Capítulo 3 7
Darcy. Lo ha visto todo y tiene estrellitas en los ojos. Bueno, al menos hemos engañado a alguien. Desvío la mirada de unos a otros.
Desmayarme es la única manera que se me ocurre de salir de esta. Abro la boca para decir algo, lo que sea, pero no me sale nada. Dios, qué maldita vergüenza.
—Koven, ¿nos vamos? —pregunta de repente Sant Delphi, mirando un punto muy por encima de mi cabeza.
—Preferiría quedarme y que alguno me contara qué está pasando en realidad.
—Claro —dice—, ¿quieres que lo haga a través de una ouija?
—Entendido —carraspea el desconocido con nombre de híbrido alemán alejándose de mí—. Ha sido un placer conocerte, copito de nieve.
«¿De qué iba eso?» le oigo preguntar cuando Alek y él desaparecen escaleras arriba. Darcy se acerca a mí despacio. Como las patas de una araña, sus dedos se aferran a mi brazo y siento, físicamente, sus ganas contenidas de sacudirme.
—¿Qué. Ha. Sido. Eso? —pregunta ojiplática y muy divertida.
Se lo cuento. Todo. Las sesiones de entreno. Las técnicas de Sant Delphi para distraer a mi mente. La caída de ayer, lo ocurrido en su casa y lo que acabo de hacer.
Ella disfruta de cada segundo de la historia más que de su matcha. Yo, por el contrario, no soy capaz de dar ni un solo trago a mi batido de vainilla elevado al cubo.
—Y has besado al tío de la chupa de cuero porque tienes miedo.
No contesto, pero espero que mi mirada sea lo bastante clara.
—Sant Delphi no parecía del todo enfadado contigo.
—Eso es bueno, ¿no? Significa que no le importa.
No soy muy buena detectando emociones ajenas, así que no termino de comprender la expresión de mi amiga.
Aun así respiro aliviada. Ella me pregunta por qué y yo se lo cuento.
—Salí con un chico hace unos cuantos meses. Stefano. Él…
—¿Qué? —pregunta Darcy como si no estuviera lista para el horror que podría contarle, pero estuviera muy dispuesta a fingir que sí.
—Me pegaba.
—¡¿Que qué?!
—¿A… A dónde vamos? —pregunto a punto de derramar mi batido intacto que tiene pintaza.
—A comisaría. Tienes que denunciarlo.
Clavo mis talones al suelo.
—Ya lo hice, no había pruebas suficientes. Y querían meter a mi familia en todo el asunto, y yo… no quiero que lo sepan, Darcy.
Ella es la primera persona a la que se lo explico, sin contar a la policía.
—Dios, Key… no sé qué decir. Es horrible. Menudo hijo de puta. ¡Dios! —alza la voz llevándose las manos al pelo, atrayendo miradas de la gente que pasa a nuestro alrededor—. ¡Qué hijo de puta!
—Shhhhh —la cojo del brazo y tiro de ella hacia unos bancos algo más alejados de las tiendas y la gente.
—¿Cómo fue? ¿Y por qué? ¿Y por qué no nos hemos conocido antes? Dios, Keira, me siento fatal —dice en plan metralleta.
—No pasa nada.
—¡¿Que no pasa nada?! —chilla—. Perdona, me calmo, no te vayas. Disculpa, es que… joder, esto es una mierda. No te merecías eso.
Sus palabras me sacuden el corazón. Nadie me había dicho eso nunca. El policía con el que hablé dijo un «¿crees que puedes haberlo provocado tú?» muy similar a lo que me escribió Stefano antes de largarse de mi vida para siempre, aburrido de mi presencia.
—Tenía problemas de adicción. Llevaba metido en la droga desde los ocho años, su… Su vida no había sido fácil. No pretendo justificarlo, ni mucho menos. Solo te cuento lo que había detrás.
—Es una puta mierda. Dios y yo hablando de tonterías. —Me coge las manos, se aferra a ellas como si su vida dependiera de ello—. No volverá a tocarte, ni a hacerte daño, ¿vale? Si algún día aparece o lo ves de lejos, aunque sea a dos calles de distancia, me llamas y vendré corriendo.
Me lanzo a su cuello. Es la primera vez que inicio un abrazo y sobre todo, uno tan brusco, necesito dárselo.
—Gracias, Darcy.