Capítulo 3 2
Se marcha al piso de arriba con sus dos dóberman y los acuesta. Sí, como si fueran bebés.
Maldigo la idea de imaginármelo como un padrazo sexy.
Uno que por la mañana resuelve dificilísimas ecuaciones con una camisa blanca remangada por los antebrazos y que por la noche se encarga de sus niños, humanos y perrunos.
Y después se encarga de su mujer, de amarla apasionadamente.
De decirle guarradas al oído mientras se las hace todas.
—¿Estás bien? —apoyado en la puerta, Sant Delphi me mira con una sonrisa torcida, y nada más que una camiseta de manga larga negra y ajustada que le queda como un puto guante.
No entiendo cómo su aura y su presencia ocupan tanto que no me dejan espacio ni para respirar.
—Sí, estaba esperándote —digo y por algún motivo se le borra la sonrisa.
Vuelve a endurecer la mandíbula y se acerca al sofá en el que estoy sentada con el botiquín en la mano. Uno que no había visto.
Su casa es masculina, minimalista y está asquerosamente limpia. Incluso para tener dos perros. Este hombre es eficiente. Todo lo hace bien. ¿Será así en el sexo? «¿Qué eficiencia orgásmica has tenido esta noche, querida?».
Me arranca una carcajada tonta y solo me doy cuenta cuando se me queda mirando.
—Perdona.
—No, me gusta —dice acercando un algodón con una pomada desinfectante a mi garganta.
Poco después me quedo sin respiración cuando me coge un tobillo con delicadeza y se lo sube encima de su pierna. Alguien tan inmenso como él no debería ser tan delicado, debería ser brusco y torpe, pero me cura con tanta precisión y delicadeza que en su tiempo libre podría ser un cirujano.
Por alguna estúpida razón doy gracias de haberme depilado las piernas esta misma mañana.
—¿Por qué me tratas así? —oigo mi voz rara, ahogada, desesperada por una respuesta.
—¿Así cómo? —pregunta sin alzar la vista hacia mí, ocupado trabajando en mis heridas.
—Como si fuera importante para ti, como si te importara. No me conoces.
—Claro que te conozco, Lauren. Llevo semanas trabajando contigo.
Pero a Isabella la conoces desde hace más tiempo y no le hablas así.
Y tengo la sensación de que no la habrías traído a tu casa.
—¿Alguien de tu equipo ha venido aquí alguna vez?
—No.
Una cascada de cálido alivio reconfortante se derrama en mi pecho. Soy incapaz de ignorar el deseo que ruge en la parte baja de mi estómago y doy gracias de llevar una sudadera ancha que oculte mis pezones duros como piedras. No reconozco a mi cuerpo. A su lado nunca está frío.
Al terminar con mis piernas, me las baja de su regazo y se acerca más. Con mucho cuidado, me remanga la sudadera rota y expone los arañazos tontos a los que yo no habría dado importancia. Él los cuida y los mima, poniéndome mala.
—¿Por qué no estás casado? —pregunto al bultito sexy de su nariz, a la cicatriz por debajo de su labio inferior cuya historia me gustaría saber.
—Nunca he querido hacerlo.
—¿Porque no crees en el matrimonio?
—Porque nunca me había enamorado hasta ese punto.
Es triste. O un golpe de suerte, según se mire.
—¿Cuántos años tienes?
—Ya sabes cuántos años tengo —la mano con la que me sujeta la muñeca, la que me está quemando viva, se tensa un poco más.
Es cierto, sé que tiene treinta y seis, doce más que yo.
Igual que sé que el agua con gas le parece una idiotez, que cree que el sistema de reciclaje tal y como está montado es un sinsentido y soy muy consciente de que le caen mal la mayoría de personas.
Salvo yo. Disfruta de estar conmigo y me doy cuenta porque soy a la única a la que escucha sin puto freno, hasta que se me queda la garganta seca.
—¿Y qué opinas sobre nuestra diferencia de edad?
El bastoncillo se queda suspendido en el aire cuando, despacio, alza la cabeza hasta mí.
—¿Qué haces, Lauren?
Lauren. Mi segundo nombre suena erótico en su boca.
No lucho contra lo que su cuerpo le hace al mío, esta vez dejo que el efecto de imán haga lo suyo y nos acerque más.
Y más. Hasta que mi nariz roza la suya y respiro el aire mentolado que sale de su boca.
Una jauría de insectos alados revolotean en mi estómago, en mi pecho. Mariposas.
Solo soy un ciervo frente a los faros de un camión, rezando porque no lo destrocen. Dejando esa posibilidad en sus manos.
—Para —pide en un gruñido.
—¿Porque no te gusto? —susurro.
Esa pregunta le arranca una sonrisa, pero es tan breve que casi no existe.
—Porque estás herida.
Imagino que es una excusa porque no sé qué tendrá que ver eso, teniendo en cuenta que en la boca no me pasa nada.
Me encojo avergonzada contra el sofá, sintiendo las lágrimas ardiéndome en la garganta. Él recupera la compostura y se encarga de curarme el otro brazo. La última herida que queda está en la muñeca izquierda y ahora mismo ni la siento.
—¿Por qué juegas conmigo? ¿Es porque soy débil?
—No eres débil.
No dice nada más y yo uso los segundos de silencio para recuperarme.
Mi cerebro, habitualmente en mi contra, decide brindarme una serie de imágenes y palabras.
Recuerdos en los que él me ha tratado de manera diferente a sus otras compañeras de trabajo, a sus alumnas.
La intensidad que he visto en su mirada dirigida a mí no está en sus ojos cuando mira a una persona que no sea yo.
—En cuanto se te seque la pomada, podrás cambiarte —dice desviando la mirada hacia el sillón.
¿Traía esa muda de ropa cuando ha venido con el botiquín? ¿Es que acaso no veo nada más cuando le tengo delante?
Pero la pomada que me ha puesto en las piernas ya está seca.
Me pongo en pie despacio. Camino hasta el sillón con el peso de su mirada sobre mi cuerpo, ralentizando mis pasos.
Entonces le miro y empiezo a desvestirme.