Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 2 6
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Capítulo 2 6

El carraspeo suena con eco en mi cabeza. Luego oigo pasos.

Sant Delphi se pone delante de mí, despacio. Alargando la ridiculez del momento mucho más de lo necesario.

—¿Ibas a alguna parte?

Trago saliva notando cómo cada vez me pongo más roja. Me muerdo la lengua y sacudo la cabeza con énfasis.

Entonces él asiente, despacio. El repentino brillo en su mirada hace que todo esto sea un poco más mortificante.

—Te he oído —digo antes de que dejemos de estar solos.

—¿Ah, sí? —pregunta como si ya lo supiera y no le hiciera falta ninguna confirmación.

Debe ser genial ser él, siempre tan seguro de todo.

—Gracias.

—¿Por? —alza una ceja.

Sacudo la cabeza y voy a pasar de largo, pero entonces su mano rodea mi muñeca como he fantaseado que hacía con mi garganta.

—Habla —ordena en un susurro paciente, como si este fuera nuestro rollo.

Yo me cierro en banda y él me baja las defensas.

—Nadie lo había hecho nunca conmigo.

—¿El qué?

—Actuar igual en mi cara que a mis espaldas.

Endurece la mandíbula como si hubiera algo que le hubiera dolido. Me cuelgo la bolsa de deporte al hombro cuando la correa se me resbala y un juguete con forma de hueso sale despedido, traicionándome.

Una ráfaga fría y pegajosa me recorre de pies a cabeza.

Es una tontería que le compré a Kobra para que me odiara menos por tener que soportar mi presencia. Le compré varios y este fue el que más le gustó. El único, en realidad. Kobra es un perro exigente.

Alzo la vista y Sant Delphi tiene los ojos clavados en mí.

—No es lo que parece —aseguro.

Curva la sonrisa y me lo devuelve.

—Puedes jugar con él cuando quieras —dice solo para mí y sé que no se refiere a lo que vuelvo a tener en mi mano.

Sino a Kobra. A quien solo veré si voy a su casa.

Alguien debería analizar por qué soy tan reacia a ir a su casa si estoy más que dispuesta a dejar que me folle una vez en mitad del parque.

Una vez, una para que se olvide de mí y quizá con suerte acabe con todo. Tener esperanza es un asco y algo a lo que voy a seguir resistiéndome.

—¿Sigues conmigo? —pregunta suavizando mi ceño fruncido con el pulgar en un gesto de cariño.

—¿Dónde iba a estar si no? —pregunto esquiva.

Entramos en el laboratorio y solo entonces me suelta la mano. No lo ha hecho en todo este rato. Saludo al equipo y nadie pone los ojos en blanco. Este tipo de interacciones humanas agradables son nuevas para mí.

Mientras unos trabajan, otros me cuentan lo que han registrado los datos. Siendo esos otros Isabella y Alek.

—Tu actividad cerebral asciende poco antes de que ralentices el ritmo, nunca en el momento —empieza Isabella.

—¿Qué significa eso?

—Que tus pensamientos siguen un patrón que tienen como consecuencia que rompas el acelerón.

—Yo no fallo a propósito. —Es evidente que no tengo ningún bloqueo, lo único que pasa es que no soy tan buena.

Mi entrenador podría corroborar eso último.

—Hemos pensado en algo —dice Sant Delphi—. Vamos a asustarte.

—O a distraerte —continúa Isabella, en un tono que da menos miedo.

Tardo un poco en entender lo que quieren. Ponerme unos auriculares, lanzarme estímulos sonoros de cualquier tipo que distraigan a mi cabeza para que mi cuerpo haga lo que según ellos, sabe hacer.

—¿Pretendes que piense en otra cosa cuando estoy en el momento más importante de todos? —estrecho la mirada hacia Sant Delphi.

—Lo vas pillando.

—También existe la posibilidad de que me provoquéis un infarto por el susto. Quizá eso me haría ganar si pudiera arrastrarme hacia la meta.

—¿Acaso no te parece una buena idea?

—Pues no.

