Capítulo 3 3
Me quito los pantalones y me quedo con las braguitas negras de algodón.
Solo cuando cojo los de chándal anchos y grises que me ha dejado, me doy cuenta de que son de mujer.
Todas mis intenciones de seducirle se vuelven sabores amargos en mi paladar al imaginar con cuántas se habrá acostado.
Al sentir celos de todas ellas. Y rabia.
Yo no soy virgen, en absoluto, y este hombre no es mi novio, ni siquiera me ha dado un mísero beso, ¿por qué iba a importarme…?
—¿Quieres volverme loco, Lauren? —dice junto a mí, en un gruñido ronco y gutural.
—¿De quién son estos pantalones? ¿De una chica con la que tampoco quisiste casarte?
—De mi hermana. A veces duerme aquí si tiene que cuidar a Kobra y Dante. —Me alza la barbilla sin delicadeza, sin tocarme ninguna herida—. ¿A qué estás jugando tú?
No lo pienso. Cojo su otra mano y la llevo a mi sexo, donde late un pulso desbocado distinto a mi corazón. Durante un tiempo creí que mi clítoris estaba roto, pero al primer roce de sus dedos por encima del algodón de mi ropa interior me doy cuenta de que no.
Sant Delphi ya no está en la conversación, todos sus sentidos están puestos en mí.
En los círculos que me hace con el pulgar.
En su otra mano aferrándose a mi cadera para mantenerme en el sitio.
Como si el bulto que crece en su pantalón fuera a permitir que mis piernas de gelatina pudieran llevarme a alguna parte.
Me aferro a su camiseta negra con el puño cerrado y alzo la cabeza buscando sus labios. Nunca he deseado unos con tanta voracidad.
—Por favor —musito, no, suplico.
Y él me da lo que tanto ansío.
Nuestros labios colisionan y mi mundo estalla en todas direcciones.
Sant Delphi resbala dentro de mi boca en cuanto la abro tanto como puedo y su lengua toma posesión absoluta de mi ser.
Su mano no traspasa la barrera de mis bragas. Como si no le hiciera falta. Como si con esto tuviera suficiente. Casi parece que estoy haciendo realidad sus sueños y tiene miedo de propasarse y que el castillo de naipes se venga abajo.
Ohdiosohdiosohdios. Esto no es un beso. Me está succionando el raciocinio. Qué maldito placer.
Gimo con fuerza retorciéndome contra él, contra su mano, contra sus labios impuros dignos de un altar y de mis rezos. Sant Delphi besa como si fuera un vampiro y yo la primera gota de sangre que prueba.
Su mano acelera el ritmo humedeciendo más la tela que nos separa. Tiene devoción por mi clítoris. Mi espalda choca contra una pared y los dedos que no están ocupados con mi coño, se meten unos centímetros bajo mi sudadera. Apenas nada. Una vez más, es suficiente para volverme loca.
Una parte de mi cerebro me recuerda que el sexo no es así, no es esto, que para mí nunca ha significado placer de verdad y que lo que está pasando… vale, no sé qué está pasando.
—¿Q-qué quieres que haga? —pregunto agarrándome a sus hombros.
Gruñe. Mucho. Una ristra de sonidos guturales eróticos a más no poder salen de su garganta como si lo estuviera matando. En mayúsculas.
—Yo quiero ver cómo te corres. ¿Y tú? ¿Qué quieres tú? —habla cerca de mi cuello antes de sacar la lengua y probarme a su antojo.
Le llevo la mano libre a mi garganta y vuelve a gruñir. A mirarme de forma extraña, como si fuera un eclipse y un cometa a la vez. Como si en el fondo, ya hubiera intuido esta parte de mi personalidad.
Alek aprieta un poco privándome del oxígeno que tanto necesito. Mi excitación se triplica alcanzando máximos históricos.
—Más —suplico, pero él me besa en la boca como un animal.
Su lengua está follándose a la mía, como nunca nadie lo había hecho. No puedo más. El placer que su mano está provocando a mi sexo es más de lo que soy capaz de soportar.
Me corro. Me sacudo de forma violenta dudando cómo alguien podría fingir un puñetero orgasmo y hacer que la cosa fuera creíble, teniendo en cuenta que yo no tengo ningún control sobre la forma brusca y salvaje en la que me palpita el coño.
Los espasmos envían adrenalina por mi cuerpo en todas direcciones. Me hago pedazos hasta que no queda nada de mí. Apenas he recuperado el aliento cuando digo:
—Perdona, no sé qué me ha pasado, yo nun… nunca soy así.
No parece oírme del todo. Esos ojos de plata que tiene le brillan como si estuviera viendo lo más bonito del mundo. No tiene sentido. Nada lo tiene.
—¿Puedo comerte el coño, Lauren?
Mi estómago se da la vuelta y mi sexo palpita de nuevo. Se frota contra mí, dejándome sentir su erección. Solo es un segundo, un despiste, y luego endurece la mandíbula, reprochándose a sí mismo haberlo hecho.
Empiezo a pensar que me he roto el cuello en la caída de antes, porque nada de esto tiene el más mínimo sentido.
—Pero tú no quieres eso.
Se carcajea, pero todo en él emana peligro.
—No tienes ni puta idea. —Se vuelve a frotar contra mí, como si estuviera perdiendo la cabeza.
—¿D-de qué?
—En el laboratorio, en la pista de atletismo, en el parque, no hay ningún momento que esté contigo que no sueñe con arrodillarme y comerte entera. Por favor. Déjame.
El hombre más intimidante y poderoso que conozco parece dispuesto a suplicar.
—Puedes hacer lo que quieras.
Casi no he terminado la frase cuando sus rodillas ya han dado en el suelo y me ha bajado las bragas hasta los tobillos.