Capítulo 3 8
Me paso la mañana del lunes entrenando con Arnau. No tiene muchas ganas y la verdad es que yo tampoco. Hoy no hay carreras, el entrenamiento se basa en circuitos y… en fin, una serie de pruebas físicas de rendimiento que hacen que Isabella venga a verme de vez en cuando, pero él no.
Subo al laboratorio al mediodía, cuando me citan y mis músculos están desesperados porque encuentre un lugar donde sentarme.
Después de todo el fin de semana sin recibir ningún mensaje de Alek, y teniendo en cuenta que no me ha mirado a la cara siempre que ha podido evitarlo, imagino que he conseguido lo que buscaba. Alejarlo. Desinteresarlo. Aburrirlo. Todo en uno.
Besé a su colega, eso debería hacerme sentir mal, pero en realidad es brillante, ¿no? Así lo que ocurrió en su casa el viernes por la noche no volverá a repetirse y mi corazón no estará en peligro.
Isabella me quita todos los aparatejos que me han puesto por el cuerpo.
Hoy eran distintos a los del miércoles pasado, también a los del jueves, pero no he preguntado en qué sentido.
Cambian demasiado a menudo para que pueda seguirles el ritmo y, además, tampoco entiendo la mitad de las palabras que salen de la boca de esta chica.
Es mucho más inteligente que yo y no parece darse cuenta.
Damon y otro chico del laboratorio me ofrecen una botella de Aquarius y una barrita energética de vainilla.
—Muchas gracias, no hacía falta.
Ambos me sonríen y se alejan de vuelta a sus quehaceres.
—Isabella, ve al laboratorio y trae lo que vamos a ponerle mañana, necesito comprobar que no va a darle una reacción alérgica —dice Sant Delphi en tono neutro, sin mirarla.
Imagino que se refiere a uno que no está en este edificio, porque ella coge el abrigo antes de marcharse.
Frunzo el ceño pensando en lo que ha dicho y Damon me susurra:
—No te asustes, es que la banda de tu cintura va a ir adherida a tu piel con una especie de gel seco que puede provocar reacciones.
Hemos tenido algunas interferencias por el movimiento brusco de tus entrenos, corredora.
Pero no te preocupes, conseguiremos estudiar el origen de tus signos neurológicos de cualquier forma, Sant Delphi siempre soluciona todos los fallos.
Me señalaría diciendo «este no» si Damon fuera a entenderlo.
Quiero darle las gracias, pero su jefe lo larga con otros deberes que no puede hacer en esta sala. Se deshace del resto de su equipo de la misma forma, y cuando nos quedamos solos, estoy bastante segura de que no sabe que sigo aquí.
De repente soy incapaz de dar un trago más a mi bebida, se me cierra la garganta. El recuerdo de la vergüenza que pasé el sábado vuelve cuando Sant Delphi viene hacia mí. El taburete en el que estoy sentada se vuelve inestable, así que me levanto.
—¿Vas a tomarme la tensión? —pregunto mirando el esfigmomanómetro.
—¿Puedes sacar el brazo de la chaqueta?
Obedezco. Me coloca el brazalete en el lugar que corresponde y espera a que se hinche mientras toma notas en una libreta, como se hacía antaño.
Pienso que con toooodo el dineral que hay entre estas cuatro paredes repletas de tecnología complicada, ¿de verdad era demasiado pedir una tablet para tomar notas?
¿En serio, North Star, ahí tenías que poner el límite?
También pienso en lo tonta que he sido. Pienso que ojalá no hubiera probado un beso de sus labios y que me voy a pasar la vida sintiéndole en mis adentros.
—Tienes la tensión alta. ¿Estás nerviosa? —Me quita el brazalete de un tirón suave, sin mirarme.
—Mucho.
Suelta la libreta y me empotra contra la pared más cercana. Notar su larga y gruesa erección contra mi culo hace que mi nerviosismo se convierta en excitación pura en cero coma.
—Y más que vas a estarlo.
—Alek.
