Capítulo 2 9
El sol de esta época del año ya no es caliente como el de verano, pero ilumina y da alegría. Es una luz limpia que cae en diagonal sobre el tartán y lo vuelve de un rojo intenso, como si la pista estuviera encendida por dentro.
El aire, en cambio, tiene ese frío suave que se te mete en la nariz al respirar y te deja la garganta seca para recordarte que ha estado ahí. Siguiendo el nuevo método, llevo un número considerable de días entrenando con unos auriculares en las orejas.
Muchos.
Montones.
Infinitos.
Están bien sujetos con una malla a modo de diadema para que no se me caigan en el sprint.
Para que mi subconsciente deje de molestarme han probado todo tipo de opciones.
Música atronadora, gritos espeluznantes, sonidos taladrantes, la calmante voz de un monje tibetano hablando tan deprisa que apenas se le entiende… in-fi-ni-tas pruebas.
Me he caído dos veces al suelo de la impresión, he estado a punto de perder el equilibrio muchas otras y juraría que ahora estoy un poco sorda.
Arnau está seguro de que están intentando que me lesione.
Lo pensaría si no fuera porque Isabella trae banderines para animarme cada vez que viene a verme entrenar.
«Ya basta» le pido a Sant Delphi con la mirada, pero es un sádico. Él disfruta torturándome. Condición número mil: jódete, Keira.
El jueves por la mañana les lanzo una mirada en señal de disculpa al resto de atletas que entrenan conmigo, pero creo que no la pillan. Las obligan a hacer carreras de más por mí, para que compita. Soy un coñazo.
Esta mañana no hay casi público ya que esto no es más que un entrenamiento como otro cualquiera, pero me tiemblan las manos como si me apuntaran miles de ojos. Camino hasta mi calle. El aire se llena de ese silencio expectante que tiene su propio peso característico.
Me agacho, colocándome en posición. Apoyo una rodilla y hago una larga respiración pensando en que si no le doy lo que quiere, Sant Delphi acabará conmigo.
El pulso me retumba contra la garganta como si quisiera huir antes de que den la señal.
La chica de mi izquierda se cruje el cuello y la de mi derecha murmura un rezo.
Con los brazos rectos y la espalda en tensión, espero en la línea blanca sintiendo el cosquilleo de miedo habitual en el estómago.
Nos dan la salida y corro tan rápido que dudo si las extremidades se me van a desprender del cuerpo. Durante unos instantes, vuelo. La sensación es impresionante. Soy pura adrenalina. Voy en cabeza. Sé que voy a perder la posición, que es inevitable, que…
—Falla y haré que corras desnuda, Lauren. —Las palabras graves y ásperas de Sant Delphi me pillan con la guardia baja, le dan un vuelco a mi corazón y desorientan todos mis pensamientos.
Los desequilibran aunque mis pasos son cada vez más firmes.
Al llegar a la meta ralentizo mis zancadas y me apoyo sobre los cuádriceps en un intento de recuperar el oxígeno. No lo consigo, su maldita voz sigue repitiendo esas palabras. ¿Desnuda? Ha dicho desnuda.
Alzo la vista hacia mi entrenador y no soy capaz de leer su expresión. Entonces oigo un grito. Me giro y veo a Isabella saltando y agitando el banderín.
He ganado.
—Buena chica —dice una voz ronca en mi oído.
Él. Mis ojos lo encuentran y se lo recrimino todo, le pido explicaciones desde la distancia, pero sé que nada hará que cambie de opinión cuando ha conseguido justo lo que quería.
—Puede haber sido casualidad —dice Arnau cuando nos juntamos los cuatro—, ¿qué ha hecho esta vez?
—Un poco de charla motivacional.
Me da un ataque de tos. ¡Y unas narices!
Mientras Isabella celebra lo que acaba de pasar, yo tiro un poco de la chaqueta de Sant Delphi procurando no tocar su piel en el proceso.
—¿Qué crees que haces? —pregunto en un susurro recriminatorio.
—Ayudarte.
—Me has dicho que correría desnuda.
—Sé muy bien lo que he dicho. —Se acerca más a mí—. Al parecer, soy el único capaz de ganarle el pulso a tu subconsciente. Es genial, ¿eh?
Aprieto los dientes, furiosa, irritada y… algo más que eso. Algo peor. Vale, estoy cachonda.
—No va a funcionar, ha sido solo por la sorpresa. Es una tontería absurda que debería darte vergüenza.
—¿Lo comprobamos?
—¿Cómo te equivocas? ¿Eso quieres comprobar?
—Repetimos —ordena Sant Delphi a voz en grito y el entrenador de North Star accede conforme.
Lo hacemos. Vuelvo a las marcas de salida en la pista, igual que el resto de mis compañeras. Siento cómo el corazón se me acelera como loco y no precisamente por la carrera.
Tengo miedo de que tenga razón, de que él sea el único capaz de cargarse mi bloqueo, pero la excitación brilla por encima de todo. Estoy ardiendo, necesitada, y me tiemblan las piernas. Menudo problemón.
—En sus marcas —dice una voz monótona a través de los altavoces.
Nos dan la salida y vuelo por la pista. Vuelvo a ser la más rápida los primeros metros, pero eso no es ninguna novedad. Pienso en que al menos, Femke Bol tuvo un obstáculo con el que chocar, yo voy a fallar sin ningún…
—Correr para mí o correrte para mí, es una fina línea, ¿verdad, Lauren?
El corazón me estalla dentro del pecho. No entiendo cómo no me caigo de cara y acabo clavando los dientes en la pista. Pero en vez de eso, cruzo la línea de meta y gano la carrera.
La.
Puta.
Hostia.
Pasan los días…