose de mi humedad, los curva llevándome al paraíso.
—¡Alek! —gimo con fuerza.
Me succiona con fuerza. Intento cerrar las piernas, pero no me lo permite. La sacudida de emociones es tan salvaje que aparecen estrellitas en mi visión periférica. Me penetra con los dedos todavía más rápido y me lleva al cielo.
Ni sé cuántas veces hace que me corra, pero no tiene suficiente. Nada lo sacia. Los músculos me arden de aguantar en esta posición tanto tiempo y mi corazón no puede más. Me gruñe cuando resbalo por su abdomen, negándose a que acabe.
—Eres… una… bestia —jadeo poniendo las palmas contra sus pectorales mientras él, rojo, despeinado y hambriento se deja los dedos limpios metiéndoselos en la boca.
Con rapidez se incorpora y me mueve hasta su regazo.
—¿Te arrepientes?
—No —sacudo la cabeza con entusiasmo incapaz de contener la sonrisa.
En cuanto la ve, la suya llega hasta sus ojos.
—Me gustaría que te divirtieras tú también.
—No tienes ni idea del regalo que acabas de hacerme.
—Aún así, me gustaría… —rozo su cuello con la nariz, suave, y le beso con mucha lengua y poco labio—. Lo que sea. Dime lo que sea y lo haré.
Se desabrocha el cinturón, pero no se baja el bóxer. Me coge de la cintura y empieza a mecerme, a frotarme contra sí, a darme mordisquitos en el cuello y el hombro mientras lo hace. El placer reverbera por todas mis terminaciones nerviosas haciéndole el eco a las suyas.
—Di mi nombre.
—Alek.
Le siento palpitar, así que imagino que él a mí también. Supongo que también debe sentir cómo la humedad sale de entre mis pliegues. Mi clítoris hinchado se frota contra la largura de su erección y creo que voy a…
—Oh, joder.
En cuanto empiezo a temblar, Sant Delphi se corre conmigo.
Eso tampoco lo había hecho nunca con nadie.
Alek aparca el coche antes de girar la esquina de mi casa y pronto descubro que es porque Isabella nos está esperando allí. Le había aceptado la mano a Alek al salir del coche, pero se la suelto de inmediato.
—Anda. No sabía que venías —ladeo la cabeza.
—Sí, como apoyo —le lanza una mirada cómplice a Sant Delphi.
Cosas de jefe y empleada, supongo.
Se genera un breve silencio en el que nadie dice nada y Alek solo me mira a mí.
—Perdona, no quería sonar antipática, me encanta que vengas. Mi familia va a alucinar cuando sepan lo guay que eres. Quizá os insistan para que los estudiéis a ellos también.
—Me encanta ser bien recibida, pero… —carraspea—. Mira, lo siento, no puedo fingir que no intuyo de dónde venís, o lo que habéis hecho. Así que como amiga, voy a echarte un cable.
—¿Q-qué? ¿De qué estás hablando? V-vengo de entrenar —tartamudeo mientras me peina el pelo con los dedos.
—Sí, y mi marido se gana la vida haciendo ganchillo. Que estoy felizmente casada, chica y además, acabas de piropear el portentoso cerebro que tengo, no me vayas a tomar por tonta ahora.
Lanzo una mirada horrorizada a Sant Delphi, pero él solo carraspea y oculta la sonrisa como bien puede.
—Isabella, vengo de entrenar. Te lo aseguro —miento aferrándome a la más mínima esperanza de que me crea.
—Te creo, te creo —dice quitándome la goma de pelo de la muñeca—. Mira, Candy sería mucho mejor que yo haciendo esto, pero puedo intentarlo. Algo se me habrá pegado de ser su amiga.
Empieza a hacerme la coleta con mimo.
—¿Candy estudió contigo en North Star o la conociste después?
—En North Star —dice distraída.
—Está hablando de Candy Forbes —interviene Sant Delphi dejándome muda de la sorpresa, en shock, incrédula, alucinada y un porrón de cosas más.
—¿Candy Forbes la gimnasta olímpica? ¿La de los yurchenkos imposibles? ¡¿Esa Candy Forbes?!
—La misma. Además de ser una gran gimnasta, hace unos recogidos alucinantes. Un día te la presento y le pido que te haga uno.
—¿Te funcionan las piernas? —me pregunta Sant Delphi con una gran sonrisa en los labios. Sacudo la cabeza y él me pasa un brazo por los hombros—. Ahora pregúntale con quién está casada.
No creo estar lista para esa respuesta.