Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 4 0
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Capítulo 4 0

—Mi ex-novio me pegaba. Solo a veces —me apresuro a añadir cuando todo el cuerpo de Alek se tensa con furia silenciosa, la más peligrosa de todas.

—¿«Solo a veces»? —repite con instinto asesino. Luego se pasa una mano por la mandíbula y pide—: Sigue.

—Al conseguir sacarlo de mi vida, sentía que no me pertenecía. Que aún era un juguete roto de Stefano. Lo odiaba, igual que a él. Me hice el tatuaje para recordarme que soy mía, que no le pertenezco a nadie. Ni a él, ni a mi fam… —carraspeo—. A nadie. Solo a mí.

Me coge de la mejilla inhalando con fuerza. Puedo ver el torbellino de emociones que hay bajo su piel, pero Sant Delphi lo ignora por completo.

—Me siento muy orgulloso de ti por haber tomado esa decisión.

Parece que está hablando de algo más que del tatuaje, pero es imposible porque yo no le he contado nada sobre lo de la policía y sé que Darcy no ha sido.

—G-gracias.

Soy consciente solo entonces de lo mucho que me excita su control emocional. Supongo que tiene sentido teniendo en cuenta de dónde vengo.

—¿Por qué te gusta que te coja del cuello?

Es lo que hacía yo misma cuando me masturbaba. Antes de conocer a Stefano, cuando todavía me apetecía.

—Me gusta. Siento paz cuando no puedo pensar demasiado.

Endurece la mandíbula mientras me estudia. Me gustaría meterme en su cabeza y a la vez me aterra la idea de hacerlo.

—¿Él te lo hacía?

—Nunca se lo pedí. Me daba miedo que…

Tira de mí hasta que estoy apoyada sobre él, descansando contra su pecho.

—¿Que no parase? —pregunta acunándome en sus brazos, aterrorizándome.

—Sí.

Debería apartarme, pero no soy capaz. Porque no quiero hacerlo, maldita sea.

No cuando le brilla la mirada. Una chispa de luz florece en sus ojos enturbiados de ira y rabia al darse cuenta de lo que le acabo de confesar. Tú eres diferente.

—Gracias por confiar en mí.

Gracias por darme motivos, pienso.

Encojo un hombro como si nada.

—Supongo que por eso funciona también tu técnica de decirme guarradas al oído cuando corro. Me desconcentras. Dejo de pensar. Justo lo que más me gusta.

—Desearía pensar que dirijo tu foco de atención a otra parte —baja una mano por la curva de mi culo y lo acaricia con mimo y deseo.

—¿Pero qué ocurrirá cuando compita? No puedo llevar auriculares, está considerado una ventaja competitiva. —Tengo una en una semana y media.

Es algo de lo que debo empezar a preocuparme. Sant Delphi no responde de inmediato. Al principio solo abre la boca contra mi cuello y lame mi piel, degustándola. Luego succiona en el punto exacto en el que late mi pulso acelerado.

—Para entonces tendrás mi voz dentro de ti, Lauren. Y ya no te harán falta mis comentarios e insinuaciones.

Y yo le tomo la palabra, como si acabara de hacerme una promesa.

Los siguientes días me quedo hasta tarde entrenando en la pista de North Star. Darcy tiene parciales importantes y mi jefe no me ha levantado la prohibición de pasar horas extra en mi casa.

Tengo la piel fría y el cuerpo ardiendo del esfuerzo, pero subo diez grados de temperatura cuando empiezo a sentirme observada.

Miro en todas direcciones antes de empezar mis últimos cien metros lisos del día.

No hay nadie en la pista, ni en ninguna parte.

Alek me ha pedido que le reserve la noche y no me ha dicho para qué.

Me emborracha la idea de que me espíe. A mí nadie me presta atención. Y la suya la tengo siempre toda. Soy una yonqui.

Me deshago de la chaqueta y me quedo solo con el sujetador deportivo. Si va a ser un mirón, que se atenga a las consecuencias. Me coloco en posición y cuando el disparo de salida suena en mi cabeza, echo a correr.

—Quiero ver cómo te tiemblan las piernas. Vamos, Lauren, sabes hacerlo muy bien.

Diosmiodiosmio. Su voz suena a través de los altavoces. Está sonando a través de los altavoces.

No hay nadie más aquí fuera, pero, ¿y si lo escucha alguien? Es súper inapropiado… Y me hace ser más rápida.

Casi vuelo.

La meta se aproxima cada vez más.

La excitación es mi bebida energética. Mi doping. El empujón perfecto.

—¿Y cómo sería correr con mis dedos dentro? ¿Te lo imaginas?

DIOS SANTO.

En el último instante no freno, ni mantengo el ritmo: acelero. Acelero y hago mi mejor tiempo. Al acabar me doblo hacia delante recuperando aliento, apoyándome en mis cuádriceps.

