Capítulo 3 0
La simple idea de compartir espacio con Sant Delphi me pone nerviosa. «Pero qué buena chica, ¿quién se merece un orgasmo?».
Han sido muchas las guarradas que me ha dicho al oído. En honor a la verdad, con esa voz ronca podría haberme leído la lista de la compra y habría funcionado igual. Pero no, él prefiere decirme lo que le gustaría hacerme.
En sentido hipotético, no literal.
Aunque yo… veía lo de acostarnos como una manera de arrancarme una tirita.
Subir un escalón. Avanzar y dejar atrás algo que no debía estar ahí.
Ahora de repente se ha convertido en algo que deseo y eso me asusta.
Me pregunto, si lo sé, por qué estoy yendo a su casa pasadas las once y media de la noche.
—Mi casa está más cerca que la tuya —digo mirando mis leggings rotos.
Me he caído en la tercera vuelta. No tenía la cabeza donde debía, mis hormonas —antes inexistentes y bien calladitas—, me han jugado una mala pasada. Alek… bueno, digamos que él se ha quedado blanco cuando ha visto la sangre.
Lo peor es que creo que no es una reacción al líquido pegajoso del tono de los rubíes, estoy bastante segura de que se ha asustado porque es mi sangre. Me ha cogido en brazos, me ha metido en su coche y ha dicho que iba a curarme.
Y yo le he dejado.
Me convenzo que echo mucho de menos a Kobra y que solo estoy permitiendo esto por esa razón. Pero no funciona. ¿Por qué será? Pronto descubro que tiene guantes de mi talla en el coche, para el frío. Y también un par de barritas energéticas con sabor a vainilla.
Supe desde el principio que estaba en peligro, pero nunca podría haber imaginado que lo estaba a este nivel.