—Aww, pero qué pena. Tu opinión es muy importante para nosotros, Lauren, en serio —Deja que el silencio asiente las huellas de su sarcasmo, luego alza una ceja—. ¿Tienes algo que hacer ahora? Nos encantaría empezar ya.

Le. Odio.

Monique

Tengo miedo de respirar demasiado fuerte y cargarme algo de lo que está pasando.

Sigue sorprendiéndome que Keira no me despidiera después de que mi hermana pequeña decidiera plantar el culo en el armario y colarse en mi sesión de terapia con ella. Darcy es la razón por la que he tenido que cambiar las puertas del armario a unas transparentes.

—Dime, Keira, ¿qué te dijo tu madre cuando verbalizaste que el comportamiento de Saorise te hacía daño?

—No me acuerdo.

—¿Crees que podrías hacer memoria?

Hace una mueca pensativa bajando la vista hacia sus manos.

—“Siento que lo interpretes así”.

Mi papel profesional no me permite opinar sobre las cosas que me cuenta, pero admito que fantaseo con el asesinato.

—Tu interpretación era correcta. Que tu hermana le hiciera eso en los baños del instituto al chico que a ti te gustaba, con el que salías, no estuvo bien.

Era el primer novio de Keira y la traicionó por una mamada de dos minutos hecha por su hermana. Encima Saorise ya no tenía edad de estar en el instituto, lo cual lo hace todo todavía peor.

—¿No? —pregunta dudosa, rompiéndome el corazón—. Quizá fui una exagerada por llorar tanto.

Cuando ser tú misma se vuelve así de peligroso, te compras una coraza, una máscara. Una que si llevas mucho tiempo termina fundiéndose contra tu cara y te vuelves alguien incapaz de despegársela.

Al acabar la sesión, me siento un saco de inutilidad, pero me aferro al destello de luz al final del túnel. Keira está haciendo progresos y tiene mucho que ver con ese profesor de North Star que no parece conocer muy bien los límites.

Keira me ha dejado caer que sufrió maltrato en una relación pasada y una vez más, sueño con adoptarla. Me vibra el móvil como loco, sacándome de mis pensamientos y devolviéndome al silencio de mi consulta vacía.

Incordio adorable

Incordio adorable

Por favor, llega pronto a casa, mañana tengo examen y me urge que repasemos juntas.

Aunque si vas a salir con tu noooooovio, no te necesito para naaaaaaaada.

Monique

Oye, niña, que yo estoy felizmente casada.

Y embarazada.

(También felizmente)

Incordio adorable

Es que eres un partidazo.

Vienes ya????

Me alegra que este bicho no esté mucho por aquí, últimamente. Conocí a Koven Alasdair porque Beckham lo trata un par de plantas más arriba. No suelo fijarme en los pacientes que no vienen a mi consulta, pero en su caso, no pude evitarlo.

Dudo que haya una sola mujer en la faz de la tierra capaz de resistirse a los encantos de Alasdair (mi rebelde hermanita no sería la excepción), pero es evidente que esa alma rota necesita otras cosas.

Que alguien lo cuide, por ejemplo. Pacientes como él hacen que me den ganas de colarme en el armario de Beckham y cotillear.

Soy digna hermana del incordio adorable.

Alguien llama a la puerta y le hago pasar pensando en que quizá es Keira, que se ha dejado algo. Me acaricio la tripa y digo hacia mi ombligo:

—Anda, mira, pero si es el abuelo.

Beckham es el padre de mi marido y lo más cercano a una figura paterna que hemos tenido Darcy y yo, aunque me gustaría pensar que mi marido también ejerce ese rol para ella. Nuestros lazos familiares son rarísimos y liosos de narices.

—¿Trabajando hasta tarde?

—El vicio no descansa.

—¿Tienes más pacientes?

—Esta tarde no. ¿Tú?

—Tampoco, ¿te llevo a tu casa?

—Solo si me acompañas a comprar sushi y te vienes a casa a cenar con todos. Darcy está nerviosa por un examen, le vendrá bien.

—Dalo por hecho.