Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 3 1
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Capítulo 3 1

Sant Delphi

La miro, nervioso.

—Si te pido que no salgas del coche y esperes a que vaya hasta tu puerta, ¿lo harás?

Lauren se gira hacia la puerta y la abre, entonces le cojo la muñeca en una de las pocas franjas de piel que no tiene heridas. Se ha caído mal, dudo que se haya lesionado por cómo se movía, pero se ha hecho muchos arañazos, incluso en el cuello.

—¿Vas a intentar que…?

—Por favor —la interrumpo y mi voz sale mucho más vulnerable de lo que la he oído en años.

¿Qué me está haciendo esta mujer?

Noto el pulso en la garganta.

A esta distancia soy capaz de ver cómo se le dilatan las pupilas, pese a que se encoge en el asiento, y si le pone tenerme comiendo de la palma de su mano, va a estar cachonda mucho tiempo. Muchísimo, si tengo suerte.

—Vale —musita—, te espero.

Quito la llave del contacto y me doy prisa por dar la vuelta a la parte delantera del vehículo. Me siento responsable de todas esas heridas. Soy yo el que le pide entrenar de noche, cuando no hay tan buena visibilidad y está agotada de todo el día.

No le pregunto si puedo cogerla en brazos porque ya sabe que es lo que voy a hacer, que le he pedido que espere por eso.

—De verdad que estoy bien, esto no es necesario. Peso un montón y…

Me detengo en mitad del jardín con ella en brazos.

—Voy a fingir por el bien de todos que no has dicho eso.

—No estoy diciendo que no estés fuerte, solo que yo…

La sostengo con una sola mano.

—Es ridículo que pienses que no podría cogerte solo con un par de dedos. ¿Estabas tan ocupada evitándome que se te ha pasado por alto mirar el tamaño de nuestros cuerpos?

—Sí. Nunca me he fijado. ¿Por qué sonríes?

—Porque a estas alturas ya conozco bien el tono de tus mentiras.

Mi jardín es asquerosamente corto y quiero inventarme una milonga de que la puerta delantera no funciona con tal de alargar esto un poco más.

—¿Por qué endureces tanto la mandíbula, Sant Delphi? —pregunta intentando sonar confiada.

Porque me está costando mucho mantenerme cuerdo con el olor dulce que desprende tu pelo y tu piel. Hablar contigo a esta distancia va a poder conmigo.

La miro. No está preparada para tanta sinceridad.

—¿Y tú por qué suenas aterrorizada, MaKena?

Resopla y dice un «para nada» en absoluto convincente. Abro la puerta y Dante y Kobra vienen correteando hasta nosotros. Me han visto hace un rato, he jugado con ellos y les he dado de comer, sé que toda esta euforia no es por mí.

—Quietos. Sentaos —les ordeno y ambos lo hacen.

Dante con algún que otro cabezazo por parte de Kobra, pero lo hace. Iba a preguntarle a Lauren si prefería que la alejara de ellos sin ponerla en el suelo, pero no lo hago, porque ella ya está alargando la mano hacia la cabeza de mi dóberman.

La deposito con cuidado porque está herida y sin quitarle la vista de encima a Dante el impredecible, me doy cuenta de que por primera vez odio un poquito a mis perros y su capacidad de robarme la atención de esta mujer.

—Hola, ¿te acuerdas de mí? Quizá no, pero soy… —Lauren deja de hablar cuando Kobra se acerca a ella despacio y roza su cabeza contra su cuerpo.

Es un perro cariñoso, en cualquier otra situación le habría babeado la cara, pero ha visto que está herida. A veces me da la sensación de que Kobra es más inteligente que yo.

—Oh —gimotea flojo, casi como si ella misma no fuera consciente de que se le han llenado los ojos de lágrimas—, qué cariñoso eres con las desconocidas.

Pero ella no es una desconocida. Me mata cuando se acerca al dóberman más joven para mimarlo también. Tengo el tiempo justo para coger a Dante antes de que le salte encima y evitar que le haga daño.