Solo entonces Sant Delphi aparece de entre las sombras. Un calambre de placer me recorre la nuca, me baja por los pechos y cae directo al clítoris.

—Eres rapidísima. Jodidamente espectacular. No me necesitas —asegura con una convicción tal que casi le creo—. Aunque estaré encantado de ayudar mientras creas que sí.

—No puedo correr con tus dedos dentro de mí.

El desafío brilla en su mirada.

—No, pero podría meterte algo que te lo recuerde. Algo que vibre.

—¡Ni hablar! —me pongo roja solo con imaginármelo.

Se ríe y parece más joven, sin ni una sola preocupación en la vida. Me apena no haberlo conocido antes. Solo nos quedan unos meses juntos, pero ya le estoy echando de menos.

—¿Has acabado por hoy?

—Sí.

—Pues vamos, tengo que llevarte a un sitio.

Su coche. Estamos en su coche. Parados. No entiendo qué hacemos todavía en el aparcamiento desértico de North Star.

La calle está oscura y por el frío, no hay nadie fuera, paseando.

Me he dado una ducha rápida antes de salir y todavía tengo el pelo húmedo, pero él siempre pone la calefacción fuerte para mí, así que no lo noto.

—¿A dónde vamos?

—Tus padres me han citado. Quieren hablar de los progresos.

Me tenso. No disfruto nunca de las cenas familiares, pero son mucho más amenas cuando no giran en torno a mí.

—Dime qué piensas.

—No quiero que estés allí. No es un sitio agradable. Quiero decir… es mi familia y los quiero con locura, pero pueden ser un poco demasiado.

Asiente como si «demasiado» no fuera la palabra que él utilizaría.

—Es trabajo, nada más. —Se baja del coche dando la conversación por zanjada y luego abre la puerta trasera, la que está justo detrás del asiento del conductor—. Ven aquí, extraña.

El apodo reverbera en mi piel haciéndome cosquillas.

Entonces giro la cabeza hacia atrás y veo que la parte que conecta los asientos traseros con el maletero está bajada. Ahora el espacio es mucho más amplio. Casi como una cama.

Alek entra, cierra la puerta y cuando me tiende la mano, se la acepto y dejo que tire de mí hasta su regazo. Ha pensado en esto, lo ha planeado. Puede que él siempre vaya muy bien vestido y yo en un mísero chándal blanco y soso, pero me alegro de haberme puesto ropa interior de encaje.

—¿Aquí? ¿En el aparcamiento?

—¿Prefieres que volvamos a la pista de atletismo? —me besa con la boca bien abierta, apretándome contra su cuerpo hasta que soy incapaz de dejar de frotarme contra su grandiosa erección.

Se deshace de mis pantalones, de mi chaqueta, y mira mi encaje como si fuera todo un detalle.

—Eres perfecta.

—Doctor Sant Delphi…

He leído en muchas novelas románticas que la protagonista se sentía presionada al oír esa horrible palabra, “perfecta” como si fuera un estándar inalcanzable, muy difícil de mantener.

Será porque estoy segura de que no lo soy, que me gusta tanto oírle decir eso. O quizá sea porque, con su voz, todo suena de maravilla.

—No tengo preservativos —admito con el deseo goteando de mi sexo ansioso de atención.

Es una cosa que una chica precavida llevaría encima, sin duda.

—Para lo que quiero, no hacen ninguna falta —asegura.

En cuanto lo dice entro un poco en pánico. Recordando una pesadilla que prefiero mantener enterrada en un pozo.

Me tumba sobre su pecho y vuelve a besarme. Coge mi cadera y me frota contra su polla. ¿No pretenderá hacerlo sin…? Yo no puedo hacer eso. Y no debería ni pedírmelo.

—Voy a pedirte algo con lo que llevo soñando mucho tiempo —dice amasándome el culo, tensándose con el placer contenido que parece matarlo poco a poco.

—¿De qué se trata?

—Siéntate en mi cara —dice para mi sorpresa.

—¿Qué?

—Siéntate. En. Mi. Cara. —Se frota contra mí una vez más y me libera, dándome opción.

—Nunca he hecho eso con nadie.

—¿Quieres que me corra de oírte? —alza una ceja y suena tan seguro de sí mismo que no sé si puedo reírme o no.

Me muerdo el labio y es allí a donde va a parar su atención, y luego su lengua. Su boca es una bendición.

—¿No quieres? —pregunta haciendo esfuerzos porque no note el leve deje de tristeza.

Mi corazón patalea y chilla, muriéndose de ganas de complacerle.

—¿Y si te hago daño?

—No me lo vas a hacer.

—¿Y si te asfixio?

—Por favor, Lauren, siéntate en mi cara.

Roja como un tomate, obedezco.