Capítulo 2 8
Sant Delphi
Ha hecho una nueva amiga.
Las veo juntas, a veces. No siempre a la misma hora y no siempre en el mismo sitio.
La desconocida la hace reír, así que no entra en mi lista negra.
Flink MaKena, por el contrario, sí. El hecho de que pueda hacer que pierda su trabajo con un par de llamadas me tienta, lo reconozco.
Pero nunca haría algo de lo que Lauren podría acabar culpándose, y tal y como están las cosas, eso es justo lo que ocurriría.
La parte que más odio de mi día es cuando la veo entrar en esa casa.
Conduzco hasta el parque sin las luces encendidas para que no me preste atención. Me gusta acompañarla desde la distancia mientras corre hasta allí.
Cruza la entrada del parque y yo me quedo unos minutos en el coche. Observándola. Un latigazo cae directo a mi polla cuando veo cómo abre la boca en forma de «o», jadeando, y en cómo inhala con fuerza. Mira a su alrededor y me imagino que me está buscando a mí.
Me consideraba un hombre moralmente superior al tipo que se masturba en el coche incapaz de controlarse, pero esta mujer…
esta preciosa mujer de largo pelo blanco me está poniendo malo.
Me la aprieto a través del pantalón y entonces la veo.
A Lauren, quitándose la sudadera, despacio.
Luego la camiseta que lleva debajo. Y por último…
Dios mío.
Salgo del coche. Ella empieza sus estiramientos mientras hace topless cerca de las barras de calistenia.
Quiero mirar a nuestro alrededor, confirmar que estamos solos en plena noche, pero a duras penas puedo apartar la vista de sus pechos desnudos.
Sus pezones rosados me hacen salivar y quiero hacerle tantas cosas a sus tetas que podría correrme solo de imaginármelo.
—¿Qué crees que estás haciendo? —mi voz es un ladrido gutural que la sobresalta.
—Jugar a tu juego —ladea la cabeza y su larga coleta cae en cascada hacia un lado—. Sabía que estabas espiándome. Sé que lo haces. Y no me importa.
Recojo su ropa del suelo, ella la acepta para un segundo después, volver a dejarla caer. La muevo hasta que su espalda está contra una de las barras, inmovilizándola.
—Lauren, para.
Me coge una mano y la lleva hasta su cuello. Joder.
—¿O qué? —me envuelve con los dedos para que la apriete.
Lo hago. Sintiendo con cada segundo cómo mi polla se aprieta más contra la bragueta.
—Esto te gusta, ¿no?
Gime al tiempo que se le arquea la espalda y se le curvan las cejas en señal de súplica por más. Sus pezones se rozan contra mí y no puedo evitar llevar mi otra mano hasta uno de ellos. Le separo las piernas y meto una de las mías entre medias. Ella se frota sin rechistar.
—Más fuerte —suplica.
Haría cualquier cosa que me pidiera, aunque ella no tenga ni idea.
El calor de su coño. La dureza de sus pezones.
Las ganas que tengo de besarla. La manera que tiene de retorcerse.
El olor de los árboles mezclándose con el suyo. No sé qué va a acabar conmigo primero, pero me muero de ganas de averiguarlo.
—¿Vas a hacer que me corra? —pregunta con la voz entrecortada por mi agarre, quedándose sin oxígeno.
—No he soñado con otra puta cosa desde que te conocí.
—Sant D… —Estoy a punto de oírla gemir mi nombre mientras se corre como un tsunami cuando un sonido abrupto me despierta.
Un claxon, en la calle.
No estoy en el parque con Lauren. Estoy en mi puta cama. Son las dos y cuarto de la mañana y eso… joder, ha sido un sueño. La angustia ruge en mi cuerpo.
No ha sido real.
Ella no es mía.
Todavía.