—Lo que hiciste el sábado estuvo mal.
—¿Mal? A mí me encantó. ¿Puedes darme el número de Koven?
Me aplasta más contra la pared, como si quisiera que la atravesara. Estaría dispuesta con tal de correrme otra vez.
—Te estás ganando un castigo de los gordos —me susurra al oído antes de morderme el lóbulo de la oreja, de chuparme el cuello a su antojo, de mecer las caderas contra la curva de mi culo.
Me tiemblan las piernas. Siento el orgasmo formándose en mi sexo. Amenazando a mi clítoris. Quiero que se la saque, que me baje los pantalones y que me manche el culo con su semen.
—No me asusta —digo jadeante frotándome contra él como puedo y es cierto.
Temo muchas cosas, pero no su castigo. Eso lo deseo.
Tira de mí y ocupa un taburete al tiempo que señala el suelo.
—De rodillas.
Obedezco. Más que nada porque mantenerme en pie me estaba costando una barbaridad.
—¿Quieres ganarte mi perdón?
Debería negar con la cabeza, pero asiento. La dinámica de castigos y favores sexuales es de mis favoritas. Una vez más, va un paso por delante. Una vez más demuestra conocerme más de lo que debería.
—Entonces métete mi polla en la boca y chúpamela.
Me deja de piedra. Su equipo podría entrar en cualquier momento. Otra persona, un decano o quizá hasta un alumno, podrían irrumpir en este laboratorio, ¿no?
Le aguanto la mirada muerta de deseo, ahogada por la duda. ¿Eso es lo que quiere? ¿Jugar con la posibilidad? ¿Con la posible humillación de que alguien me encuentre con su polla en la boca?
Aprieto las piernas cuando alcanzo la hebilla de su cinturón. Me coge el pelo en un puño y tira de él, pero no me alejo. Al liberarlo, el miedo me pellizca las entrañas. Es enorme. He fantaseado mucho con tenerle dentro de mí, pero ahora dudo si me mataría.
—Deja de mirarla así —gruñe en tono áspero.
—¿Así cómo?
—Como si fueras a morirte si no te la meto entre las piernas.
Tengo esa sensación, la verdad. Pero no lo digo.
En vez de eso empiezo a tocarle. Primero con las manos, pero la paciencia me dura poco.
Me meto la polla de Sant Delphi en la boca sin llegar a la garganta.
La saco y la recorro con los labios. Me sorprende lo mucho que me gusta su sabor, sus gruñidos, la emoción pura que vibra por mi piel y lo que pulsa entre mis piernas.
—Joder, Lauren.
—Más fuerte —pido y él me da otro tirón de pelo.
El blanco queda bien adornando su puño. Recorro la vena que decora su bonito miembro y acelero el ritmo de mi mano. Luego la muevo hasta la punta con un movimiento rotatorio mientras mi boca succiona en un punto de la parte baja de su envergadura.
—Hostia puta.
Masajeo su base mientras lamo su punta y me doy cuenta de algo terrible.
Estoy a punto de correrme. A puntísimo. Los sonidos guturales de placer que le arranco, la pinta que tiene de estar al borde de perder el control, su forma de tirarme del pelo, de poseerme incluso cuando estoy de rodillas… me puede.
Por eso no paro de gemir. Por eso decido actuar rápido para acabar cuanto antes.
Le doy acceso a la parte más profunda de mi garganta.
Las caderas empiezan a movérsele solas. Nos reajustamos el uno al otro.
Cambiamos de ángulo y vamos de mal en peor.
Entre mis pliegues ya no hay un charco, sino un manantial.
Quiero que me ahogue con su semen y acabe con todo, pero la idea me pone demasiado.
—¿Vas a dejar que me corra en tu boca? —pregunta acariciándome la mejilla donde hay un bulto enorme.
Succiono cuando no puedo más.
Él se derrama en mi boca y yo me corro en las bragas sin que nadie me toque. Es vergonzoso, humillante y me deja hecha un desastre, pero también jodidamente satisfecha.